Héroes y vecinos: “MERLÍN Y FAMILIA”, de Álvaro Cunqueiro

El mago Merlín, representado en una miniatura de la "Crónica de Nuremberg" (1493).

El mago Merlín, representado en una miniatura de la “Crónica de Nuremberg” (1493).

Por Ignacio González Orozco.

Si en una entrega anterior de esta serie de artículos fueron las selvas guatemaltecas –habitadas por los hombres de maíz– el escenario de nuestra lectura, esta vez lo serán las florestas de Galicia, unidas a las junglas centroamericanas por la misma vocación de mestizaje entre realidad y mito, cotidianidad y magia. Así ocurre con Merlín y familia, novela de Álvaro Cunqueiro (Mondoñedo, 1911- Vigo, 1981).

No es casualidad, sino una constante en la obra de este gran escritor gallego, el maridaje entre lo popular y lo culto, la crónica costumbrista y el relato legendario. Su propia vida quedó escindida entre los míticos delirios de grandeza del “Imperio hacia Dios” preconizado por la Falange, a la cual perteneció durante la Guerra Civil y primeros años de posguerra, y la mezquina realidad del despotismo franquista, con el cual rompió oficialmente en 1943, como más tarde harían otros intelectuales prominentes que también habían vestido la camisa azul (caso de Pedro Laín Entralgo, Dionisio Ridruejo, José Luis López Aranguren, José María Valverde…). La trayectoria literaria de Cunqueiro, firmada mayormente en lengua gallega pero también en castellano, rehuyó el enfrentamiento con el régimen para dedicarse al cultivo de una escritura inspirada, por su forma y asunto, en la poesía trovadoresca galaicoportuguesa, los clásicos grecorromanos y los grandes autores del Siglo de Oro español, sin olvidar el enorme poso literario de la tradición oral de su tierra.

De la deglución de tales fuentes surgió una obra singular, por lo caprichoso de ver a Merlín, Ulises, Orestes, Simbad o Hamlet compartiendo trago y olla con arrieros maragatos o pastores gallegos, en una dimensión ni histórica ni intrahistórica (valga el término unamuniano), simplemente fabulosa. Al fin y al cabo, la epopeya, forja de mitos, tan solo es sublimación de los usos y costumbres más aclamados de una época. Dicho con otras palabras: entre la narración costumbrista y el relato épico solo median unas cuantas batallas, y no precisamente por exigencias de género, pues una y otro admiten la violencia como ingrediente común a la crónica de los pueblos.

Merlín y familia se compone de una serie de relatos breves sobre las peripecias crepusculares del legendario mago britano, de sobra conocido por su protagonismo en el ciclo artúrico. Ya anciano, el taumaturgo se asienta en Miranda, junto a la selva de Esmelle, lugar distante un día a caballo de Santiago (según puede leerse); un paraje de la Galicia profunda y a la sazón profundamente bello, que a cuentas de su relación con el mundo exterior bien podría situarse en un estado de “barbarie” (es decir, y volviendo a Unamuno: a medio camino entre lo primitivo y lo civilizado, así proclive a todo tipo de ensoñaciones). Uno de los criados de Merlín, el paje Felipe, dará cuenta de los trabajos gallegos de su amo, que son muchos, pues llegan hasta su casa viajeros de la más diversa procedencia y con los reclamos más variopintos.

Se amalgaman en tales episodios los bagajes literarios y legendarios de diferentes partes del Viejo Mundo, con desfile del habitual elenco de prodigios de la narrativa fantástica: brujas, demonios, encantamientos, objetos dotados de virtudes portentosas… Esta panoplia de quimeras se funde a menudo con la historia galante y presenta siempre, como escenario de fondo, una pintura vivaz de ambientes populares. Y dado el tratamiento irónico de los distintos pasajes de Merlín y familia, cabe hablar de la posibilidad de una doble lectura: soñadora y crédula por su forma, adulta y racional por su fondo.

