Entrevista a William Ospina por “La serpiente sin ojos”

 

Por Benito Garrido.

Tras la publicación de Ursúa y El país de la canela, William Ospina cierra con La serpiente sin ojos una fantástica trilogía llena de aventuras, descubrimientos e historias inolvidables, a propósito de la conquista de la Amazonia. El escritor ha dedicado gran parte de los últimos veinte años a la investigación y escritura de los sucesos de la conquista. Nació en Padua, Colombia, en 1954. En su carrera como poeta, ensayista y novelista, se ha hecho merecedor de diversos reconocimientos, como el Premio Nacional de Ensayo (1982), el Nacional de Poesía (1992), el Premio de Ensayo Ezequiel Martínez Estrada de la Casa de las Américas (2003) y el Premio Rómulo Gallegos (2009) por El país de la canela.

La serpiente sin ojos, de William Ospina.

La serpiente sin ojos, de William Ospina.

La serpiente sin ojos.  William Ospina.  Editorial Mondadori, 2013.  320 páginas.  19,90 €

«Nunca había estado Ursúa en mejores condiciones para emprender una aventura, más vigoroso, más dueño de su voluntad y de su lenguaje, y nunca, sin embargo, empezó a sentirse tan lejos del deseo de viajar, de iniciar campañas guerreras, de cabalgar persiguiendo sueños tras las montañas. (…) Cuando ya se sentía a las puertas del tesoro soñado por años, un tesoro más inmediato y deleitable lo había envuelto en sus redes, y si estuviera todavía a su lado Juan de Castellanos, tal vez el poeta habría dicho que la guerra y el amor se estaban disputando el corazón de Ursúa, y que siendo divinidades igualmente poderosas, era comprensible que el resultado fuera una invencible inmovilidad.»

 

P.- ¿Cómo surgió la idea origen de esta trilogía sobre la conquista de la Amazonia?

Existen varios orígenes, pero el más importante está en un ensayo que escribí sobre la obra de Juan de Castellanos, uno de los personajes históricos que aparece en la trilogía y que escribió el gran poema de la conquista, la crónica más ambiciosa de las que se escribieron en América en aquellos tiempos, una verdadera rareza literaria. De aquel trabajo todavía me quedaron ganas de seguir indagando sobre todo en la parte que cubría los viajes por el Amazonas.

 

P.- Dedicado sobre todo al ensayo, y a la poesía, ésta trilogía ha sido su primera novela. ¿Qué le empujó a cambiar su habitual estilo narrativo?

Sí que es raro que un poema lo lleve a uno a escribir una novela, y sobre todo si pensamos que entre medias lo que discurrió fue un ensayo. Pero la verdad es que tanto mis poemas como mis ensayos siempre han tenido una tentación narrativa, algo que se advierte de forma creciente. Aunque no lo presintiera ya iba marchando cada día hacia el relato, y llegar a él fue tan natural como si hubiese cumplido unos procesos previos de aprendizaje, sin siquiera haber sido consciente.

 

P.- De hecho se vislumbra un contagio, porque tu lenguaje narrativo es ciertamente poético.

Novalis dice que una novela debe estar hecha exclusivamente de poesía. Entiendo lo que eso significa porque una cosa es la prosa y otra es el verso, pero ambas requieren poesía, de cierta magia del lenguaje, un ritmo, una entonación, resonancia de los tiempos verbales; algo importante en el proceso de construcción de una historia, de descripción de un mundo, y aún más cuando uno está tratando de reconstruirlo, y de mostrar ese hecho irrepetible que fue cuando dos mitades del planeta que no se conocían se miraron por primera vez.

 

P.- ¿Cómo le ha resultado entrar de lleno en el género histórico, y lo que ello supone?

Cuando uno no es historiador, y supongo que cuando lo es, lo mueve cierto temor referencial por los documentos y por los datos confirmados. Creo que por mucho esfuerzo que se haga por reconstruir la verdad histórica, el tener que estar sometido a la dulce tiranía de los documentos, no es una garantía de que se esté reconstruyendo la complejidad de la realidad, llena también de dudas, presentimientos y pasiones que no siempre quedan reflejadas por escrito. Entonces, todo esfuerzo por reconstruir el pasado es conjetural, hipotético, y a veces juega con ventaja el novelista frente al historiador porque puede recurrir a sus propias emociones, recuerdos y a su propia percepción del universo físico para reconstruir hechos históricos. Mientras que la historiografía con su necesaria vocación de objetividad, solo puede llegar hasta cierto punto.

