Mi noche con Ana María Matute

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Por Francisco Balbuena.

 

Conocí a Ana María Matute por capricho del destino. Estaba yo en Badajoz para la presentación de mi novela ganadora Portentos de ultramar. Éramos seis los presentadores, sobre tres obras distintas, sentados en la presidencia de un salón del Hotel Barceló, un salón abarrotado de curiosos, políticos y  admiradores de las letras. Los poetas ex ecuos, dos Pacos más, y sus correspondientes presentadores, se extendieron en sus respectivos parlamentos tanto como Nullarbor Plain, la playa de Australia que se alarga por mil kilómetros.

Entretanto, me fijé que una señora elegante entraba en la gran sala, atestada con las fuerzas vivas de Extremadura, y que discretamente se sentaba a un extremo, en la única silla libre, como una niña tímida pero algo traviesa. Creí reconocerla y me conmoví. Aunque no estaba muy seguro de su identidad; sería porque la mirada me bailaba, tan nerviosa como lo estaban mis manos atolondradas. Así que, por lo bajo, pregunté a la concejala de cultura, Consuelo Rodríguez Piriz:

─¿No es esa mujer Ana María Mature…? Digo, Matute…

─Sí, Paco… ─me contestó Consuelo─ Es la invitada de honor.

Tracé una breve nota en un papel y esperé el turno de mi intervención. Antes tomó la palabra, como mi presentador, mi editor y sin embargo amigo Miguel Ángel Matellanes. Mi sevillano favorito arrancó bastantes risas del público cuando evocó algunos pasajes de la novela: mujeres con dos vaginas, a Mick Jagger chupando de dos botellas de teta a la vez, a Toribio Aranda, el hombre de semen, a Tierney, el abogado que se echaba colirio en los ojos para con mirada de perrillo apaleado suscitar la compasión de los juzgados, al buitre de papel pero dibujo animado, a la casa de peluche y a la casa de sal, etcétera. Después me tocó a mí tomar la palabra.

Intenté hablar, pero no salían las palabras de mi garganta tan reseca. Todos aquellos ojos extremeños fijos en mí, todos esos rostros extraños y vivaces, me tenían acojonado; era mi primera intervención en público, es más: casi era mi primera intervención en privado. De modo que no se me ocurrió para romper el hielo que contar un chiste: aquel del escritor que estaba más nervioso que un flan en el Titanic. Qué buena aportación hubiese sido esta imagen para David Cameron.

El caso es que los extremeños, después de un largo silencio desconcertante, se rieron. Yo respiré aliviado. Consuelo, sentada a mi derecha, me sonrió. Miguel Ángel, a mi izquierda, me dio un codazo, del que interpreté más que ánimos y aliento que me tenía reservado otro contrato de edición. De modo que, más aliviado, solté mi parlamento, breve y torpe. Porque para entonces no sabía si las presentaciones eran saludos a la concurrencia o más bien conferencias. Ni lo uno ni lo otro ─aprendería con el tiempo─, las presentaciones son palinodias y epitalamios.

Ahora bien, antes de empezar tuve unas palabras para aquella señora de la esquina, elegante, encantadora y discreta. Di las gracias a Ana María Matute por su presencia en el acto. Era un honor para nosotros acoger a la gran dama de las letras españolas. Ana María me sonrió como una chiquilla núbil. Ése fue para mí el mejor gesto de ánimo que pude recibir. En adelante solté mi rollo sobre “Portentos de ultramar” con audaz desparpajo e incluso temeridad. Luego la gente me aplaudió. Aunque sólo tuve ojos para Ana María, que por entonces todavía no usaba bastón, así que me pareció que en lugar de dar palmas batía sus alas y que flotaba como un ángel.

Una vez acabado el acto, en el vestíbulo del hotel me presentaron a la célebre escritora. Yo, el autor que había llenado de tetas y semen a California de norte a sur, era tan tímido que no tuve más ocurrencia que, en vez de besar sus mejillas, tomar su mano y besarla con delectación, como si fuera un caballero de Jean Austen. Ana María se sonrojó ante mi gesto antiguo. De inmediato la halagué con otra broma y reímos. Qué encanto de fierecilla… Se asió a mi brazo y, a paso cadencioso, seguimos caminando por un corredor paralelo a la cafetería del establecimiento. Ni por un segundo se me ocurrió que mi acompañante tenía mucha mano en Destino; ideas tan perversas todavía no entraban en mi cabeza.

 Poco después pasábamos a otro salón del hotel. Allí el ayuntamiento nos agasajaba a una docena de personas con una cena pantagruélica. Nos acomodamos en una gran mesa redonda; donde no había caballeros, sino políticos, editores y escritores, además de una gran dama. Ni qué decir tiene que el peso de la conversación lo llevó Ana María. Nos maravilló a todos con sus historias y anécdotas: que si la discoteca Boccacio de Barcelona y Rosa Regás, que si Vázquez Montalbán de visita en la casa parisina de Cortázar, que si la famosa silla en Anagrama que Herralde tenía reservada para Bolaños. Aunque lo que más nos divirtió al resto de comensales fue cuando Ana María se refirió a los cosacos. Habló largo y tendido de los cosacos de la literatura, y citó a sus queridísimos hombres men, como los llamó: Mendicutti y Mendiluce. Aquello fue apoteósico, y todos brindamos de nuevo como cosacos.

 Se dio la casualidad de que Ana María se hospedaba en la habitación vecina a la mía. Subimos a la planta cogiditos del brazo. Ni siquiera las estrecheces del ascensor oprimieron su imaginación y su palabra. Aunque ahora su tono era melancólico, algo triste, casi diría que turbador. El ascensor se abrió. La cedí el paso. La acompañé hasta la puerta de su cuarto. Ana María no atinaba a meter la tarjeta en la ranura. Así que me permití tomársela y abrir yo la puerta. Entonces ella me miró con sus ojos cansados pero de aguamarina limpidez. Y me agradeció que hubiese sido tan amable y caballero con ella durante la velada. De nuevo tomé su mano. Pero mi segundo beso no fue a aquella mano que tanto y tan bien había escrito, sino que sólo Ana María sabe a dónde fue aquella noche. El destino se encargará un día de revelarlo. 

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