[Festival de San Sebastián 2011] Crónica del lunes 19 de septiembre

Por David Garrido Bazán.

 

 

THE DEEP BLUE SEA (2011): El Final del Romance

 

No creo que sea demasiado original con esta reflexión, pero creo sinceramente que Terence Davies – aquí es cuando la mayor parte de ustedes, queridos lectores, se ha preguntado mentalmente “¿Quién?” – es uno de los directores menos reconocidos de la industria del cine. Y eso a pesar de películas tan notables como El largo día acaba (1992), Voces distantes (1988) o La casa de la alegría (2000), debilidad personal de un servidor y anterior largo de ficción de Davies, hace ya la friolera de 11 años. Tiene su bien ganado prestigio crítico, por descontado, pero quizás por aquello de que casi emula a su tocayo Malick en cuanto a lo poco que se prodiga, no ha conseguido traspasar esa barrera e instalarse en la mente del público como merecería.

 

The Deep Blue Sea (2011) supone una cierta novedad en Davies por cuanto en esta ocasión en lugar de un guión propio adapta una obra teatral de un tercer tocayo, de apellido Ratigan. Aunque quizás en este caso, viendo el resultado y aun admitiendo de forma inequívoca que en ese origen teatral quizás esté el mínimo talón de Aquiles de una película de lo más sólida, más que hablar de una adaptación convendría más hablar de fagocitación, tal es la forma en la que el esteticista universo de Davies se apropia del texto hasta hacerlo suyo, reconocible de inmediato y perfectamente integrado en su filmografía anterior. Cuenta The Deep Blue Sea (2011) la segunda infidelidad del certamen tras la desarrollada ayer por Sarah Polley. Y dice mucho del sentido común y el buen gusto de los programadores del Festival situar tan cerca en el tiempo dos obras que tocan el mismo tema tratadas de forma tan distinta (no es la primera vez que ocurre, por cierto: también ha pasado con temas puntuales como la violación… o echar polvos apoyados en enormes cristaleras, cierro paréntesis) y sin embargo tan complementaria.

 

Estamos en Londres en 1950. Una mujer abandona a su marido, anciano juez y rico por un joven desempleado sin una libra en el bolsillo, pero que se entrega a ella con mayor dedicación que el esposo – y efectos, ya me entienden – y del que se enamora perdidamente por esas cosas inexplicables que a veces tiene ese musculito tan pero tan flexible que diría Woody Allen. El contigo pan y cebolla de la mujer, desesperada por lograr que esa relación funcione mientras el joven se va amargando más y más ante la perspectiva de tener que abandonar su vida de playboy precisamente por la falta de toda perspectiva. La cosa va a complicarse cada vez más: ni la esposa infiel se siente demasiado orgullosa de sí misma habiendo abandonado a su marido, ni éste pese a todas sus bravatas quiere renunciar a ella. La crisis de la nueva pareja parece inevitable. Y ahí está Davies para dar y quitar razones a todas y cada una de sus criaturas huyendo como el diablo del más mínimo atisbo de maniqueísmo.

 

Hasta aquí la parte argumental, acaso la menos importante de la muy interesante propuesta de Davies, que como casi siempre se basa en una fuerte apuesta estética que sus detractores no tardarán en calificar de preciosista, barroca y relamida y que al que escribe estas líneas le parece simplemente fascinante. Planos pictóricos que parecen rodados por el mismo Vermeer mientras la cámara se mueve suavemente entre las luces amarillas de las bombillas, dirección artística cuidada al máximo, la mejor dirección de fotografía vista hasta ahora en Sección Oficial dando calidez a los actores, absolutos protagonistas de la función, todo un placer estético – al que se suma la natural belleza de Rachel Weisz, aquí aun más hermosa que nunca si es que eso era posible – llevado al límite. Uno podría arrebatarle la voz a las imágenes de The Deep Blue Sea (2011) y aun perpetrando semejante crimen que nos privaría de esos estupendos actores declamando sus líneas en ese musical inglés británico que uno espera de toda producción de época que se precie, seguir disfrutando visualmente de la película.

