Víctor Roque González

Esta recomendación no me pertenece a mí, sino a un buen amigo al que guardo un infinito aprecio, y que ama el cine tanto o más que yo.
Le prometí, hace ya bastantes meses, un puesto en la lista de este año, para una película de terror, la que él quisiese. Pues bien, mi buen amigo eligió su favorita: El proyecto de la bruja de Blair, una producción que nació en las mentes de sus directores, Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, cuando se conocieron mientras estudiaban cine, en 1993.
Me resulta entrañable pensar que mi colega y yo también estudiamos juntos una carrera de la misma rama, y que desde luego enfocábamos como si fuera cine.
A estas alturas todos somos conocedores del fenómeno que supuso la ópera prima de estos chicos, ideando con mucha perspicacia un marketing viral gracias al cual su película aparentaba estar basada en hechos reales, siendo las grabaciones de metraje encontrado de sus protagonistas documentos fílmicos «reales» hallados por las autoridades como única evidencia de la desaparición de este trío de amigos, que se habían adentrado en los bosques de Black Hills persiguiendo la leyenda urbana de una bruja que los habitaba.
Creo que de haber visto esta película de niño me habría aterrado tan profundamente como a mi amigo, sobre todo por el desconocimiento, por no saber si realmente estaba viendo las últimas imágenes de unas personas que habían desparecido. Y ese fue el efecto que consiguió en sus espectadores allá por 1999, una época en la que no era tan sencillo contrastar la información, en la que éramos tecnológicamente más inocentes.
Tal es el calado de El proyecto de la bruja de Blair en la historia del cine de terror, que incluso una saga mítica como Resident Evil, esencial para la definición del género en los videojuegos, la homenajea abiertamente al comienzo de su séptima entrega.
También tiene uno de los mejores y más reconocibles pósteres.
En fin, un clásico que podéis ver en Netflix.

