Coradino Vega a propósito de “Escarnio”, su último trabajo

«Después me percataría de que la franqueza no siempre era lo más adecuado y me arrepentiría de inmediato. Sin embargo, cada vez que se presentaba otra ocasión, de nuevo era incapaz de no decirlo todo transparentemente. Debía ser más cauto. Tenía que pensar con lucidez y gestionar la situación. Mi cabeza, en cambio, pesaba como una caja de herramientas viejas

Escarnio, de Coradino Vega.

Escarnio, de Coradino Vega.

Coradino Vega (Riotinto, 1976), licenciado en Derecho, también cursó estudios de literatura comparada y estética en la Universidad de Sevilla y en la de París 8. Residió varios años en Madrid, donde trabajó para diferentes editoriales y en 2010 publicó su primera novela, El hijo del futbolista. Actualmente escribe sobre libros en Estado Crítico, vive en Sevilla y es profesor de lengua castellana y literatura. Ahora, en Escarnio, afronta la historia de aprendizaje de un joven de provincias que llega a Madrid para estudiar en un Colegio Mayor y se encuentra con lo que no esperaba: envidias, amor, sexo, violencia, egoísmos.

Escarnio. Coradino Vega. Editorial Caballo de Troya, 2014. 144 páginas. 14,90 €

En septiembre de 1994, cuando Carlos García, un optimista y responsable estudiante natural de Huelva, se traslada a Madrid para estudiar en la universidad, sabe que debe hacer aquello que todos esperan de él, y aún más a la vista del desembolso económico de sus padres. Amparado por un catedrático reconocido, se siente en la obligación de cumplir con las expectativas que éste pueda tener. Ingresa en un colegio mayor de ideario católico, donde deberá superar entre los compañeros las desconfianzas que pueda provocar su origen humilde… Una lucha personal por mejorar, por desclasarse, por ser alguien… y de hacerlo por méritos propios. Cuando conoce a Ainara aprenderá de ella sobre el amor, el sexo y sobre una nueva visión de la vida, de lo que acontece.

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P.- Está claro que todavía sigue siendo más difícil ser hijo de un ferretero que de un político. ¿Tan poco hemos evolucionado a nivel de mentalidad de clase? ¿Dónde podría estar la causa?

Sí, lamentablemente lo de la igualdad de oportunidades parece ser menos una realidad que una falsa declaración de intenciones. En este país se ha impuesto poco la meritocracia. Imperan más los enchufes, la afiliación, el apellido, el gregarismo, el poder adquisitivo. Y no creo que sólo sea una cuestión de clase, ni de izquierdas ni derechas nominales. A los privilegios también se llega por el arribismo. ¿Cuántos dirigentes socialistas, por ejemplo, envían o han enviado a sus hijos a la escuela pública? Y la que se supone que sigue siendo la clase trabajadora, esa que Marx predijo como sujeto de la historia, ¿hasta qué punto tiene conciencia de serlo y de actuar en consecuencia? Las causas no las sé. No soy sociólogo ni politólogo. Pero quizás tenga algo que ver con que mis alumnos de estratos desfavorecidos tengan un móvil que cuesta cuatro veces más que el mío. Si la educación y la cultura dejan de ser modos de emancipación, la escala de preferencias dista mucho de la que les presuponen las élites que se arrogan la capacidad de hablar en su nombre mediante la abstracción que llaman “pueblo”.

P.- ¿La fascinación del dinero y del estatus pesa en exceso sobre el protagonista… la atracción inevitable del poder, del tener?

No creo, no. Lo que mueve a Carlos, me parece a mí, es precisamente esa ansia de crecimiento intelectual que cada vez se da menos. Un deseo de emancipación o automejora por medio del estudio y el esfuerzo: ese anhelo de acceder a un estadio espiritual superior, como diría Zweig, o de desclasarse por medio del propio mérito, que diría un materialista. Y ni siquiera lo veo como algo reprochable en las ilusiones que se crean sus padres. Todo el mundo tiene derecho a querer una vida mejor. A progresar. Carlos es el primer universitario de su familia.

