Lester Bangs: el hombre que meó sobre Graceland – I

 

Lester Bangs - Discos

 

Por Carlos Bouza.  

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Como un rifle de repetición acribillando el folio. Así aterrizó Lester Bangs (1949 – 1982) en el mundo de la crítica rock. Operando desde las páginas de Rolling Stone, Creem y un buen reguero de publicaciones más, el suyo fue un extraño caso de crítico – estrella: poseedor de una personalidad arrolladora, ni hacía prisioneros en sus textos ni se amedrentaba ante el aparatoso halo divino de los músicos más influyentes de su época. Básicamente, en su permanente combustión, parecía no importarle nada. Sólo el rock’n’roll, y a veces ni eso. Pero también supo estar en los sitios en los que sucedía la acción, trasladándose desde su pequeña ciudad de El Cajón (San Diego, California) a Detroit, y de ahí a Nueva York, participando de sus principales estallidos musicales.

Pero empecemos por el principio.

Se trata de una vieja historia: un adolescente proveniente de un entorno familiar dislocado (fanatismo religioso, alcoholismo, un padre fallecido en circunstancias sórdidas) abraza el rock’n’roll como cobijo contra la tormenta y huye de los suburbios en busca de fortuna. El joven Lester no tarda en descubrir las drogas, al tiempo que se matricula en la universidad de San Diego y se enrola en diferentes talleres literarios con la intención de moldear su pasión por la escritura.

Con veinte años, ya seriamente enfermo por el rock’n’roll y el jazz, cae en sus manos un ejemplar de Rolling Stone. Una de sus críticas despierta su curiosidad: se trata de un elogioso texto sobre Kick Out The Jams, el electrizante debut de MC5, una joven y politizada banda de Detroit que incorpora en su música elementos tan estimulantes como el free jazz, el rhytm’n’blues primigenio y el rock de garage. Lester decide que su dinero será bien invertido y sale a por una copia del álbum. Al escucharlo se siente estafado, entra en cólera y decide enviar a la revista una vitriólica reseña en la que despedaza el álbum sin compasión. Empieza a imprimirse la leyenda.

“Hace cosa de un mes, MC5 obtuvieron un artículo de portada en Rolling Stone, que les proclamaba como la Nueva Sensación, una banda para romper todas las barreras, ir a por todas, “algo totalmente vigoroso”, etc, etc, etc. No importaba que llegasen como una banda de viejos punks de dieciséis años en pleno viaje de anfetas…estos chavales, ni más ni menos, ¡podían tocar sus guitarras tal y como John Coltrane y Pharoah Sanders tocaban el saxo!

Bien, el disco acaba de salir y ya podemos juzgar por nosotros mismos (…) La mayor parte de las canciones apenas se distinguen unas de otras, en su primitiva estructura de dos acordes. Todo esto ya lo has escuchado antes en gente tan notable como los Seeds, Blue Cheer, Question Mark & The Mysterians y los Kingsmen. La diferencia aquí, la diferencia que hará vender varios centenares de miles de copias de este disco, está en el bombardeo publicitario, en el grueso revestimiento de “revolución adolescente” y “rollo totalmente enérgico” que oculta las vistas de este desguace de clichés y ruido desagradable (…) “Kick Out The Jams” suena como el “Money” de Barrett Strong tal y como lo grabaron los Kingsmen. El engañoso “Come Together” está robado nota por nota del “I Can’t See For Miles” de los Who. “I Want You Right Now” suena exactamente (también su letra) como una canción llamada “I Want You Strong” , de los Troggs, un grupo inglés que hace un par de años llegó con una imagen similar de sonido-rabioso-y-sexual (¿recuerdas “Wild thing”?) y que pronto cayeron en el olvido, desde donde me los imagino riéndose de MC5”.

 

2. Gonzo!

La primera en la frente: Lester entra a formar parte del grueso de colaboradores de Rolling Stone, caracterizándose por su honestidad brutal y fuertes dosis de veneno. Con su estilo rápido, volcánico y contundente, empieza así a moldear su propia versión del oficio de comentarista musical, despertando más incomprensión que adhesiones. Atravesados por largas noches de insomnio, sus escritos comienzan a llenarse de hallazgos fantásticos, párrafos centelleantes y frases imposibles. Tan influido por las anfetaminas como por el free-jazz, la literatura beat y el periodismo gonzo de Hunter S. Thompson (otro cronista de Rolling Stone con aura mítica), básicamente se dedica a martillear el modelo de crítica académica. Para él, sólo cuenta la verdad emocional, la música que dispara a las tripas. Convencido de que el valor intrínseco de una obra se mide por su capacidad de activar resortes íntimos, trenza sus críticas alrededor de fragmentos de su propia vida. Resultado: sensitivas piezas gonzo, como su famosa revisión del Astral Weeks de Van Morrison.

“El otoño de 1968 fue una época bastante jodida: yo era un desastre física y mentalmente (…) Mis contactos sociales se habían reducido casi por completo; la presencia de otras personas me volvía nervioso y paranoico. Pasé interminables días y noches hundido en un sillón de mi dormitorio, leyendo revistas, viendo la tele, escuchando música, mirando al espacio (…) No tenía ni remota idea de cómo mejorar la situación, y probablemente no hubiera hecho nada de haber sabido cómo (…) En las condiciones en las que me encontraba, Astral Weeks asumió en su momento la condición de faro (…)Es un disco sobre gente atónita ante la vida, completamente arrollada, estancada en sus cuerpos, sus edades y en ellos mismos, paralizados por la majestuosidad que se pueden discernir en un momento de revelación (…)”

 

3. Malos tiempos para la lírica

Sobra decir que, por entonces, las cosas no pintaban mucho mejor que ahora, y Bangs pasa a ser una bestia negra dentro de un negocio musical que actuaba ya bajo la premisa del “toma el dinero y corre”. No tardará en sufrir las consecuencias del poder castrador de las discográficas, principal respaldo económico de Rolling Stone a través de la publicidad. La cabeza de Lester rueda en 1973, cuatro años después de su entrada en la publicación. El detonante es un nuevo texto rebosante de cianuro, esta vez dedicado al grupo de boogie-rock Canned Heat, que le reporta un último y definitivo toque de atención por su trato despectivo a los artistas.

