Ander Ercoreca

“Cuando la leyenda se convierte en hecho, imprime la leyenda” así sentenciaba El hombre que mató a Liberty Valance. La película crepuscular con la que Ford optaba por el mito y enterraba la verdad junto al personaje de John Wayne. El actor era la figura del vaquero, el héroe del western clásico. El mito parecía ser más llamativo que la verdad y Hollywood lo usó a su favor.
Clint Eastwood heredó el sombrero y la pistola y encarnó al antihéroe por excelencia del spaghetti western. Un tipo de hombre capaz de resolver cualquier conflicto con un revólver sin necesidad de explicaciones. O en palabras de Tony Soprano: un tipo fuerte y silencioso. Pero, al igual que demostró el mafioso italiano más famoso de la televisión, el interés por el personaje no residía en sus fortalezas, sino en sus debilidades. Por este motivo, desde su posición de director, Eastwood pasó el resto de su carrera desenterrando la verdad.
A mediados de los sesenta, Eastwood protagonizó La Trilogía del Dólar, dirigida por Sergio Leone, como un forajido parco en palabras sin pasado ni familia. Una figura masculina simplificada a su única expresión atractiva: matar. Tanto es así que ni siquiera tenía un nombre de pila. Era el Hombre sin Nombre. Se bastaba con un poncho, un puro y una mirada inquebrantable. Más adelante, Eastwood cambió su poncho por un traje de tres piezas, pero mantuvo su revólver, la esencia de esa figura masculina que algunos tacharán de clásica y otros de simplista, en Harry el Sucio. Eastwood se consagró como una estrella mundial y su imagen pública empuñando un revólver con cara de pocos amigos (o poca profundidad) quedó fijada en el imaginario colectivo.

Puestos a recuperar la verdad y destronar la leyenda, el cambio de acción del actor no fue radical, sino paulatino. Siguió protagonizando historias donde el tipo duro era recompensado por su comportamiento. Eastwood se lucró del mito que él mismo ayudó a instaurar durante décadas.
No fue el único en poner en duda aquel modelo del hombre duro y silencioso. Sam Peckinpah, en su aproximación del crepúsculo del salvaje oeste, comenzó a desdibujar el estereotipo con Pat Garrett y Billy el Niño en la década de los setenta. Pat Garrett es un forajido que, en busca de su supervivencia, cambia de bando y debe cazar a su mejor amigo Billy. Aparenta dureza y profesionalidad mientras intenta retrasar lo inevitable. Garrett tiene un solo momento de debilidad. Tras matar a Billy, Garrett dispara una segunda bala, pero no al cuerpo de su amigo. Dispara a su propio reflejo en un espejo de la habitación.

Orbitando en la trama se encuentran personajes como el que interpreta Bob Dylan, Alias; un hombre sin nombre como el de Sergio Leone, pero con gafas de leer, sin cartuchera y hábil con los cuchillos. Y, frente a ellos, Katy Jurado también rompe el molde representando a una mujer que combina la violencia con la sensibilidad con total compatibilidad. La película da proyección a figuras inusuales en el western que no necesitan su semejanza con el mito para sobrevivir. Peckinpah abrió una grieta dentro del género por la que Eastwood, entre otros, se colaría después.
Tras tomar el manto de director, Eastwood se encargó de examinar el icono masculino que interpretó delante de cámara. La resolución de ese juicio toma forma en la década de los noventa con Sin perdón.
Eastwood empuña una vez más su revólver, esta vez como un vaquero retirado. Es una leyenda urbana en esa sociedad donde la sangre que mancha sus manos no es motivo de gloria sino una condena. Ahora un pistolero torpe, miedoso y vulnerable. Eastwood toma su papel icónico, endiosado, y lo lanza al barro, vulnerable y humano que desmiente sus proezas pasadas. El diálogo con la figura de John Wayne es más que evidente. La película tiene un clímax sangriento que no exime a Eastwood, pero sí remarca el coste del acto. La violencia del pasado no resuelve nada: solo lastra el presente y ensombrece el futuro.
En los próximos años, la dureza que reflejaba Eastwood en pantalla se había resquebrajado por completo. Ahora, de cara al público, era un hombre que se permite amar, dudar e incluso perder. En Los puentes de Madison expone una gran sensibilidad tanto artística como emocional; una realidad casi inédita en la figura masculina. De hecho, que John Wayne haya nacido en el condado de Madison es una serendipia que añade una capa más de profundidad al diálogo entre Wayne y Eastwood. Y es que es ahí, en el lugar de origen de John Wayne, donde Clint Eastwood se abre en canal y bajo la lluvia, llora en público.
Los finales trágicos continúan en otras películas como Million Dollar Baby donde desempeña el papel de un entrenador de boxeo cínico y hermético que se enfrenta a una decisión que ningún revólver puede ayudarle a salir del paso. Eastwood extiende sus brazos a las emociones del personaje y abraza la impotencia que genera el dolor y la violencia.
En Gran Torino actúa, una vez más, como una versión treinta años envejecida de Harry el Sucio. En este caso con una personalidad más honesta y realista con el contexto sociocultural y racial de Estados Unidos en 2008. El personaje de Eastwood es desagradable y abiertamente racista; pero es primordial que sea insoportable a ojos del espectador para que comprenda que el personaje se equivoca y no es ninguna figura a seguir.
Al final, el personaje de Eastwood se enfrenta a los pandilleros. Mete la mano en el abrigo. Ellos están preparados. Apuntan. Él parece que también agarra su arma en el interior de su chaqueta. Su revólver está listo. Otro clímax sangriento… pero no. Los pandilleros disparan a un Eastwood desarmado. El hombre que encarnaba la violencia se sacrifica para acabar con el ciclo de violencia que viven sus vecinos. Un gesto, una simple acción tan potente que concentra toda su carrera.
En su última etapa como actor en películas como Mula o Cry Macho, Eastwood no solo es un hombre imperfecto, sino frágil. Expone el deterioro del cuerpo y la mente a través de su propia piel, un cuerpo que, en sus inicios, parecía no tener un talón de Aquiles. A sus 94 años, en 2024, Eastwood ha dirigido Jurado No 2, su última película. No la protagoniza, pero también pone en duda la veracidad de la justicia, la moral y el coste que acarrea ejercer la violencia, que siempre parece alcanzar al autor. Su aparente retirada ha llegado sin ceremonia ni gala, tan solo mediante un comunicado de su hijo. Un final profesional que parece escrito por el propio Eastwood en una de sus obras. Un icono clásico de la historia del cine que termina sin hacer el ruido esperado, simplemente aceptando que su tiempo ha pasado.
Clint Eastwood ha trabajado toda su carrera como director para reflejar la verdad tras el mito que era la figura masculina cinematográfica clásica. Pero tal vez la realidad sea más incómoda. Tal vez, al desmitificar la figura del Hombre sin Nombre, Eastwood ha dado nombre a la leyenda más grande de todas. Sin duda es una de las últimas leyendas vivas de la historia del cine. Su talento ha consolidado esa posición.

John Wayne encarnó el mito a cambio de ocultar la verdad. En cambio, su heredero ha demostrado la posibilidad de vivir en el mito y, a su vez, exponer la verdad que encierra. Quizá sea ese el legado de Clint Eastwood. Un hombre duro, pero que envejece. Un hombre silencioso en cuyo mutismo se refleja la duda y la equivocación. Un hombre que puede disparar por miedo al conflicto o que puede encontrar el valor para no apretar el gatillo.