La escritura de Cunqueiro brilla por su elegante tratamiento de la yuxtaposición y el hipérbaton, y desprende un regusto a antiguo que nunca se hace anquilosado, por elegante. Demuestra además gran habilidad para describir lugares, objetos y sensaciones, y el tono de su prosa es evocador, muy adecuado para este tipo de historias (aparte de agradable, propenso a la ensoñación). Ciertos personajes y escenas de Merlín y familia bien podrían aparecer en una novela picaresca, aunque la obra en sí no lo sea. Y cabe señalar también el recurso frecuente a términos ya en franco desuso, valgan estos ejemplos: “solar” (poner suelas), “zoquear” (hacer zuecos), “desencanto” (rito y preparado contra los encantamientos), “la Salamanca” (por extensión, la sabiduría), “medra” (medida), “trebejar” (enredar, juguetear), “gambrina” (hambre), “maricuela” (afeminado), “caneco” (frasco de barro vidriado que se introducía entre las sábanas relleno de agua caliente, para calentar la cama), “arrendar” (atar a un caballo por sus riendas), “chapeo” (sombrero), “pincerna” (sirviente que servía la copa a su amo), “nipota” (sobrina), “surtir” (salir), “tílbiri” (carruaje de una sola caballería), “acedía” (antipatía)…

Bajo tan rica prosa asoma cierto afán edificante, aun sin moraleja expresa, que nos recuerda a los grandes fabulistas del siglo XVIII. Así, sabremos de un espejo veneciano que predice el futuro, si bien con la particularidad –¡qué bromista, el artilugio!– de mezclar en sus imágenes realidad y fantasía, tejiendo una metáfora acerca de las flacas barreras que lindan nuestras actividades mentales, en especial las interpuestas entre la memoria y el deseo. También hay un diablo que se tira perfumados pedos (tal como suena), ejemplo de cómo la impostura de las buenas apariencias embelesa y vence las reticencias de la prudencia. Y si de alguna fuerza quiso Cunqueiro advertir, encumbrando su poder por encima de la magia, la costumbre y el deber, esa fue el ímpetu venéreo. Frente a la equívoca naturaleza del sentimiento amoroso (“¿Qué cosa es el amor, que no sabe ni cuándo nace ni cuando muere?”) se impone la pulsión sexual, que “está en un abrir y cerrar de ojos” y en cuya sola persecución se abandona “una torreznada con huevos”. Una querencia glandular omnipresente en toda circunstancia, por mucho que el pudor y el decoro puedan trastocarla en galantería.

Como espada de dos filos, esa sensualidad todopoderosa tiene manifestaciones arquetípicas. Vayan por delante sendos ejemplos. Si calzada de delicadeza y donaire, se presta a la risueña fábula de un hidalgo luso, “El gallo de Portugal”, célebre por sus numerosos amoríos pero también por la exquisita caballerosidad que a sus conquistas dispensaba; un donjuán que convertía los buenos modos en as de su baraja de encantos y cuya historia galante de pronto se trueca en mágica, cuando el conquistador muda a la forma de gallo –animal emblemático de Portugal, recordemos– para protagonizar un simpático y no menos lúbrico episodio en un gallinero gallego. Pero si esa lascivia exacerbada adquiere rasgos de sevicia, entonces se nos aparece el hombre lobo Romualdo Nistal, que era un sujeto probo en su proceder cotidiano, tendero que no robaba en el peso, mas no podía sobreponerse al rapto de sus humores.

A pesar de los peligros que comporta, y de las advertencias que hemos citado antes, parece evidente la inocuidad moral de esta marea de pasión lúbrica: no cabe juzgar la pulsión en sí, en tanto que innata y desbordante, tan solo precaverse frente a alguna de sus manifestaciones. A la postre, el cosmos de Cunqueiro es benigno en su determinación esencial, y el mal no excede de lo pasajero y reparable.

Una lectura amable, en suma, la de esta obra ecléctica y a la par inclasificable, donde tal vez se esconda el melancólico esbozo de una feliz Arcadia gallega, pastoril y mágica, que resiste emboscada en sus hayedos y fragas, allá donde los viaductos de las autovías y los eucaliptos de repoblación no han llegado todavía. Lástima que la madre de todos los incendios suela veranear en Galicia, porque en una de sus juergas de hooligan se va a quemar hasta el recuerdo de las meigas. Que así no sea.

 

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