P.- Carlos se obliga a cumplir con las expectativas que todos tienen puestas en él. Esa exigencia personal, esa responsabilidad, ¿va siempre ligada a la situación familiar y personal, educacional, económica…? ¿A los ricos herederos eso no les pasa?

Hombre, hay gente que puede permitirse hacer el tonto y gente que no. Con esto no quiero decir que la responsabilidad esté ligada exclusivamente al origen social. Imagino que habrá ricos responsables —no lo sé, no conozco a ninguno— como sí sé que hay pobres malgastando sus pocas posibilidades. No se puede generalizar. El problema de las abstracciones colectivas es que diluyen las vivencias particulares. La educación familiar también pesa mucho, pero cuántos hijos reaccionan justo en dirección contraria a lo que les inculcan sus padres… Incluso me atrevería a decir que, en este asunto, hasta contribuye la configuración genética. Porque hay personas que allá donde van se sienten deudoras sin motivo, y otras que van por ahí segurísimas de su papel de acreedores.

Coradino Vega.

Coradino Vega.

P.- ¿Estamos ante una novela sobre la crisis (económica, política…)? ¿O al menos sobre los momentos donde se empezó a germinar dicha crisis?

No. Estamos ante una novela que cuenta un conflicto moral: atreverse a decir no cuando uno está solo y es vulnerable y es mucho más fácil la aquiescencia a lo que dicen quienes te rodean. Una novela, me parece a mí, sobre la dificultad de ser uno mismo en una situación de debilidad en la que el poder lo ostentan otros; sobre la soledad cuando las coacciones vienen de ambos lados (incluso de los que parece que pueden ser los tuyos); sobre el valor de decir no pudiendo fácilmente haber dicho sí sabiendo a lo que te expones y lo mucho que tienes que perder. El resto me gusta pensar que es su contexto, no su fundamento. Un contexto que, más que de telón de fondo, actúa de escenario, cierto, pero que no alcanza a tema principal. ¿Que a la hora de elegir el año 94 pensé en la crisis actual? Sin duda, me hubiera resultado imposible no hacerlo. ¿Que ese tiempo opera como espejo para intentar entender lo que sucede ahora por medio del “de aquellos polvos estos lodos”? También, ya lo decía Machado: que no se puede comprender el presente si absolvemos el pasado. Pero, como te digo, no es su motivación principal. Me está sorprendiendo mucho que tantas lecturas acentúen su componente político, porque si nos paramos a pensar: ¿qué no es político? Sin embargo, eso no quiere decir que haya querido escribir una “novela política”. Por esa regla de tres, y espero que se me perdone, todas las novelas contemporáneas de Galdós serían políticas. No me gusta ese calificativo aplicado a la novela como si fuese un subgénero literario. En literatura, creo que hasta la ausencia de política es política. Hace cuatro años muy pocos hablaban de novela política; lo que se llevaba era la metaliteratura, las inflamaciones existencialistas, el pastiche o las ubicaciones abstractas o americanas. Y ahora, al socaire de la coyuntura, escucho mucho lo de novela social o política. Pero yo me siento incómodo bajo cualquier etiqueta. El otro día leí un artículo de José Luis Pardo en el que reflexionaba sobre el momento en que “lo alternativo” se vuelve en parte dominante.

P.- Franquismo, transición, gobierno de la derecha… ¿Se ha superado ese tufillo político asociado a ideas arcaicas que acrecientan las diferencias sociales o todavía pesa demasiado?

