Víctor Roque González

Hoy es un día especial, como estáis leyendo.

Apenas nos separa una jornada de la conclusión del calendario, de ¡la noche de Halloween!

Así que vamos a jugar a un juego.

Tenéis dos opciones, muy distintas entre sí aunque compartan un mismo título: por una parte, la «cara A», es decir, la única e irrepetible Posesión infernal original, The Evil Dead del maestro Sam Raimi, que debía desconocer en aquel entonces que estaba impartiendo cátedra de cine de terror para futuros realizadores; por otro lado, la «cara B»: Posesión infernal de Fede Álvarez, el salvaje remake del 2013 que, al igual que sucedía con Raimi, era a la vez ópera prima del cineasta.

Algo que se ha criticado mucho a las últimas cintas de la saga del libro de los muertos (como iba a ser bautizada en un inicio, por cierto) es su carente sentido del humor negro, que Raimi imprimió en su trilogía conformada por Posesión infernal y las desquiciadas Terroríficamente muertos —por una vez la titulación española superaba a la original— y El ejército de las tinieblas. Y bien es cierto que eso las sitúa siempre un peldaño por debajo, pero sería muy cínico por mi parte si no argumentara a favor de la cinta de Álvarez, pues es tal su nivel de gore explícito (y artesanal, lo cual jamás me cansaré de agradecer) que uno termina por sucumbir a la carcajada para afrontar la bestialidad de lo que acontece en la película; y realmente, me atrevería a decir que Posesión infernal (2013) presenta mucho más humor del que se le presupone a simple vista.

Pero claro, Sam Raimi es Sam Raimi, y por algo su película es «THE Evil Dead, el origen de un género de terror en sí mismo —«the ultimate experience in grueling horror» rezaban sus créditos finales—, y como decía más arriba, difícilmente replicable. Resumida en una sola palabra: gloriosa, pues se disfruta con esa magia inherente a cualquier primera película de un realizador que descarga toda su energía amateur en el celuloide. Y Posesión infernal (1981) podría haber resultado en un estrepitoso fracaso, pues peca de muchísimos fallos de producción que a día de hoy un director novel no podría permitirse: planos desenfocados, sobreactuaciones irrisorias, etc. Pero él hizo de sus carencias un sello personal, con un montaje bruto y que no pretende pasar desapercibido, sino entretener a toda costa mientras no para de recordarnos cuán maravilloso puede ser el cine sin complejos; un montaje siempre reconocible en toda su filmografía, y que no ha dejado de perfeccionar. Y si sus actores eran primerizos, se aprovechaba del guion para incluir un humor negro que no desentonase con sus interpretaciones, descubriéndonos al carismático y galán antihéroe Ash, interpretado siempre por el «as» —no me matéis— en la manga de Sam Raimi: su amigo y cómplice del delito Bruce Campbell.

Debemos agradecerle a un tal Stephen King, que acudió en el Festival de Cannes de 1982 a un pase de la película y quedó enamorado, que Raimi encontrase distribuidora para su criatura. Fijaos bien en el póster de la cinta, totalmente icónico, y veréis de quién es la cita que la alaba.

Y así podría seguir escribiendo párrafos y párrafos sobre esta joya del terror, sobre sus efectos prácticos endiabladamente divertidos, por ejemplo, pero tan solo añadiré esto:

«KUNDA. ASTRATTA. MONTOSSE. CANDA».

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