
Portada de la obra. Textos de Antoni Guiral, con la colaboración de Jordi Canyissà. Editorial Bruguera.
Hay dibujantes que entretienen a una generación y otros que terminan retratando a un país entero sin proponérselo demasiado. Francisco Ibáñez pertenecía a esta segunda categoría. Durante décadas, armado con lápiz, tinta y una capacidad de trabajo que habría dejado exhausto a cualquier oficinista de la T.I.A., convirtió el disparate cotidiano en una de las formas más reconocibles del humor español. Ibáñez. Un país en viñetas, publicado por Bruguera y escrito por Antoni Guiral con la colaboración de Jordi Canyissà, invita a volver la mirada sobre un creador que hizo de la carcajada un oficio y de sus personajes una pequeña radiografía nacional.
La elección de Bruguera no resulta precisamente anecdótica. Hablar de Ibáñez es hablar también de una editorial que marcó a varias generaciones de lectores y que convirtió el tebeo popular en una parte esencial de la educación sentimental de este país. En sus páginas aprendimos que el mundo podía ser un lugar absurdo, que la autoridad no siempre andaba sobrada de inteligencia y que los golpes, las persecuciones y los desastres tenían una capacidad terapéutica que difícilmente habría aprobado un médico, pero que funcionaba de maravilla después de una jornada de trabajo.
Mortadelo y Filemón fueron la punta de lanza de aquel universo. El primero, maestro del disfraz y de la supervivencia imposible; el segundo, jefe por accidente y víctima habitual de una incompetencia que parecía contagiosa. A su alrededor desfilaba una fauna humana reconocible: funcionarios desbordados, superiores despóticos, inventos disparatados y ciudadanos atrapados en situaciones que siempre terminaban peor de lo que habían empezado. España podía cambiar de aspecto, de costumbres y hasta de régimen político, pero aquellos personajes seguían encontrando nuevas maneras de meterse en problemas.
El mérito de Ibáñez consistía en hacer que semejante maquinaria pareciera sencilla. Sus páginas eran un torbellino de movimiento, detalles y gags visuales; una sucesión de pequeñas catástrofes en las que el ojo apenas tenía tiempo de detenerse antes de que llegara la siguiente desgracia. Detrás de aquella aparente anarquía había un dibujante de extraordinario oficio, capaz de llenar una viñeta de información y de convertir el caos en una forma de precisión narrativa. Que el lector se riera sin reparar en semejante trabajo constituía, paradójicamente, una de sus mayores victorias.
El libro de Guiral permite situar esa obra en su contexto y recordar que Ibáñez fue mucho más que el padre de dos agentes de la T.I.A. Su trayectoria forma parte de la historia del cómic español y de una cultura popular que, durante demasiado tiempo, recibió menos consideración crítica de la que merecía. Porque el humor gráfico también habla de su época, de sus limitaciones y de sus cambios, aunque lo haga mediante una nariz imposible, una persecución interminable o un artefacto que termina explotando en las manos equivocadas.

Imagen interior de la obra
Y ahí reside una de las claves de su permanencia. Ibáñez no necesitaba levantar acta de los grandes acontecimientos nacionales para conectar con sus lectores. Le bastaba con observar las debilidades humanas y llevarlas hasta el extremo. La incompetencia, la vanidad, el abuso de autoridad y la tendencia a complicar lo sencillo eran materiales inagotables. Cualquiera podía reconocerse en aquel desfile de desastres, aunque probablemente prefiriese identificarse con el personaje que escapaba a tiempo.
La valoración crítica del volumen debe partir, por tanto, de una idea fundamental: recuperar a Ibáñez es también reivindicar la importancia cultural del tebeo popular. Su obra no necesita disfrazarse de alta literatura para ocupar un lugar propio en nuestra memoria colectiva. Tenía sus reglas, su ritmo y una personalidad gráfica inconfundible. Su grandeza estaba precisamente en haber encontrado un lenguaje capaz de llegar a lectores de distintas edades y procedencias sin renunciar a la inteligencia del gag ni al placer de dibujar.
Ibáñez. Un país en viñetas nos recuerda que la cultura de un país no se construye únicamente con novelas solemnes, discursos parlamentarios o monumentos de piedra. También se levanta con publicaciones populares, personajes inolvidables y millones de lectores que aprendieron a pasar las páginas antes de preocuparse por las notas a pie de página. Ibáñez hizo reír a España durante décadas. Y, si uno observa con cierta atención el espectáculo cotidiano, quizá descubra que el país sigue ofreciendo material suficiente para muchas más historietas.
Porque la realidad, como bien sabían Mortadelo y Filemón, tiene una desagradable tendencia a superar a la ficción. Y contra eso, por fortuna, siempre nos quedará una buena viñeta.
Por Sergio Vargas.

