Por Jesús Cárdenas.

Vicente Blanco Ojea (Valdecilla, Cantabria, 1967) es autor de los libros de poemas, De colores, La furia de los dioses y Puertuco de Raos. Los tres galardonados con premios literarios, siendo el último de ellos el XVIII Premio de Poesía María Luisa García Sierra, organizado desde Bornos, publicado por el Servicio de Publicaciones de la Diputación de Cádiz.

En las palabras preliminares, Natalia Martínez señala la presencia constante de la naturaleza, las huellas de la experiencia humana y, sobre todo, el mar en la obra del poeta. En Puertuco de Raos, esa insistencia articula el conjunto: el mar deja de ser paisaje para convertirse en una forma de conocimiento, un espejo donde las cosas, los seres y el tiempo denotan su vulnerabilidad.

El escenario tiene una existencia concreta. Raos es un pequeño puerto escondido junto a un polígono industrial, donde los pescadores han levantado su propia sociedad. De esa proximidad entre naturaleza e industria parte el atractivo del libro. A Blanco Ojea le bastan los barcos, cada uno con su nombre y su historia, el vuelo de las aves y el rumor de las mareas para descubrir que la realidad contiene significados insospechados. El puerto es, así, un lugar concreto y una comunidad simbólica donde confluyen la soledad, el abandono, la esperanza y la conciencia de nuestra fugacidad.

El mar posee una extraordinaria fuerza de atracción a lo largo de la historia de la literatura. En este sentido y a modo de ejemplo, puedo traer a la memoria Poemas de mares y amores, una edición no venal, del Puerto de la Bahía de Cádiz y que revistaba autores y épocas muy diversas, desde las formas populares hasta los clásicos, con Homero, Fernando Pessoa, Rubén Darío y Felipe Benítez Reyes, y sin olvidar las coplas flamencas. Confirmada queda así la inscripción de un símbolo que sabe renovarse sin agotarse. El agua es origen, tránsito y amenaza; su destino puede ser la conservación de la vida o la eliminación. Blanco Ojea se inscribe así en esa tradición a partir de una escala íntima y de la atención a los objetos humildes, su hallazgo es ofrecer que una barca, varada, puede contener el mismo misterio que una travesía legendaria.

El verso libre propicia una cadencia ágil, sustentada en silencios, encabalgamientos, enumeraciones y pausas del discurso que son las que acompañan al mismo desarrollo de la propia del pensamiento. En el poema «Pilar, una barca roja» la embarcación «no tiene argumentos» y «no encuentra a dónde aferrarse»: el ser humano es materializado y transformado por resultado de la personificación en un objeto convertido en criatura impotente frente a la incertidumbre. Por el golpe del viento parece que condice una mano que la sujete. La sencillez de la imagen encierra una pregunta más allá de la imagen misma: ¿qué distancia se aparta una barca a la deriva de una vida que se halla en búsqueda de un vínculo que la mantenga a flote? El poema solo plantea posibles respuestas.

En «Un resquicio» aparece «un bote dado vuelta, malherido, / sin familia, ni nombre». La acumulación desplaza la descripción hacia la identidad y la pérdida. Despojado de cuanto podría distinguirlo, el bote suscita una inquietante analogía con quienes quedan separados de los afectos y de las palabras que los reconocían. Los objetos conservan aquí las huellas de una biografía: su deterioro cuenta aquello que el tiempo ha borrado.

«Recuperaciones submarinas» introduce una reflexión sobre la posibilidad de cambiar el rumbo. Un velero avanza hacia el desguace, entre golpes «cada uno de ellos mortal», hasta que decide regresar. La personificación, próxima a la fábula, abre una grieta en la fatalidad. «Para lo malo ya habrá tiempo», se lee. La frase coloquial contiene una insurrección contra el determinismo: incluso cuando el final parece escrito, todavía cabe concederse otra oportunidad.

En «En este banco en el borde», el hablante conversa con el mar sobre barcos herrumbrosos, maderas vencidas, neumáticos cubiertos de verdín y algas que susurran. La enumeración aporta espesor sensorial y evita que la reflexión se diluya en abstracciones. Finalmente, ambos permanecen anónimos ante «el abordaje temporal». La expresión transforma el tiempo en una fuerza invasora, capaz de asaltar cuanto encuentra a su paso. El banco se convierte en observatorio de la caducidad y del propio envejecimiento.

El poema final, «Yo, el mar», permite ensanchar el horizonte del libro. La voz marina evoca la deriva continental, el desprendimiento de un iceberg, el paso de un rompehielos por el estrecho de Bering y los rezos de los inmigrantes perdidos en el océano. La enumeración enlaza fenómenos planetarios y tragedias humanas; el mar se vuelve conciencia y memoria. La alusión al «último suspiro del primer hombre» que nadó hasta perder de vista la tierra incorpora un mito de los orígenes: antes que la conquista o la navegación estuvo el impulso de alejarse de la orilla.

Hay en esta voz una paradoja fecunda: el mar posee un idioma propio, pero está cansado de hablar; su rumor es inagotable, aunque nadie parece escucharlo por entero. La personificación alcanza aquí su mayor ambición y plantea una pregunta incómoda sobre nuestra capacidad de atención. Resuena la tradición literaria que ha convertido el mar en imagen de la conciencia humana, desde la poesía simbolista hasta las escrituras contemporáneas de la memoria y la intemperie. Más que una influencia única, percibimos un imaginario compartido, reelaborado desde la experiencia concreta del puerto.

El principal hallazgo de Puertuco de Raos reside en otorgar profundidad a lo cotidiano sin despojarlo de su aspereza. La lengua empleada por Blanco Ojea otorga preferencia a la claridad, al sustantivo preciso y a la imagen reconocible; su audacia nace de las asociaciones que conducen los objetos hacia las preguntas fundamentales. Añadamos, también, que el libro contiene ilustraciones azuladas muy apropiadas. El puerto se transforma así en un lugar donde pensar la fragilidad, la solidaridad y el deterioro. Quizá el mar no tenga respuestas, pero su rumor también nos recuerda que vivir consiste en aprender a interpretar las señales de cuanto nos rodea.