Pues no estoy seguro. En un país que ha tenido la historia reciente de España, las cosas no cambian de un día para otro a nivel profundo. Hay miedos, procesos mentales, que aún tienen sus raíces en la dictadura. El miedo es humano. A mí me parecía que esas ideas arcaicas de las que hablas se habían superado, como el guerracivilismo. Desde luego a mí no me gustaría contribuir lo más mínimo a que se agrandara esa brecha. Pero si te paras a mirar, quienes manejan el cotarro siguen siendo en gran medida los mismos o similares. No lo sé. Ahora lo que parece que da un tufillo a arcaico es todo lo que huela a transición, a Constitución de 1978 —aunque si le ves la cara a Jesús Posada hablando de ella tampoco me extraña—, a la célebre bajada de pantalones del PCE sin la cual no podríamos estar hablando de este modo.

P.- ¿Somos presos de nuestras propias decisiones o vivimos además continuamente condicionados por lo que ocurre a nuestro alrededor?

Aquí creo que das con uno de los ejes principales de la novela. La vieja cosa del libre albedrío para la que me temo que tampoco tengo una respuesta. Me disgustan los determinismos. Quiero creer que uno tiene algo que decir respecto a su destino, que las desgracias no tienen por qué ser irremediables. Pero haber dado clases en barrios marginales me ha enseñado que existe la fatalidad y que los condicionantes socioeconómicos pesan demasiado. Cualquier decisión está atravesada de multitud de factores. Aunque también hay muchas que pueden revertirse… Qué sé yo… Es demasiado complejo. Hay que tener mucha voluntad, mucho coraje, para vencer las circunstancias. Hay que ser poco menos que un superhombre nietzscheano, y ése es un modelo de conducta por el que no siento una gran simpatía. Pero tampoco podemos resignarnos. A mí nadie me ha puesto una pistola en la cabeza para que las decisiones que he tomado en mi vida fueran ésas. Ahora bien, una de las pocas cosas que dijo Camus con las que no estoy de acuerdo era aquello de que cada uno hiciera su trabajo. Eso es fácil de decir si eres un escritor que vive de lo que le gusta. Si limpias por las noches un hospital o los retretes de un bar de copas quizás no lo recomendarías como imperativo ético. Y no digamos ya si estás en paro.

P.- Ainara, el contrapunto femenino. ¿La mujer tiene quizás otra visión diferente de la vida, de los condicionamientos, del amor, del sexo…?

Sí, creo que sí, aunque éste es un tema resbaladizo no en cuanto a lo de género, sino por lo que tiene de genérico. No me atrevo a hablar de lo que siente o piensa la mujer en general porque casi todas las mujeres que he conocido sienten o piensan de un modo distinto. Quizás les una cierta sensibilidad que tampoco se da de manera unánime, me parece a mí, o cierto sentido práctico para determinadas cosas. Algunos de los escritores (en sentido mixto) que más admiro son mujeres, y sí noto una forma de acercarse a los temas diferente: más desde lo pequeño o íntimo, quizás; sin esa megalomanía o espíritu competitivo de quienes, por ejemplo, quieren escribir la Gran Novela Americana. Ainara ve y comprende cosas que no comprende Carlos, va más allá. Y al igual ocurre, creo yo, con la madre de Carlos. La fragilidad o fortaleza de ambas no surge del hecho de ser mujer, sino de una manera concreta de reaccionar ante lo que va sucediendo. O quizás sí tenga que ver con el hecho de ser mujer. No sé. Ahora que me lo preguntas, dudo.

P.- Transcurridos veinte años del momento en que transcurre tu novela, ¿no crees que podría verse todo con los mismos ojos?

