Oslo, 31 de agosto (2011), de Joachim Trier

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Por Jaime Fa de Lucas.

oslo, 31 agostoAfortunado o desafortunado, el apellido del señor Joachim Trier ya viene con ligeras connotaciones de serie, gracias a o por culpa de, nuestro amigo Lars ‒von Trier–. La realidad es que el director noruego –nacido en Dinamarca– probablemente le deba más a sus progenitores que a su parentesco lejano con el danés, ya que su padre fue técnico de sonido en la película noruega de animación Flåklypa Grand Prix (1975), una de las más famosas del país, y su madre rodaba cortometrajes. Aunque quizás su máxima inspiración y gran responsable de la transmisión genética sea su abuelo, Erik Løchen, director experimental de películas como Jakten (1959) o Motforestilling (1972), muy reconocido en su país natal.

A pesar de que Trier tan sólo tiene a sus espaldas dos cortos (Still 2001; Procter 2002) y un largometraje (Reprise, 2006) –éste último galardonado con 14 premios internacionales y 6 nominaciones–, Oslo, 31 de agosto se presenta como la obra de un director maduro que en ningún momento pierde el control sobre lo proyectado. Si bien la idea original del film parte de la novela Le feu follet (1931) escrita por Pierre Drieu La Rochelle, no debemos olvidar que Louis Malle rodó una película basada en la misma novela (Le feu follet, 1963) que difícilmente habrá pasado desapercibida para el director nórdico. Hay ciertas semejanzas entre ambas películas, pero Trier ha sabido dialogar con la modernidad para brindar a la audiencia una película con la que pueda conectar más fácilmente.

Oslo, 31 de agosto muestra el día de Anders (Anders Danielsen Lie), un ex drogadicto que vive en un centro de desintoxicación y obtiene un permiso para ir a la ciudad a una entrevista de trabajo, ya que en poco tiempo saldrá definitivamente. Pasea por las calles y va viendo a antiguos conocidos, como si del Ulises de Joyce se tratara, pero en Noruega, en Dublín no, en Oslo, sin pintas de Guinness ni tréboles verdes, con gente emocionalmente hermética y amigos y familiares que no acaban de estar a gusto con su vuelta a la vida real. La referencia literaria más directa es Proust –autor de En busca del tiempo perdido–, su mejor amigo lo nombra varias veces, y es que en definitiva, la película no es otra cosa que un joven intentando recuperar el tiempo perdido.

La primera parte de la película peca de verborrea, demasiadas charlas, demasiados diálogos. La segunda parte fluye mejor ya que presenta más variedad de recursos. Anders Danielsen Lie desarrolla el papel de joven confuso y perdido de forma certera. Las exigencias de Trier para el papel no abarcan una gama emocional demasiado extensa, hay una acotación clara –ese temperamento frío, gris, casi robótico, común a los nórdicos–, pero dentro de esos límites, a Anders se le exige que dé ciertas pinceladas de color y no falla el tiro. El vestuario también ayuda en la misma dirección. Trier no duda en remarcar la personalidad del protagonista con ropa de colores oscuros. La fotografía no destaca por su plasticidad, pero en ningún momento resulta desagradable o chirría. Trier utiliza planos fijos para la ciudad y planos móviles, cámara en mano, para desarrollar la trama intentando dar mayor veracidad a lo filmado.

Oslo… La proyección empieza con planos fijos de la ciudad y voces en off hablando de las experiencias que han vivido en la ciudad y de las sensaciones que les transmite, todo seguido por el intento de suicidio del chaval. La película traza dos retratos: el del joven ex toxicómano que asoma la cabeza para ver cómo está la sociedad y su entorno, y el de la ciudad, Oslo, en la que el joven encuentra las mismas posibilidades de entretenimiento y diversión, pero sin poder evitar el choque contra la estabilidad de sus amigos y familiares que le hace vislumbrar un futuro de matices opacos. Hay dos escenas importantes que hablan de su relación con la sociedad: cuando le entrevistan para trabajar de escritor en una revista y le dicen que “la gente quiere leer cosas ligeras” –en contraste con la complejidad de su situación– y cuando está en la cafetería escuchando las conversaciones de los demás –que hablan de sueños para el futuro, de su talento, de sus hijos y de sus matrimonios– y Trier, haciendo gala de sus habilidades narrativas, desenfoca al joven para expresar su desubicación en la sociedad.

oslo-31-de-agosto-680x36731 de agosto… La fecha no es gratuita, representa el final del verano –sobre todo por aquellas tierras–, el final del calor, del sol, de la vida. La película presenta un contraste de temperaturas, transita entre el frío y el calor constantemente. El joven sale del centro de desintoxicación con la perspectiva de una nueva vida sin drogas, con la posibilidad de un trabajo y de establecer nuevas relaciones satisfactorias, sin embargo, descubre que la reacción de sus familiares y amigos es fría y que sus sentimientos se acercan a la pena y la compasión, sin una respuesta verdaderamente emocional y positiva. Trier desarrolla la película como si se tratara de una onda de temperatura, con sus valles –emociones negativas, frío– y sus crestas –emociones positivas, calor–, con el fin de que el metraje no sea unidireccional y muestre una paleta más rica en colores.

En ese intento de volver a entrar en la rueda social es cuando el protagonista se da cuenta de que no encaja, porque sus familiares y amigos no quieren que altere la estabilidad que han conseguido, descubre que si espera el abrigo de los que le rodean morirá por congelación. El chaval se ve solo, sin apoyo externo y sin planes sólidos para el futuro, sin embargo, Trier, para no recurrir al oscuro pozo en el que suelen caer este tipo de películas –y mantener esa relación frío-calor que comentábamos antes–, enseña otra puerta al protagonista: la vida de soltero. En esos momentos el espectador contempla el jolgorio, una fiesta prolongada, alcohol, chicas, el chaval en pleno apogeo seductor, intercambios de saliva… Todo esto, acompañado de las muecas de insatisfacción que hacen algunos personajes cuando hablan de su vida matrimonial, deja abierta una rendija de luz por la que Anders podría colarse para recuperar la felicidad.

Una vez completado el visionado se aprecia el dibujo entero. Al principio de la película su mejor amigo cita a Proust y dice: “intentar entender el deseo viendo a una mujer desnuda es lo mismo que el niño que mira un reloj para intentar averiguar lo que es el tiempo”. Esta frase resume a grandes rasgos la idea principal de la película, esto es, que para alguien externo a las vivencias y las sensaciones del ex drogadicto –bien sea amigo, familiar o espectador–, resulta imposible comprender las motivaciones internas que le llevan a no querer reintegrarse en la sociedad. Cuando va en bicicleta con la chica que acaba de conocer, le dice a ella “todo se olvida… es una especie de ley natural”. Estas palabras se relacionan con la partitura que encuentra al final –legado artístico– y con las ausencias que presenta Trier a través de los planos que cierran la película. Porque al final, Oslo va a seguir existiendo, pero el ser humano está sujeto al ciclo natural y si no deja una partitura con sus vivencias –de la que sólo se pueden ver las notas, no la emoción con la que hay que tocarlas–, su existencia acaba en el olvido.

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