Dos miradas sobre ‘Cisne negro’ (I)

Por Recaredo Veredas.

 

Conseguir que la narración de un enloquecimiento se convierta en una obra perfecta, aunque enferma, que pueda ser degustada por estetas, anoréxicas,  fans del terror, sadomasoquistas y, en general, cualquier amante de la belleza no resulta nada fácil. La causa del éxito de Cisne negro (2010) reside en varias elecciones. La primera atañe a la historia y a su entorno, al mismo tiempo sexuales y epifánicos: la mejor compañía de ballet del mundo decide superar su crisis con un montaje renovador sobre una obra clásica y oscura: el lago de los cisnes. En consecuencia, las frágiles y despiadadas bailarinas compiten sin descanso ni perdón. La segunda elección se interna en la protagonista: una prima donna de la danza, asfixiada por su propia sed de perfección, por la ansiedad que le causan su torturada virginidad y una madre castradora. La tercera reside en el riesgo asumido por un director que decide confiar plenamente en su talento.

 

Darren Aronofsky no es un director modesto, tampoco pretende el prestigio gris de los artesanos. Ni siquiera desea convertirse en un autor de festivales. Aspira desde el principio a la genialidad. Quiere emular la totalidad de Welles, Kubrick o el primer Coppola. Tamaña megalomanía le ha deparado fracasos sin paliativos, como La fuente de la vida (2006), redimidos por reconfortantes baños de humildad, como El luchador (2008). En Cisne negro (2010) consigue por primera vez enlazar una historia hollywoodiense de superación con sus particulares neurosis. El logro resulta de especial mérito ya que, sin contar un guión propio, crea una obra absolutamente personal, protagonizada por algunas de sus obsesiones, como las dudosas fronteras de la realidad o la maternidad castradora. Muchos han señalado la influencia de Polanski y su Repulsión (1965). Aunque la plasmación de las consecuencias de la represión sexual sea casi idéntica, no es la única referencia. También aparecen las íntimas tinieblas del último Kubrick (algún día se reconocerá la maestría de Eyes Wide Shut (1999)) y ecos de La Pianista (2001) de Haneke, pese a que el cruel hiperrealismo del austriaco poco tenga que ver con el arte por el arte del neoyorquino.

 

En consecuencia con las aspiraciones de grandeza de su autor, Cisne negro (2010) es una obra que camina durante todo su metraje en la frontera del desastre. Sin embargo, nunca cruza tal límite. Más bien al contrario, la tensión nunca decrece. Aunque las expectativas del espectador asciendan hasta el delirio, Aronofsky no se pierde, ni plantea un escape fácil. Tampoco, pese a los continuos juegos con los puntos de vista y la subjetividad, resulta tramposo, ni confunde al espectador más de los necesario.

Cisne negro (2010) es, pese a su enorme libertad formal, una película de fondo clásico, que habla sobre las heridas que causa la búsqueda del triunfo. Un tema sumamente actual, que también alienta a La Red Social (2010), la otra gran película de esta temporada. Tanto Zuckerberg como la joven Nina consiguen la victoria, pero deben pagar un altísimo peaje. El capitalismo moderno exige la perfección, aunque sea a costa de la vida.

 

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