 

Luego está el tema del andamiaje narrativo del filme, un sinfín de estudiados vaivenes del pasado al presente digno de la atracción más diabólica de cualquier feria en el que sin embargo uno jamás pierde la brújula de los personajes, ni de lo que sienten, ni de lo que están transmitiéndonos. El resultado es una emoción que supera tanto el envaramiento normal de algunos personajes, enmarañados en la raíz teatral del texto original que a Davies no le importa que se vea como una cabellera mal teñida, ni tan siquiera ese por otro lado maravilloso concierto para violín de Barber que subraya muchísimo el sentimiento de algunas escenas precisamente para que cuando la música desaparezca, las palabras tomen el relevo del peso de la emoción. Una película destinada a estar en el palmarés si o si. ¿En qué categoría? Eso aún está por decidir. Como su distribución en España por cierto. Y eso sí que sería una pérdida irreparable, porque la película de Davies es una joyita preciosa.

 

 

LOS PASOS DOBLES (2011): Puntos de fuga africanos de un proceso de reinvención

 

La casi unanimidad en alabar las virtudes de The Deep Blue Sea (2011) tuvo su continuidad a la hora de enjuiciar el segundo trabajo del día, pero en sentido opuesto. Vamos, que la película de Isaki Lacuesta no gustó a casi nadie. Normal, por otra parte, con semejante antecedente. No estaba la peña embelesada con el clasicismo académico de Davies para digerir una película tan a contracorriente como la de Isaki, que parte de ilustrar la anécdota original de seguir los pasos de un iluminado artista francés que se enamoró de África hasta el punto de perderse a fondo por allí para después ir abriendo línea tras línea argumental según va incorporando los muy diversos elementos que quiere incorporar a su propuesta. Lo que empieza siendo como un prometedor ejercicio sobre la libertad artística con visos de ficción documentalizada, documental ficcionado o cómo demonios quieran llamarlo, deriva rápidamente en un cóctel de referencias cinéfilas que abarca desde el spaghetti-western hasta el mismísimo Luis Buñuel, pasando por los Monty Python, contraponiendo el indudable talento como forjador de poderosas imágenes que tiene Isaki hasta la sensación de despropósito y absurdo hacia la que deriva un ¿guión? en el que uno podría concluir, quizás de forma errada aunque sin ser telépata es difícil saberlo armado solo con las claves que da la peli, que Lacuesta ha ido metiendo cosas sobre la marcha en un work in progress interminable.

 

Hace un par de años, a propósito precisamente del estreno en Donosti de la interesante Los Condenados (2009), comentaba que me molestaba mucho de dicha película que, partiendo de un tema tan interesante, Lacuesta pareciera ceder a la tentación de tratar de patear al espectador fuera de su película durante una hora larga antes de regalarle a los valientes que hubieran aguantado a pie firme su diatriba unos cuantos planos y momentos de gran calado emocional. Aquí pasa algo parecido pero al revés: ésta es una película que entendería mejor un niño de diez años que un adulto. Simplemente porque no se haría preguntas sobre su planteamiento, nudo y desenlace o la intención última de su director, sino que se limitaría a aceptarla sin más y divertirse con lo que mucho que tiene que ofrecer más allá de su sentido (o no) oculto. Es como querer medir un cuadro abstracto con la escala de valores que aplicaríamos a un cuadro figurativo. Mal empezamos. Esa óptica del niño que decía antes es la correcta: maravillarse con los recursos visuales, verdaderos hallazgos de Lacuesta, soñar con transportarse de repente a esa África idealizada y repleta de vida, creer que existen bandidos que te plantean acertijos antes de robarte por si los aciertas y así te libras, flipar con la ternura y sencillez de las dos escenas de seducción y sexo, una heterosexual y otra homosexual que planta ante tus ojos, descojonarte con esa especie de homenaje a Simón del Desierto cambiando la columna por un baobab que ofrece momentos desopilantes, temblar con la desasosegante aparición de los albinos rompiendo de cuajo el ritmo de la película, mirar por encima del hombro a Miquel Barceló parir obra tras obra de indudable belleza.

