Diario de una estudiante de París: Shakespeare and Co. una realidad inexistente

Categoría: + Comunicación |

Por Anna Maria Iglesia

@AnnaMIglesia

No era necesaria indicación alguna, al girar la esquina de Rue du Petit Pont y dar los primeros pasos por Rue de la Bûcherie, un gran número de personas, cámara en mano, me indicaban que, pocos metros más allá, se encontraba Shakespeare and Co. Los toldos que protegían de un sol inexistente las terrazas de los dos bares, que precedían a la que una vez fue la librería de Sylvia Beach, apenas conseguían ocultar el número de turistas que allí, en un pequeño rincón al final de Rue de la Bûcherie, se encontraban apostados, en una parada más dentro de un ritualizado recorrido turístico. La madera desgastada de las paredes de aquel lugar que, en las décadas que precedieron la Segunda Guerra, se convirtió en algo más que una librería de lengua inglesa, fue un lugar de reunión intelectual, de intercambios de ideas, de diálogo y de creación, era la sola superviviente de aquel tiempo transcurrido. La madera apolillada de la estructura, el rótulo amarillo en la cabecera de la puerta principal, donde con grandes letras negras se leía el nombre de la librería y el rostro de Shakespeare, sobre un cuadrado afiche bajo su nombre, se han convertido en un falaz indicio de una realidad que, una vez cruzada la puerta, se descubre desaparecida.

shakespeare and co. 1Son las cinco de la tarde, cuando llego frente a la puerta de la pequeña librería; en mi mente, releo las memorias de Sylvia Beach, leídas ya hace demasiado tiempo y que, sin embargo,  en un acto de proustiana memoria, vuelven a ser más presentes de lo que nunca antes lo hubieran sido. Los recuerdos de Beach se convierten en mis recuerdos lectores, en unos recuerdos que, ahora, son contrarrestados por las elevadas voces de las personas -la mayor parte de ellas turistas en busca de suvenir para el regreso- que, entre golpes y algún empujón, entran y salen por una puerta, cuyo chirriar es silenciado por el ruido del ambiente. Empujo esa puerta, logro cruzar el umbral, pero todo ulterior paso hacia adelante resulta imposible. No hay espacio para caminar, trato de deslizarme hacia la derecha, con la esperanza de alcanzar los escasos tres escalones que dan paso al interior de la librería. Imposible, una hilera de personas obstruye ese pequeño arco supraelevado, que separa los dos espacios; a mi izquierda, la pared, como todas y cada una de las paredes del primer piso, están forradas de librerías en los que unos carteles de papel indican la temática de los libros allí expuestos. Paradójicamente, me encuentro frente a la sección de libros de viaje y, algunos estantes por debajo, encuentro el lugar reservado a las memorias parisinas; me arrodillo, ocupando más espacio del que me está permitido, y con la mirada recorro cada uno de los libros. Allí, entre nombres tan familiares, encuentro a Edmund Wilson y su libro de textura ensayística, Flâneur: éste fue el último libro que leí antes de coger el tren hasta París, el último libro leído y el primero que me conducía, a través de sus capítulos, a la ciudad de hoy, donde la vitalidad, como describe el propio Wilson, ya no palpita en las avenidas Haussmanianas o en el Montparnasse de los artistas, sino “en Belleville y en Barbès, los atestados quartiers donde árabes, asiáticos y negros viven y mezclan sus respectivas culturas, obteniendo nuevos híbridos”.

Sede de Rue de l'Odeon

Maison des Amis des Livres, librería de Adrianne Monnier

 Es mi turno, debo levantarme y seguir hacia adelante, recibo impacientes empujones que me obligan a abandonar mi repaso a la estantería; antes de cruzar el arco que separa la entrada del fondo de la tienda, paso por delante a la caja registradora: dentro de tres paredes que lo circundan, un joven inglés se encarga de facturar los libros que los clientes compran. Repeinado, con un ceñida americana negra, camisa blanca de almidono cuello y una corbata negra, aquel joven, salido de las aulas del Oxford retratado por Evelyn Waugh en Retorno a Bridshead, pregunta en shakesperiano inglés el origen de cada uno de los clientes a la vez que les felicita, independientemente del libro, la elección por ellos realizados. Miro con extrañeza a aquel joven de pose artificial, el hábito no hace el monje, y sigo adelante; en las salas siguientes, se agolpan los libros junto a los flashes de todos aquellos que pasean por la librería en busca de escenario digno para retratar. La exquisitez literaria de Sylvia Beach, su gusto por lo nuevo, por aquella literatura y por aquellos autores en los que nadie creía, por jóvenes y, por entonces, desconocidas promesas literarias, ha desaparecido de los estantes presentes, donde la obra de Shakespeare, las novelas de Dickens o los poemas de Emily Dickinson comparten estantes con los best-sellers de momento, con aquella literatura industrial, tal y como la definió Saint-Beuve, de cuyo nombre no quiero acordarme. No ha desaparecido el elitismo, sino la apuesta literaria, la creencia de Beach y de quienes fueron partícipes de su proyecto: fuera de los márgenes de la academia y del mercado había otra literatura, que el tiempo y la crítica posterior no ha dudado en consagrar. A posteriori todo parece más fácil, pienso mientras subo las escaleras que conducen hacia el piso de arriba, una reproducción de las estancias de Beach en su librería original, situada el Rue de l’Odeon, cerrada en 1949 y que, ya en Rue de Bûcherie, volvió a abrir en 1951 bajo la dirección de George Whitman. Silvia Beach fue la primera en apostar por James Joyce, ella fue quien hizo posible que la gran y, hoy, sólo hoy, indiscutible novela del autor irlandés pudiera ser editada. Junto a su compañera de aventuras librescas, Adrianne Monnier, no sólo no dudaron en apostar por Joyce, sino que fueron cómplices del éxito de un joven recién llegado a París como era Hemingway, de Samuel Backett o del siempre controvertido Gide.