Con los mismos…, o con peores. En medio hubo otra etapa como al del 92, de optimismo y dinero para todo, como aseguraba Zapatero. Con la burbuja inmobiliaria los controles se desaforaron, se dio una especie de delirio colectivo, España se convirtió en el paraíso de los sinvergüenzas. Pero luego seguimos votando a los mismos. Y ahora que estamos de resaca, igual que después de la crisis del 93, aunque el nivel de degradación moral, descrédito institucional, desconfianza política y resentimiento ciudadano es mayor. Es una reacción parecida a la que se dio tras la crisis del siglo XIV con el Arcipreste de Hita y que reflejó después mejor La Celestina. Por eso el autor que quizás haya sabido reflejar mejor el presente de nuestro país es Rafael Chirbes, que tanto tiene en común con Fernando de Rojas. Ahora parece que nada de lo que habíamos construido tiene ningún valor, que los logros conseguidos a lo largo de muchos años pueden desplomarse a golpe de decretazo. Y todo lo que había permanecido oculto, latente, sin solucionar, ha salido a flote. Se respira un aire como de decadencia, de descomposición, de fin de época, como si el marco establecido en la transición fuera literalmente igual de opresivo que el Antiguo Régimen. Y por supuesto que hay mucho que cambiar y que mejorar y que renovar y que suprimir y que superar y que nada puede ser inmutable. Algunas de esas reformas son urgentes y no se han abordado por falta de concordia precisamente. No deberíamos perder de vista lo que sucedió en Europa en la primera mitad del siglo XX, lo que pasó en España en los años treinta, porque éste es un país que se fanatiza muy rápido. A esa actitud de templanza o de prudencia se la podrá tachar de conservadora, de exagerada, de miedica o de tibia. Yo no lo veo así. Para mí sólo se trata de no olvidar cierto principio de realidad en cualquier cosa que nos propongamos. Porque en una democracia tienen que convivir los polos opuestos.

P.- ¿Cuándo, cómo y por qué se te ocurrió escribir este libro? ¿Cómo has evolucionado desde El hijo del futbolista?

Se me ocurrió como se me ocurre casi todo lo que he escrito, antes incluso de que saliera El hijo del futbolista, como una continuación natural de ésta, a partir de una imagen real que yo había vivido: el recuerdo de un padre y un hijo entrando en un colegio mayor religioso en el que ninguno de los dos quería entrar en el fondo. Pero, como dice Joan Didion, los recuerdos se borran, la memoria se adapta, se ajusta a lo que creemos recordar o no queremos recordar, y ahí entra de lleno la ficción, tanto —en el caso de Escarnio— que al final no resultó ser una segunda parte de aquélla y, al menos en los hechos, acabó siendo muy poco autobiográfica. Sólo he publicado dos novelas, por lo que aún no tengo una perspectiva clara de la que haya podido ser mi evolución, si es que la ha habido. El hijo del futbolista era más íntima, me parece a mí, más evocadora, y su necesidad partía de una desazón personal. Escarnio, en cambio, se fue volcando más hacia el exterior, tanto en sus materiales como en su estilo, que bajo mi punto de vista son lo mismo. Y eso puede marcar cierta transición hacia un terreno en el que importen más las cosas que suceden ahí fuera, lo que uno ve, que las angustias interiores que, la mayoría de las veces, son todas muy parecidas por mucho que las percibamos tremenda y exclusivamente nuestras. Pero no me aventuraría a asegurar que, a partir de ahora, todo lo que escriba vaya por ahí sin lugar a dudas. En realidad no tengo ni idea. No tengo la sensación de haber llegado a ningún sitio definitivo y ojalá no la tenga nunca.

P.- ¿Nuevos proyectos a la vista?

En mente siempre tengo varios. El principal de ellos es criar a mis hijos: que el mayor deje los pañales antes de entrar en el colegio y la menor empiece a andar sin poner cara de arrojarse a un precipicio. Al margen de eso, me gustaría escribir algo a medio camino entre la narración y el ensayo, un poco como hizo Geoff Dyer con algunos de sus músicos de jazz favoritos. Desde hace tiempo pienso mucho en tres o cuatro artistas a los que les une una condición: que fueron detestados por clasicistas y modernos al mismo tiempo. Pero también tengo en la cabeza una novela que transcurriría en el presente. No sé qué idea se impondrá finalmente, si es que alguna se acaba imponiendo, ni cuándo podré ponerme con ella. Al escribir una segunda novela he aprendido sobre todo una cosa: que nadie ni nada te garantiza la siguiente línea.

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Por Benito Garrido.

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