Por Jesús Cárdenas.
Jugar es una de las formas más serias de conocer. La literatura lo sabe desde siempre: cambiar una palabra de sitio, alterar una perspectiva o someter a sospecha un significado constituye una manera de explorar la realidad tan válida como cualquier discurso solemne. Antiépica de la vida cotidiana (Olé Libros), de Manuel Toranzo Montero, segundo libro de su trayectoria, después de Las transformaciones (Ediciones en Huida), sin contar el juvenil en edición no venal, Quintaesencia del polvo (2020), aterriza, precisamente, en ese lugar que la literatura ocupa, dejando de escudriñar los acontecimientos grandiosos que afectan a la humanidad y dedicándose a desgranar los pequeños desastres de la existencia. Lo doméstico irrumpe por su falta de importancia; la ironía y el humor vendrían a desbaratar la gravedad impostada con la que acostumbramos a abrigarnos.
El título encierra una declaración de intenciones. Si la épica clásica celebra hazañas, héroes y destinos colectivos, la antiépica de Toranzo Montero desplaza el foco hacia quien friega los platos, pone la lavadora, se queda en el sofá o pasea a sus perros. La gesta ya no consiste en conquistar territorios, sino en sobrevivir a las tareas pendientes, a la pereza, a los compromisos y a las pequeñas derrotas sentimentales. Esto supone descubrir que la vida actual tiene su propia dramaturgia. La ternura aparece ya en la dedicatoria a la suegra, mientras que la cita de Juan de Mairena, de Antonio Machado —«El alumno, después de meditar, escribe: “lo que pasa en la calle”. / Mairena.— No está mal»—, es, en sí misma, una poética de bolsillo. Atender a lo que pasa, convertirlo en poema es una manera de discutir los propios cimientos de la literatura.
Tras el poema-prólogo, «Poética», el libro se articula en cuatro secciones: «Labores ordinarias», «Crónica de lo insignificante», «Sonetos antiépicos» y «El pulso secreto». La primera establece las reglas de un juego que ahonda en la confidencialidad. «Aquí no hay prohibiciones. / Habla de ti, si quieres. / No importa quién escribe. […] Importa que el poema / sea un espejo», leemos. El espejo devuelve una figura reconocible, a veces ridícula, atravesada por contradicciones que la escritura no disimula.
En «Lavar los platos», se establece una relación entre la vida y la actividad doméstica que la anula hasta el final: «Aunque usemos los guantes / se estragan nuestras manos». El gesto cotidiano adquiere una dimensión existencial sin perder su materialidad. Basta con observar que la repetición, el esfuerzo y el desgaste también organizan nuestras biografías. En «Abluciones modernas», el tambor de la lavadora introduce la figura de Sísifo: «Inevitable Sísifo transporta / aromas y limpieza, compromiso / de higiene y ablución en nuestra casa». La máquina promete una catarsis que no alcanza lo profundo: «Confiamos a la máquina el poder / de purga y de catarsis de lo íntimo, / pero nunca se aclara lo profundo». El mito clásico acude a la lavadora y sale con la ropa limpia, aunque no es seguro que lo haga con la conciencia en orden. La ironía surge de esa fricción entre el aparato conceptual y la modesta costura del objeto.
«Como Sísifo» prolonga el motivo desde otra focalización: las bibliotecas, con sus «voces extranjeras», sumen al hablante en una parálisis producida por el exceso de posibilidades. El asno de Buridán, implícito en la indecisión entre sed y hambre, se cruza con el castigo de Sísifo por volver siempre al mismo punto. La cultura finalmente llega a convertirse en otra forma de inmovilidad. Esta mezcla de referencias filosóficas y escenas reconocibles evita la exhibición erudita. También la figura de Machado puede verse desacralizada en «Buen patrón».
En «Crónica de lo insignificante», la comicidad se vuelve más explícita. «El minuto de los cinco minutos», «Cómo dejarse vencer por el sofá» y «Guía exprés para abrazar una excusa» transforman la pereza, la dilación y el autoengaño en técnicas de supervivencia menores. La décima «Viaje de fin de curso» despliega, con su rima juguetona, los celos de quien ve partir a su novia de excursión con alumnos. Desmontan la solemnidad sentimental gracias al remate cómico. La forma cerrada funciona como un mecanismo: lleva la anécdota a su golpe final y convierte el desamor en exhibición verbal.
La sección más extensa , «Sonetos antiépicos» lleva esa estrategia a una contradicción deliberada: los asuntos más nimios reciben el molde prestigioso del soneto. Mensajes sin contestar, consejos a poetas millennials o los tuppers de la suegra ingresan en una arquitectura métrica tradicional sin dejar fuera sus accidentes domésticos. En «Cuatro sonetos para Ana», el léxico coloquial y el tono afectivo se acomodan a la rima consonante, que amplifica su comicidad. «Ponte bien en las fotos, dice Anita, / mi novia, compañera, mi pareja / —también esta condena que se queja—», escribe el autor carmonense.
Desde un punto de vista formal, el libro entrelaza sin vacilaciones poemas narrativos, piezas breves, décimas y sonetos. La prosodia se sustenta en la cadencia conversacional, los encabalgamientos, las enumeraciones y los matices del hablar; la rima, cuando tiene lugar, anticipa con su presencia la sorpresa que el final humorístico desvía o resuelve por la vía del giro.La reflexión y la memoria, la antítesis, la hipérbole, el equívoco y la variación de registros son los recursos esenciales. El contraste entre la dignidad de tales formas clásicas y la fragilidad de los temas define buena parte de la comicidad, pero también desliza la frontera entre lo poético y lo prosaico, lo que también produce un efecto de extrañamiento en el lector. En este sentido, la ironía de Toranzo Montero tiene una contraparte posmoderna: desconfía de las narrativas totalizadoras, hibrida registros culturales hasta provocar el solapamiento de la tradición con el bizum, la filosofía con el sofá y la solemnidad métrica con los envases extraviados. Y el juego formal es su forma de pensar la poesía.
El efecto cómico, no obstante, no monopoliza el libro. En «Reflexiones a propósito de una cita de Félix Grande» y «Sarmientos», el humor convive con una gravedad creciente. «El pulso secreto», sección final, desplaza el centro de atención hacia aquello que la ironía no puede resolver: la vulnerabilidad, la incertidumbre y la continuidad de la vida. En «La vida sigue», frente a la adversidad colectiva y las imágenes de una naturaleza hostil, el hijo que crece en el vientre de Ana introduce una esperanza que no necesita proclamarse invulnerable para persistir: «La vida, invulnerable, / y su pulso secreto». El cierre sitúa las contradicciones anteriores en una perspectiva afectiva más amplia.
Antiépica de la vida cotidiana encuentra así su fuerza en una mirada que no confunde la importancia con el tamaño de las cosas: la vida se juega tanto en los grandes acontecimientos como en la negociación doméstica con el cansancio, el deseo y el tiempo. Y cuando la solemnidad amenaza con adueñarse del poema, Toranzo Montero mueve una palabra, hace rimar la trascendencia con un tupper y nos recuerda, con una comicidad tan lúcida como irreverente, que hasta la metafísica puede acabar dando vueltas en la lavadora.