Silvia Beach y James Joyce

Silvia Beach y James Joyce frente a Shakespeare and Co.

Un cartel al final de la escalera prohíbe hacer fotos, pero nadie parece hacer caso; en el segundo piso, se encuentran las reconstruidas estancias de recogimiento de Sylvia Beach, allí una vieja máquina de escribir, una mesa frente a la ventana y dos sofás recrean las horas transcurridas en diálogo junto a escritores y artistas que, de la misma manera que acudían al salón de Gertrude Stein, no dudaban en transcurrir sus tardes y sus noches, una vez cerrada la librería, en conversación con Beach y con Adrienne Monnier, quien se unía también tras el cierre de su librería. El espacio disponible es más escaso, hay demasiada gente y las notas de piano que una joven toca en una de las dos habitaciones es apenas perceptible. Sentados en el sofá junto al piano, dos jóvenes  juegan a disfrutar de la melodía: la escena resulta artificial, vuelvo a pensar al dependiente inglés de la caja registradora y todo me parece un gran teatro en los que algunos juega a interpretar un papel, mientras otros, indiferentes al impostado escenario, buscan una fotografía para el recuerdo. El aullido del gato, elemento heterodoxo de este escenario, me distrae: un joven estudiante italiano intenta cogerlo en brazos para fotografiarlo, el gato se niega y escapa, pero inmediatamente es acorralado por nuevos forofos de la fotografía de la banalidad. Consigo ver, colgadas de las paredes, algunas de las fotos de aquellos años en los que Sylvia Beach había dado sentido y razón a esta librería; miro las fotos de antes y las habitaciones de ahora, ¿qué pensaría la joven librera? No compro nada y salgo a la calle, donde renovadas personas esperan poder entrar en la librería. “No puede considerarse el heredero legal, ni moral ni espiritual de la señora Beach”, escribió, sobre George Whitman, Laure Murat en su libro homenaje a la librería y a las libreras de Rue de l’Odeon, “no tiene nada que ver con la original de la rue de l’Odeon”, añadía Murat al describir la librería de Whitman que no tardó en convertirse en lugar de reunión para una nueva generación de autores, de Henry Miller a Anïas Nin, de Allen Ginsberg a Lawrence Durrell. Ya en Rue de Saint-Julien de Pauvre, miro hacia atrás, puede que tuviera razón Laure Murat, puede que Whitman reedificara en parte el legado de Beach, pero hoy ya no hay legado, la apolillada madera es metáfora del presente de la librería: como la impostada vestimenta de aquel joven, la preservación de aquel rincón urbano, símbolo de la resistencia cultural -Sylvia Beach rehusó vender una edición de Finnegans Wake a un solado alemán tras la ocupación de París- y de un proyecto que, desde la literatura, proponía un discurso artística y creativamente abierto inscrito en el relato urbano, se ha convertido en la escusa politizada y mercantilista de hacer de la ciudad y de sus memorialísticos lugares una fábrica en serie para un turismo despersonalizado y carente de memoria.

Sylvia Beach y Ardrianne Monnier con James Joyce

Adrianne Monnier con James Joyce

Me alejo de Shakespeare and Co. con la certeza de que aquella época ha transcurrido y de que aquel pequeño fragmento de París, de una París variada y contradictoria, alejada del mito que todavía hoy la rodea, no ha encontrado substituto, no ha encontrado heredero digno. En verdad, tenía razón Karl Marx cuando, en las primeras páginas de 18 Brumario, afirmaba que toda repetición histórica es una parodia del original. Parodia, falacia, banalización, son estas las palabras que me acompañan en mi vagabundeo posterior; cansada, me detengo en un bar del Marais. El camarero es un joven estudiante de filosofía de Barcelona que, tras finalizar el Bachillerato, ha decidido proseguir sus estudios universitarios en Paris. Le habló de mi decepcionante visita a la librería de Silvia Beach, le comentó que el entusiasmo con el que llegué aquí se ha ido tiñendo de pesimismo cuando, al conversar con mis compañeros de residencia, muchos de ellos me comentan su intención de tirar la toalla, de abandonar el camino tomado cansados de los continuos obstáculos. “Hay que buscar nuestra propia bohemia”, me comenta el joven, “hay que construir nuestra propia realidad”.

Pocas horas después, enciendo el ordenador y vuelvo a teclear mi diario. Pese a todo, sigo escribiendo.

 

Diario de una estudiante en Paris: Rivoli 59, una isla artística en medio de la ciudad

https://www.culturamas.es/blog/2014/02/25/diario-de-una-estudiante-en-paris-rivoli-59-una-isla-artistica-en-medio-de-la-ciudad/

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