Basta nuestra experiencia cotidiana para saber que el mundo no es abarcable por el lenguaje. Todo realidad va mucho más allá que lo verbal, y todo esfuerzo por narrarla es frustrado pero siempre cercano al intento de atraparla, de verterla en el texto. En esa medida habría que afirmar que todo texto es ficción. Y ahí está precisamente la fascinación del asunto.

 

William Ospina.

William Ospina.

P.- Has dicho que Ursúa era un libro de guerra, El país de la canela uno de viajes y el de La serpiente sin ojos, una historia de amor… Tres de los temas universales que provocan más pasiones e interesan más al hombre.

Humildemente asumo que son los temas que en la literatura occidental nos han desvelado desde el comienzo. Si nos preguntamos cuales son los temas de Homero, yo diría que son la guerra, el viaje y el amor. Y es posible que si nos preguntásemos cuales son los temas que trata Dante sean los mismos. Igualmente si entramos a analizar el Quijote. Son temas universales que nos llevan a entender la vida como lucha, como viaje y que el amor está presente como fuente como fuente de inspiración o motor de las búsquedas, o quizás como causa de las derrotas y los fracasos. Pero aparte de estos temas centrales, otros también son tratados en la trilogía del descubrimiento. Me interesa testimoniar una forma particular del amor que no es tanto el amor apasionado por otro ser humano cuanto el amor por el mundo, por el descubrimiento de un nuevo mundo y la fascinación por nombrarlo, razón principal que me llevó a escribir esta trilogía.

 

P.- La conquista de América, y en concreto de la Amazonia, fue más una colonización salvaje, pero en ambas direcciones. El lugar también se adueñó de los conquistadores. ¿Qué supuso en la mentalidad de los conquistados? ¿y en la de los conquistadores?

Había varias clases de conquistadores: los que iban detrás del oro (los movía la codicia), aquellos que iban detrás del ideal (deseo de descubrir mundos y ampliar el ámbito de la civilización y la religión), y los que iban movidos por la curiosidad como los cronistas, y que rápidamente se dejaron deslumbrar por un mundo tan distinto (vegetación, fauna, clima, montañas, ríos, tempestades, selvas…) e hicieron el primer esfuerzo por nombrar ese mundo. De hecho, la palabra conquista tiene en sí diferentes significados: dominar territorios, someter poblaciones, seducir y dejarse seducir (incorporar lo distinto al orden de lo familiar). De todas esas cosas está un poco llena esta trilogía. Porque sin duda los conquistadores también terminan convirtiéndose en conquistados. “Yo vine a la conquista de la selva, y la selva me ha conquistado”, decía en un poema Lope de Aguirre.

 

P.- ¿La conjunción de invadidos e invasores marcó el carácter evolutivo de las gentes y del lenguaje?

América Latina fue incorporada al modelo de la civilización occidental (con sus peculiaridades y matices), algo que no pasó en otros procesos colonizadores. La lengua castellana permaneció en América. No basta con una ocupación militar para que una lengua permanezca en el territorio. Se dio algo más, un proceso distinto, un enamoramiento, un esfuerzo de la lengua española por arraigar en el lugar hasta que llegó a convertirse en una lengua americana.

Donde las colonizaciones fueron hechas por otros pueblos, no se dieron tan fácilmente mestizajes como en América. Los franceses o los ingleses no se mezclaron con los pueblos conquistados. Pero España era ya una nación suficientemente mestiza, acarreo de su historia, y por tanto, más habituada a tratar con lo distinto. El sustrato de los mestizajes y del diálogo entre culturas distintas ya se daba. Con su llegada a América se produjo un mestizaje que supuso una alianza, no falta de discordias y rivalidades, pero siempre fecunda.

