Las cosas existen por contraste. La muerte se opone a la vida al igual que los recuerdos solo existen reflejados en la posibilidad del olvido. Si buena parte de lo que nos pasa no fuera alejándose y apagándose poco a poco, fundiéndose en la oscuridad con el paso del tiempo, no podríamos distinguir lo que permanece brillando con fuerza en la memoria.  

Me pregunto dónde estaría mi mente en todos esos momentos que ahora no recuerdo. Dónde puse mi atención, en qué estaba pensando, durante todos esos instantes que he vivido y experiencias que acumulo pero que ahora fracaso en recordar. Que existen como si no hubieran existido. Quizá no existieron.  

De qué sirve existir o haber existido, si nadie te recuerda. De qué sirven los recuerdos si no pensamos en ellos de vez en cuando.  

Hay copos de nieve que se derriten antes de tocar el suelo.  
Hay susurros tan tenues que nadie los escucha.  
Hay palabras que se van, para siempre, con el viento.    

Por eso sigo aquí sentado. Sin comprender cómo el tiempo pasa, pero esperando a que pase para seguir esperando a que vuelva a pasar. Aturdido por este momento que pensé que sería de una tristeza y un dolor insoportables y que ahora resulta ser aún peor: es un dolor y una tristeza absolutos, pero soportables. Quizá todo sería más fácil si se pudiera vivir en la inconsciencia, si viviera dormido, si tuviera a alguien a quien culpar.  

Han pasado los días, acumulándose en semanas, meses y años. Y así seguirán. Llenos de cosas extraordinarias que, sin embargo, acaban amontonadas en ese saco inmenso sin forma ni fondo al que llamamos normalidad. «Es normal», dicen.  
 
Porque, en realidad, todo lo es:  

Llegar e irse. 
Saludar.  
Despedirse.  
Nacer y morir. 
Vivir y olvidar.  

La muerte es una pérdida de tiempo.  
Del tiempo que se deja de vivir y de todo el tiempo que se ha vivido.  

Es el olvido absoluto de las cosas que nos dieron forma y de la forma en la que las vivimos. De las ideas que tuvimos, de la manera de torcer la boca al sonreír, del comentario absurdo sobre las noticias del periódico, de los sueños por cumplir —que a estas alturas suelen estar hechos de una enorme sencillez—, de las frustraciones que se cargan a la espalda, del pensamiento pendiente que se queda colgando, invisible, sobre la línea del libro sin leer.  

No creo que recuerde las cosas que vengan ahora, las que están por suceder. Ocurrirán, sin duda, pero me atravesarán con la misma naturalidad impalpable con la que el viento atraviesa una reja. A lo sumo, como pasa el agua por un colador. Mojando la malla por un instante, pero sin dejar más rastro que unas gotas microscópicas que no tardarán en secarse y desaparecer.  

Dónde estará puesta mi atención.  

En este momento, en alguna oficina de uno de los edificios que forman esta ciudad, alguien de este mundo que desconozco estará trabajando, marcando casillas en la pantalla de su ordenador. Poniendo en marcha un protocolo mil veces iniciado, solicitando o emitiendo certificados, dando de baja, cumpliendo cabalmente con sus obligaciones y anotando en su sistema informático que tal o cual servicio puede asignarse a otra persona, que tal o cual estancia se queda vacía y puede reasignarse cuando los técnicos terminen sus tareas de limpieza y esterilización.     

Qué difícil es constatar la dimensión de un vacío.  
Qué doloroso sentir cómo cortan y arañan cada una de sus aristas afiladas.  

Quizá esa persona, mientras trabaja, mientras va marcando en la plantilla de su ordenador los cuadraditos en blanco que esconden las puertas al agujero negro de mi universo, esté bebiendo un café, chateando con una buena amiga o mirando bobadas en internet. Y los dos, sin ni siquiera saber quiénes somos, quedaremos unidos por un vínculo invisible para siempre. Hay hermandades tan secretas que siquiera sus miembros las conocen 

Ojalá pudiera quedarme aquí sentado con los ojos cerrados y los oídos bloqueados. Solo un rato, después otro y luego otro más. Sin tener que ver quién entra o sale. Sin tener que escuchar las conversaciones de mi alrededor, los golpes de la puerta que se abre y se cierra, los irritantes soniquetes que emiten los móviles cuando reciben mensajes ni las asépticas instrucciones para afrontar los trámites y las burocracias de la muerte.  

Las cosas existen por contraste. La lógica y lo absurdo son hermanos siameses que viven pegados por la espalda, mirando en direcciones contrarias. E incluso ahora hay papeles que rellenar, fotocopias por hacer y facturas por pagar.  

Si pudiera permanecer así, sin que nadie me molestara. Sin que nadie me hablara nunca más. Dándome una tregua de todo lo que está pasando y de lo que está por pasar.  

No es por temor; bien lo sabría Dios si existiera. No es por cansancio.  

Es porque cada instante que pasa, cada momento que avanza aumenta la distancia que separa a los vivos de sus muertos. Cada segundo que transcurre es un paso en direcciones opuestas. Un milímetro más hacia el olvido de los detalles de las pequeñas cosas, de matices imperceptibles que se irán y que ni siquiera notaré haber olvidado.  
 
La muerte pone de repente sus cartas boca arriba. Y la vida vuelve a barajar y repartir, echando las suyas rápidamente encima de la mesa para ir tapándolas poco a poco con momentos, con acciones propias o ajenas, con decisiones o silencios, con trivialidades o sentimentalismos, con epifanías, ritos o lugares comunes. Con sus pequeñas rutinas y la fuerza de las cosas inmediatas va ocultando las cartas de la muerte, incluso aquella esquina que quedaba a la vista.   

Enterrar, lo llaman algunos. 
Olvidar, dicen otros.  

No creo que recuerde nada de lo que pase a partir de ahora.  
Creo que ya no recuerdo nada de lo que ha pasado hasta aquí.  

La muerte es una pérdida del tiempo.  
La vida es ir perdiendo la memoria.   

 

Fernando Travesí Sanz

*Texto adaptado del cuento «Alguien de este mundo que desconozco» del libro «El otro lado de las cosas» (Ed.Siltolá, 2018)