En Creem tampoco encuentra su espacio. Pronto comprueba desde dentro cómo los antiguos románticos que parecían sostener la publicación terminan cegados por la posibilidad de multiplicar sus ingresos, a costa de ceder en credibilidad, y Bangs ahonda así en su ya profundo desencanto. Su próximo paso será hacer la maleta y trasladarse de Detroit a Nueva York, con la intención de convertirse en crítico musical independiente. Estamos en 1976, y Lester se encuentra frente a frente con que la detonación del punk se había extendido por toda la ciudad.

“Tanto el free jazz (que, con raras y pocas excepciones, es probablemente el único tipo de jazz que debiera haberse mezclado con el rock’n’roll) como el punk rock son músicas que no tienen reglas explícitas fundamentales (…) También, hasta cierto punto, tanto el punk rock como el free jazz abandonan todo sentido de la estructura. Resultado: escupitajo atonal anárquico”

 

4. El ruido y la furia

El punk rock fue para Lester, como lo había sido el material más flexible de Miles Davis o John Coltrane, un espacio de identificación con respecto a sus obsesivas ansias de liberación y verdad. Sin embargo, el movimiento no tardó en suponer una nueva decepción. Se entusiasmó con el álbum Blank Generation, de Richard Hell & The Voidoids, que había llegado a considerar como “uno de los asaltos más salvajes” del rock’n’roll en 1977, pero renegaba tanto del ensimismamiento en escena de Hell como de su pose autodestructiva. Se reconoció impactado por la irrupción de Horses (1975), el debut de Patti Smith, pero a la altura de Radio Ethiopia (1976) decidió que se había vendido y despedazó el disco. Con The Clash tuvo una relación ambivalente. Admiraba su sugerente ensamblaje de sonidos (“algo en su asimilación del reggae es lo más cercano que he escuchado al acorde perdido, ese vínculo que faltaba entre la música negra y el ruido blanco, un rock capaz de hacerle una reverencia a las formas negras sin ponerse maquillaje para parecer negros”), pero durante una gira compartida con la banda detectó decepcionantes contradicciones entre sus postulados sociopolíticos y ciertas disonancias que se desarrollaban en privado. Todo ello sería expuesto en un largo vómito de nueve páginas publicado en la cabecera británica New Musical Express, que incluía además una tajante sentencia: el punk rock podía darse por muerto y enterrado con la disolución de los Stooges. Es decir…en 1974.

Al vislumbrar el amasijo de convencionalismos en el que muy rápidamente había quedado reducida la combustión del punk, Bangs ahondaría aún más en su proverbial desencanto. Le obsesionaba la carga de sinceridad que desbordaba en los viejos discos del sello Sun, de Hank Willams o Charlie Mingus, y se retorcía violentamente y por escrito en cuanto detectaba cualquier atisbo de impostura en una grabación, un show en vivo o una entrevista. Esa polaridad le llevaría a escribir uno de sus más polémicos artículos, “Los Supremacistas Del Ruido Blanco” (Village Voice, Abril 1979), que cayó como un jarro de agua fría entre los punks neoyorquinos, al denunciar presuntas actitudes racistas y homófobas entre algunos de los miembros más destacados de la escena.

Pero al tiempo que sus dardos contra elmovimiento punk no ayudaron a mitigar su aislamiento personal, Lester aprovechó la enorme oleada musical generada para iniciar él mismo una errática aventura sobre los escenarios. Let It Blurt (un raro single editado a su nombre en 1977) suena tan acalambrado como las grabaciones de los Contortions de James Chance, y en realidad no puede considerarse más que como una lograda falsificación, pero quien le respaldaba en estudio no era precisamente una reunión de mercenarios: Robert Quine (entonces asociado a Richard Hell, y posteriormente a Lou Reed) y Jody Harris (Contortions) pusieron las guitarras. Jay Dee Daugherty, batería de Patti Smith y Tom Verlaine, produjo las dos canciones del proyecto, y John Cale se encargó de las mezclas.

El single no tardó en ser enterrado entre las toneladas de grabaciones editadas en aquel año clave, pero Lester parecía empecinado en añadir muescas a su extraña carrera musical. Con Mickey Leigh, hermano de Joey Ramone, armaría Birdland, una banda para la que la palabra fugaz se quedó corta: apenas dejaron un disco de veinticinco minutos, muy en la línea de sus admirados Voidoids. Aliado con The Delinquents, una ignota banda tejana, echaría el cierre a sus devaneos al otro lado del folio con el disco Jook Savages On The Brazos (1980): otra estimable pieza de plástico pronto arrojada a las cubetas de saldos.

De algún modo, su exiguo legado discográfico parecía rubricar (intencionadamente o no) una de sus principales máximas: el rock pierde todo su sentido cuando asume el arte como actividad solemne. Esa sería, precisamente, la base de sus famosos encuentros y desencuentros con el que, a su pesar, fue uno de sus grandes héroes: Lou Reed. 

Continuara…

  

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