 

Yo le agradezco sinceramente a Isaki Lacuesta que haya traído al continente más olvidado del mundo de una forma visualmente tan bella a San Sebastián. Y acepto de antemano cualquier crítica que se le pueda hacer a Los Pasos Dobles, incluyendo la de la gente que se ha enfadado mucho con ella porque cree que es una tomadura de pelo sin ningún sentido, porque puedo comprender e incluso a ratos compartir su percepción. Pero defiendo y defenderé que es un lujo disponer en este país de cineastas tan arriesgados y con ganas de experimentar cosas nuevas como Isaki Lacuesta. El que quiera ver un documental académico y clásico – aunque no nos engañemos: ese tampoco lo es del todo – que se ponga una y otra vez su anterior y maravilloso trabajo sobre Ava Gardner La noche que no acaba (2010), donde juguetea de forma brillante con esa idea de la duplicidad que preside toda su filmografía. Pero Lacuesta hace tiempo que ya no está ahí. Es más, hace ya bastante tiempo que tampoco está en África. Obsesionado como está con la idea de reinventarse con cada trabajo seguro que ya está con la mente en otra cosa. Es lo que tienen los artistas de verdad, aunque a veces puedan parecernos unos cantamañanas. Los cuentos africanos ahí están para quien quiera entrar en ellos y divertirse.

 

 

LE SKYLAB (2011): La familia, bien, gracias


No me inspiraba demasiada confianza a priori esta película de Julie Delpy después de que fallara intentando emular los logros de su querido Richard Linklater en el díptico Antes del Amanecer (1995) /Antes del Atardecer (2004) que protagonizó de forma tan admirable con aquella cosa algo infumable llamada 2 días en París (2007). Pero no contaba con el hecho de que para su cuarta película Delpy iba a jugar sobre seguro tirando de una temática que, en lo que a la cinematografía francesa se refiere, casi tiene ya el estatus de género: las reuniones tumultuosas, a ser posible de familias cuyos componentes darían para más de un equipo de rugby. Es lo que sucede en Le Skylab (2011), evocación probablemente autobiográfica de los recuerdos de infancia de la niña que Delpy fue en el verano de 1979 a través de la reunión en una enorme casa de veraneo con la excusa de celebrar el cumpleaños de la abuela y matriarca de la familia de un buen puñado de parientes.

 

A estas alturas ya han visto ustedes suficientes variaciones sobre el género para que no les aburra explicándole las cuitas de cada uno de sus miembros. Aparte que haría estás críticas aun más largas y pesadas, no serviría como orientación de nada. Baste decir que Delpy maneja los múltiples hilos narrativos con relativa soltura pese a su exceso de verborrea, que la película es resultona y simpática, tan inspirada de forma puntual como provista de un aire de intrascendencia que por desgracia se revela bastante más real de lo que debería dado que las pocas veces que la película abandona la comedia – ojo, bien realizada y equilibrada, algo nada fácil de conseguir en un reparto que más que coral es toda una formación oceánica digna de las marianas como éste – para adentrarse en terrenos más espinosos casi siempre de índole político, con ese brutal enfrentamiento entre derechas e izquierdas y las heridas lacerantes de las guerras de Algeria y el Chad aun en carne viva, gana bastantes enteros. Más que nada porque uno abandona esa sensación de estar asistiendo a una versión francesa de Cuéntame (TV) que aunque no carece de cierto encanto – especialmente en todo lo que rodea a los niños, que se comportan de forma más acorde a su edad que sus padres – hace que te preguntes si verdaderamente ésta era una película para la Sección Oficial a Concurso de un Festival como éste. Pero en el fondo uno poco más puede hacer que emular a la oveja que observa a esa familia mientras rumia otras cosas. Como por ejemplo si Delpy esperará a saber del éxito que tiene su película para hacer una segunda parte retomando a todos sus personajes y no solo a la que interpreta a ella de forma interpuesta, en otra reunión familiar, seguro que muchísimo más cínica, amarga e interesante, treinta y tantos años después. Pero eso será otra historia. La que queda es la de una película tan simpática como en el fondo intrascendente que olvidaré aun antes de terminar de escribir este artículo.

 

 

 

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