Historia de la literatura inglesa contada en una hora
José María de Romero Barea
El Desvelo
Santander, 2026
125 páginas
Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca
Es posible que a la hora de tratar con la historia de algo tan forjado como el arte, incluida la literatura, lo que haga falta sea luchar contra esa tendencia a entender que vamos a hablar sobre un contenedor con aire de sarcófago, habitado por fantasmas más o menos propios. La historia de la literatura debería ser algo menos filológico de lo que estamos acostumbrados a entender, porque esa atmósfera lo que consigue es crear un ambiente de museo de cera. En realidad, deberíamos tratar con nuestros mejores sueños, dándonos cuenta de que se trata de todo lo contrario a sueños perdidos. Esta es la finalidad que buscan los libros que El Desvelo está publicando acerca de literaturas nacionales contadas en una hora. Toca el turno de la literatura inglesa, cuyo encargo ha caído en el oficio de José María de Romero Barea (Córdoba, 1972), que encuentra el tono adecuado para afrontar el reto y transmitir lo que más importa, que es el cariño por lo literario.
El planteamiento tiene que ser, por fuerza, fugaz: vamos a asistir a un resumen a toda pastilla, en el que lo que no podemos es perder lo imprescindible. No entraremos a debatir a fondo todas y cada una de las obras de los autores seleccionados, que comienzan en la literatura medieval y terminan con gente como Julian Barnes, a quien queremos muchísimo. Pero de lo que se trata es de aprender a querer a todos los demás. Así pues, el planteamiento tiene que ser fugaz, sí, pero también una invitación, un regalo y una fiesta. Todo lo que uno recibe en el mejor día de cumpleaños. Para ello Romero Barea no se refugia tanto en la erudición como en las virtudes que tiene un gran lector: cada obra será tratada con respeto y con ansia de extraer qué es lo fundamental que podemos aprender de ella. Porque resulta que la literatura, en esta voz, no es un depósito en el que meterse de cabeza en plan filólogo, semiólogo o esteta. Estamos ante un planteamiento en el que lo humanista atiende a la conciencia, a eso que a falta de una expresión menos explotada llamaremos alma. Esa alma se mantiene firme a lo largo de la historia, o eso podemos deducir de esta lectura, porque otro de los aciertos es el de enfrentarse a las obras como si fueran contemporáneas, atendiendo mayormente a lo que permanece y permanecerá. Leer a George Elliot como si acabara de terminar de escribir Middlemarch es una demostración nada arrogante de saber leer en los libros como se debería leer fuera de ellos, leer las líneas de la vida.
Este breve ensayo deja, inevitablemente, obras y autores un poco al margen. No importa. Cualquiera puede echar de menos a Martin Amis o Kazuo Ishiguro en las páginas finales y no pensar que el planteamiento se resiente por ello. De lo que se trata, por encima de todo, es de pensar que debemos volver a leer todo a lo que hace referencia el autor, porque hay más en ello de lo que recordábamos, o de leerlo por primera vez, porque está ayudándonos a descubrir. Si uno no era anglófilo, en términos literarios, antes de comenzar la lectura de esta pequeña historia, sin duda lo será una vez la termine.


