Friedrich Nietzsche: “Del nuevo ídolo”

 Por Ignacio G. Barbero.

Friedrich_Nietzsche_1¡Ese frío monstruo- gusta de calentarse al sol de buenas conciencias!– Nietzsche

Leer a Nietzsche (1844-1900) implica enfrentarnos a un iconoclasta, a un afirmador de la vida (sistemáticamente negada en los valores y creaciones humanas); supone chocarnos con un ejercitador constante de la violencia filosófica, la cual demuele los cimientos de los edificios construidos por los funcionarios de la Razón – pensadores que no hacen más que reproducir los ideales mortecinos de su tiempo. Zafarse de lo que expresa -y de cómo lo expresa- es ardua tarea, pues su intensidad conceptual es profundamente persuasiva. Terminamos sus obras, pero quedan impresas en nosotros como un tatuaje indeleble e inacabable. Y “Así habló Zaratustra” es un texto que refulge vigoroso -y peligroso- cuando, curiosos, navegamos por él; remueve nuestras, a su juicio, decadentes entrañas morales y nos las muestra sin piedad. El fragmento que hoy compartimos es el capítulo de esa obra dedicado al Estado, entidad que identifica el filósofo alemán con un monstruo frío, mentiroso y macabro . Una nueva política y una nueva moral son manifestadas:

En algún lugar existen todavía pueblos y rebaños, pero no entre nosotros, hermanos míos: aquí hay Estados.

¿Estado? ¿Qué es eso? ¡Bien! Abridme ahora los oídos, pues voy a deciros mi palabra sobre la muerte de los pueblos.

Estado se llama el más frío de todos los monstruos fríos. Es frío incluso cuando miente; y ésta es la mentira que se desliza de su boca: “Yo, el Estado, soy el pueblo”.

¡Es mentira! Creadores fueron quienes crearon los pueblos y suspendieron encima de ellos una fe y un amor: así sirvieron a la vida.

Aniquiladores son quienes ponen trampas para muchos y las llaman Estado: éstos suspenden encima de ellos una espada y cien concupiscencias.

Donde todavía hay pueblo, éste no comprende al Estado y lo odia, considerándolo mal de ojo y pecado contra las costumbres y los derechos.

Esta señal os doy: cada pueblo habla su lengua propia del bien y del mal; el vecino no la entiende. Cada pueblo se ha inventado su lenguaje propio en costumbres y derechos.

Pero el Estado miente en todas las lenguas del bien y del mal: y diga lo que diga, miente- y posea lo que posea, lo ha robado.

Falso es todo en él; con dientes robados muerde, ese mordedor. Falsas son incluso sus entrañas.

Confusión de lenguas del bien y del mal: esta señal os doy como señal del Estado. ¡En verdad, voluntad de muerte es lo que esa señal indica! ¡En verdad, hace señas a los predicadores de la muerte!

Nacen demasiados: ¡para los superfluos fue inventado el Estado!

¡Mirad cómo atrae a los demasiados! ¡Cómo los devora y los masca y los rumia!

“En la tierra no hay ninguna cosa más grande que yo: yo soy el dedo ordenador de Dios”- así ruge el monstruo. ¡Y no sólo quienes tienen orejas largas y vista corta se postran de rodillas!

¡Ay, también en vosotros, los de alma grande, susurra él sus sombrías mentiras! ¡Ay, él adivina cuáles son los corazones ricos, que con gusto se prodigan!

¡Sí, también os adivina a vosotros, los vencedores del viejo Dios! ¡Os habéis fatigado en la lucha, y ahora vuestra fatiga continúa prestando culto al nuevo ídolo!

¡Héroes y hombres de honor quisiera colocar en torno a sí el nuevo ídolo! ¡Ese frío monstruo- gusta de calentarse al sol de buenas conciencias!

Todo quiere dároslo a vosotros el nuevo ídolo, si vosotros lo adoráis: se compra así el brillo de vuestra virtud y la mirada de vuestros ojos orgullosos.

¡Quiere que vosotros le sirváis de cebo para pescar a los demasiados! ¡Sí, un artificio infernal ha sido inventado aquí, un caballo de la muerte, que tintinea con el atavío de honores divinos!

Sí, aquí ha sido inventada una muerte para muchos, la cual se precia a sí misma de ser vida: ¡en verdad, un servicio íntima para todos los predicadores de la muerte!
Estado llamo yo al lugar donde todos, buenos y malos, son bebedores de venenos: Estado, al lugar en que todos, buenos y malos, se pierden a sí mismos: Estado, al lugar donde el lento sucio de todos- se llama “la vida”.

¡Ved, pues, a esos superfluos! Roban para sí las obras de los inventores y los tesoros de los sabios: culturan llaman a su latrocinio– ¡y todo se convierten para ellos en enfermedad y molestia!

¡Ved, pues a esos superfluos! Enfermos están siempre, vomitan su bilis y lo llaman periódico. Se devoran unos a otros y ni siquiera pueden digerirse.

¡Ved, pues, a esos superfluos! Adquieren riquezas y con ello se vuelven más pobres. Quieren poder, y, en primer lugar, la palanqueta del poder, mucho dinero,- ¡esos insolventes!

¡Vedlos trepar, esos ágiles monos! Trepan unos por encima de otros, y así se arrastran al fango y a la profundidad.

Todos quieren llegar al trono: su demencia consiste en creer- ¡que la felicidad se sienta en el trono! Con frecuencia es el fango el que se sienta en el trono- y también a menudo el trono se sienta en el fango.

Dementes son para mí todos ellos y monos trepadores y fanáticos. Su ídolo, el frío monstruo, me huele mal: me huelen todos ellos juntos, esos idólatras.

Hermanos míos, ¿es que queréis asfixiaros con el aliento de sus hocico y de sus concupiscencias? ¡Es mejor que rompáis las ventanas y saltéis al aire libre! (…)

Allí donde el Estado acaba comienza el hombre que no es superfluo: allí comienza la canción del necesario, la melodía única e insustituible.

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