Una baraja nacida en las cortes italianas
Antes de convertirse en herramienta de consulta popular, el tarot fue un objeto de lujo, juego y representación visual. Sus primeras formas conocidas aparecieron en la Italia del siglo XV, dentro de las cortes de Milán, Ferrara y Florencia. Aquellas barajas, vinculadas a familias nobles como los Visconti y los Sforza, incorporaban escenas alegóricas, figuras de poder y referencias morales propias del Renacimiento. La lectura contemporánea del tarot sí o no pertenece a una etapa mucho más reciente, ligada a la simplificación digital de un sistema visual complejo.

Las primeras cartas no fueron diseñadas específicamente para predecir el futuro. Se utilizaban en juegos de triunfo, una modalidad en la que ciertas cartas tenían un valor superior al de las demás. Con el tiempo, los llamados triunfos, que después recibirían el nombre de arcanos mayores, adquirieron una dimensión simbólica cada vez más marcada. El tarot empezó así a reunir dos lenguajes: el de la imagen destinada al entretenimiento y el de la alegoría, tan importante en la cultura humanista de la época.
El llamado tarot de Marsella ocupa un lugar central en la historia de estas imágenes. Aunque su denominación se consolidó en Francia y no identifica una única baraja original, sirve para agrupar una tradición gráfica desarrollada entre los siglos XVII y XVIII. Sus estampas, impresas mediante xilografía y coloreadas con una paleta limitada, presentan contornos firmes, gestos expresivos y escenas fáciles de reconocer incluso a distancia.
Una gramática visual de 22 cartas
La estructura más conocida del tarot reúne 78 cartas: 56 arcanos menores y 22 figuras principales. Estas últimas forman una secuencia que comienza con El Loco, asociado al movimiento y a la indeterminación, y concluye con El Mundo, imagen de integración y culminación. Entre ambos extremos aparecen personajes, animales, edificios y acontecimientos que pueden leerse como momentos de un recorrido humano. Los arcanos mayores del tarot no constituyen una doctrina cerrada, sino un repertorio de símbolos abierto a distintas interpretaciones.
El atractivo de esta serie reside en la tensión entre lo concreto y lo abstracto. La Torre muestra una construcción golpeada por un rayo; La Justicia sostiene una balanza y una espada; La Muerte avanza entre restos de una escena transformada. Cada imagen parece contar algo de inmediato, pero también plantea preguntas sobre el poder, el cambio, el deseo o la fragilidad. Su fuerza no depende de una explicación única, sino de la capacidad de activar asociaciones en quien la contempla.
Desde una perspectiva artística, las cartas funcionan como pequeñas composiciones narrativas. El color separa planos, los gestos dirigen la mirada y la disposición de los cuerpos produce ritmos semejantes a los de un friso. La economía de recursos resulta decisiva: unas pocas líneas pueden sugerir una plaza, un juicio o una catástrofe. Esa concentración visual explica que el tarot haya interesado a historiadores del arte, diseñadores, escritores y coleccionistas, más allá de su uso esotérico.
Literatura, pintura y experimentación
La literatura del siglo XX encontró en el tarot una forma de explorar la relación entre azar, relato e interpretación. En El castillo de los destinos cruzados, Italo Calvino organizó varias historias a partir de cartas dispuestas sobre una mesa. Los personajes han perdido la capacidad de hablar y utilizan las imágenes para narrar sus experiencias. El procedimiento convierte la baraja en un sistema de escritura visual, capaz de generar relatos diferentes según el orden y la mirada.
Salvador Dalí también realizó su propia versión de los triunfos, publicada en la década de 1980 a partir de un encargo editorial. Sus cartas incorporan rostros, animales y referencias procedentes de su imaginario, sin renunciar del todo a las composiciones tradicionales. En su propuesta, el tarot aparece como un territorio de metamorfosis: una imagen puede ser reconocible y, al mismo tiempo, alterar su sentido mediante asociaciones inesperadas.
El cineasta, escritor y creador teatral Alejandro Jodorowsky contribuyó a popularizar una lectura psicológica y narrativa de la baraja. Sus interpretaciones del tarot de Marsella lo presentan como una herramienta de reflexión personal, no como un mecanismo automático para anunciar acontecimientos. Aunque sus planteamientos han generado debate, su influencia ayudó a acercar estas imágenes a públicos interesados en el arte, la creatividad y las formas contemporáneas de autoconocimiento.
Del museo a la pantalla del teléfono
En internet, el tarot circula en formatos breves que condensan una tradición centenaria. Las tiradas digitales, los videos explicativos y las consultas de tarot gratis han convertido las cartas en un lenguaje cotidiano para miles de usuarios. La tirada de sí o no es especialmente popular porque ofrece una respuesta rápida ante una pregunta concreta, aunque reduce la riqueza simbólica de la baraja y deja fuera buena parte de su contexto histórico.
Ese fenómeno no tiene por qué entenderse como una pérdida absoluta. Las plataformas digitales también permiten comparar barajas, estudiar iconografías y descubrir versiones conservadas en bibliotecas o museos. Una persona que llega a una consulta breve puede terminar interesándose por la pintura renacentista, la impresión popular o la obra de Calvino y Dalí. El recorrido depende de la curiosidad con la que se mire cada carta.
El tarot sigue vivo porque sus imágenes admiten usos distintos sin agotarse en ninguno. Puede contemplarse como pieza gráfica, leerse como una secuencia narrativa o emplearse como estímulo para ordenar pensamientos. Esa mezcla de juego, memoria cultural y ambigüedad visual explica que una baraja creada en las cortes italianas continúe encontrando nuevos lectores en la pantalla y fuera de ella.

