On the Sea

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Por Miguel Andúgar.
Nos cansamos de lo que tenemos siempre a mano. Cuando repetimos una y otra vez experiencias, aquello que en su día fue excitante se convierte en tedioso. En los primeros años de gloria de la fiebre festivalera en España alucinábamos con ver en nuestro país a determinadas figuras que jamás se habrían presentado aquí por cuenta propia.
Pero con el paso del tiempo el cansancio y la monotonía quitan las ganas de acercarse a los sitios de siempre a ver a los grupos de siempre. También da pereza la cultura festivalera, que poco tiene que ver con la música y mucho con una nueva forma de sentirse distinto, de ligar y de salir de fiesta.
Por eso se agradece un evento como el On The Sea. Una noche, un puñado de grupos y un entorno hermoso. A escasos metros de las playas de Campoamor, en la provincia de Alicante, y rodeados de pinos y edificios enormes, pudimos disfrutar, con un aforo cómodo y entregado, de una de las mejores veladas musicales del verano. Todo ayuntamiento sueña con un festival a lo FIB. A nosotros nos gustan más este tipo de iniciativas.
Junto con algunos marginales pero exitosos grupos españoles, el núcleo del evento estaba compuesto de tres conciertos: The Fall, Moon Duo y Trans Am, alejados de propuestas cansinas y omnipresentes tipo Love Of Lesbian o We Are Standard.
Los primeros fueron The Fall, que pese a no ponerle demasiadas ganas al asunto convencieron sin grandes aspavientos. Mark E. Smith, con su aire de acabar de salir de una boda, y cierta torpeza a la hora de desenvolverse por el escenario es aun así capaz de desatar mitomanía por un tubo. Si los desagradecidos herederos actuales de su música necesitan tener un aspecto enfermizo pero muy estudiado para epatar, The Fall salieron como si fuesen a comprar el pan y aún así satisfacieron a casi todos.
Los siguientes fueron Moon Duo. Con tan solo un disco, Escape, en su haber y algunos EPs, el combo formado por Ripley Johnson y Sanae Yamada dieron quizás el mejor momento de todo el evento. Con una puesta en escena sencilla y unos pocos instrumentos mostraron su rock espacial del siglo XXI. Soy lo suficientemente mayor para creer que este tipo de música debería ser alabada por las masas, pero lo suficientemente joven para no creer que después de Spacemen 3 está todo dicho. Simpáticos pese a la abstracción, el drone brilló y la extraña pareja nos hizo feliz.
Trans Am, sin embargo, resultó la gran decepción personal de la velada. Y digo personal porque quizás objetivamente no se pueda decir nada en su contra: sonaron bien, estuvieron entregados y simpáticos. Sin embargo, resulta extraño que una banda tan excitante y hasta cierto punto ecléctica en sus trabajos de estudio me pareciese tan monolítica en directo. Una apisonadora uniforme que acabó hartándome. No así al resto del público, que enloqueció con los riffs postmacarras del trío.
No podemos sino destacar la buena organización y el gran ambiente e insistir: si todos los festivales fueran hechos con este mimo y amor por la música, no nos perderíamos ni uno.

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