El niño de la bicicleta (2011) de Jean-Pierre y Luc Dardenne

Por José A.Cartán

 

 

Desde sus comienzos, la piedra angular que se ha articulado como principal núcleo narrativo de la filmografía de Jean-Pierre y Luc Dardenne ha sido el periodo que va desde la infancia hasta la adolescencia. Ese territorio desconocido en el que todo sujeto necesita verse reflejado en la figura de alguien para salvaguardar su integridad como persona. Y más aún, para que su desarrollo, tanto físico como psicológico, no se vea mermado por la falta o carencia de lazos sentimentales.

 

Los hermanos belgas se han erigido en los últimos años como auténticos visionarios de la problemática del adolescente contemporáneo. La tensión y la violencia narrativa que se palpa en cada una de sus escenas no necesita ningún condimento extra más allá de reflejar, única y exclusivamente, la realidad circundante. Contexto expresado brillantemente, sin ningún tipo de atributo, moralina o prejuicio de suma decencia que hagan palidecer la obra final.  

 

Tras haber arrasado en festivales de medio mundo y ser de los pocos cineastas que pueden presumir de tener dos Palmas de Oro (Rosetta (1999) y El niño (2005)), los directores belgas han querido relajar la opresión argumental en El niño de la bicicleta (2011). El relato se vuelve menos asfixiante que en sus obras anteriores y el pesimismo inicial se revuelve hasta convertirse en esperanza, reafirmándose finalmente como una oda a la superación individual frente a la ausencia de referentes adultos capitales.

 

Gracias al habitual uso de la cámara al hombro, los Dardenne no sólo subrayan el aspecto realista de su cinta, sino que dicha técnica entronca directamente y de manera magistral, con los sentimientos contradictorios y los incesantes movimientos enérgicos de Thomas Doret, el niño protagonista. La importancia que tiene la bicicleta en la trama no hace otra cosa que evidenciar el sentimiento descontrolado del personaje. El desconsuelo que sufre el protagonista cuando descubre que su padre ha vendido la bicicleta a un desconocido otorga al vehículo una doble simbología: por un lado, el recuerdo doloroso y omnipresente de la ausencia del padre y, en segundo plano, la bicicleta se muestra como el único transporte que posee Cyril para alcanzar la comprensión y el afecto.

 

Cyril busca incansablemente aquella figura masculina con la que verse correspondida, pero sólo encuentra fracaso e interés; desde el rechazo que sufre por parte de su padre en el bar donde trabaja, la manipulación a la que le somete el joven gamberro con el único fin de robar un pequeño bote o la denunciable irresponsabilidad del quiosquero al final de la película, que pone de manifiesto la inhumanidad del hombre. La importancia de estos tres cuadros descriptivos ahonda en el mensaje más atroz del film, que no es otro que la inexistencia de una figura paterna que se pueda tomar como ejemplo de buena conducta. El hijo se ve abocado a la orfandad paternal durante toda su existencia, ya que su única posibilidad de conducta es tomar como ejemplo la figura femenina. Es por ello que Cyril, tras un tortuoso y virulento camino de imperfección, se da cuenta de que su modelo no es otro que Samantha, Cécile De France, personaje que también busca un espejo donde poder verse reflejada. Si la búsqueda del padre, por parte de Cyril, se va tornando en utopía según transcurre el metraje, Samantha prefiere el afecto de un niño desconocido al amor que siente por su pareja, al que no duda ni un instante en abandonar al verse en la diatriba de elegir entre uno de los dos.

 

A pesar de que los Dardenne camuflan su dirección de una constante tensión y frialdad cinematográfica que parece establecerse en una ominosa calma que precede a la tormenta, ambos logran proporcionar a sus protagonistas un mensaje final de resurrección, consiguiendo que El niño de la bicicleta (2011) se configure como su película más optimista hasta la fecha. Cyril parece erigirse en Lázaro en una de las escenas finales de la película, bajo el asombro del deshumanizado quiosquero y su vengativo hijo. Todo aquel que quiera resucitar debe verse obligado a desechar algo y él ha tenido que despojarse del padre para encontrar el verdadero amor maternal.  

 

El fotograma final posee un gélido e insuperable simbolismo; el niño, pedaleando su bicicleta negra y llevando bajo el hombro una bolsa de carbón para la barbacoa de esa misma noche. Quién sabe, quizá las cenizas que queden tras el festín no sean otras que las del pasado de sí mismo. 

 

 

El niño de la bicicleta (2011) se estrenó en España el pasado 28 de octubre de 2011.

 

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