 

P.- Intentas captar la primera impresión que se llevaron los conquistadores al encontrarse esa nueva y desconocida tierra, ese Amazonas como un mar…

Para mí era importante sentir lo que ellos sintieron. Me interesaban dos asombros: el de los españoles descubriendo un planeta desconocido, y el asombro de los pueblos indígenas viendo llegar a una criaturas de otro mundo. Yo trataba de vivirlo, aún sabiendo que estamos ya a cinco siglos de esos asombros, y cosas que eran asombrosas en aquellos momentos ya no lo son ahora. Tal vez la poesía pueda hacer que escarbemos un poco en nuestro inconsciente y comulguemos con esa capacidad de entonces. Este texto intenta lograr revivir ese pasmo, esa perplejidad.

 

La serpienteP.- Personajes y momentos históricos reales, pero ¿también algunos personajes de ficción que equilibren la inventiva?

La tensión entre la historia y la ficción en este tipo de relatos es continua. Me propuse solo contar hechos que ocurrieron y me prohibí al comienzo de mi proceso inventar, pero pronto me di cuenta que no podría cumplir esa promesa porque la mayor parte de las cosas que para los lectores son más vívidas, no las da precisamente la historiografía. Así, si un guerrero fue a caballo de una ciudad a otra, el historiador no se detiene casi nunca a decir si el caballo relinchó o sudó, pero sí son detalles que pueden ser muy importantes para el relato. En esa línea, el novelista si quiere dar fuerza a la narración, se ve obligado a entrar en esos detalles, en esos hechos comunes de la realidad. Y todo lo que podría ser catalogado como más ficticio, termina siendo más verdadero para el lector.

 

P.- ¿La trilogía nació ya siendo así, o fue algo que se amplió conforme iba escribiendo Ursúa?

En un primer momento me parecía un poco pretencioso decir que iba a escribir una novela viniendo de hacer poesía y ensayo, así que me lo planteé como relato. Pero muy pronto me di cuenta de lo copioso de la información y de la envergadura que iba tomando. Decidí que fuesen tres relatos distintos para poderme centrar en cada uno de los elementos e ir cambiando las entonaciones y las diferencias asociadas a la historia. El que se convirtieran finalmente en novelas se produjo durante el proceso mismo de elaboración, aunque el hilo conductor de todo fuese un único narrador, que también iría cambiando a medida que las circunstancias se le fuesen revelando.

 

P.- Aprovechando que hablamos de una novela sobre el Amazonas, sobre su pasado… ¿Cómo ves hoy día la selva amazónica, su futuro más cercano frente a la “civilización”?

En estos tiempos el Amazonas está terriblemente amenazado. En la revista Newsweek leí que de toda la extensión de la selva amazónica que se ha ido perdiendo (incendios, campos de cultivo…), el ochenta por ciento se había perdido en los últimos diez años. Es como una plaga que avanza a una velocidad descomunal. Un conflicto entre el espíritu emprendedor (con su aprovechamiento desmesurado de los recursos) y la naturaleza que pone de manifiesto la fragilidad de ese mundo tan exuberante al que seguimos maltratando. Seguramente necesitemos soluciones muy nuevas para salvarnos de esa inercia de destrucción.

 

P.- ¿Estás ya embarcado en nuevos proyectos literarios?

Tras veinte años (bien aprovechados) de inmersión en el siglo XVI, procuraré al menos cambiar de siglo. No estoy convencido de lo qué hacer, pero sí que he sentido una necesidad de, por un lado, seguir hablando de hechos históricos que me interesan, y por otro, de involucrarme más con la realidad que me rodea. Siempre me ha apasionado el romanticismo de comienzos del siglo XIX más que como movimiento artístico, como actitud vital de unas generaciones concretas, como reacción al racionalismo que reinó en algunos países; fue una época de gran imaginación, sensibilidad estética, curiosidad intelectual y heroísmo personal, aspectos que creo que hoy día nos están haciendo mucha falta. Vivimos momentos áridos guiados por la sed de lucro, en los que a las nuevas generaciones se les está dejando muy poco espacio para soñar y fantasear con la imaginación, a no ser que sea pagando o tributando. Sería bueno volver a pensar en el romanticismo.

 

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