Freud en escena: la energía de un anciano genial herido de muerte

Por Horacio Otheguy Riveira

Helio Pedregal y Eleazar Ortiz en La sesión final de Freud, un duelo apasionante. Ocasión excepcional para dejarse llevar por un terreno fecundo, en el que el debate entre un ateo y un cristiano permite comunicarse con el sufrimiento humano y su búsqueda infatigable de consuelo.

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Eleazar Ortiz (izquierda) y Helio Pedregal

 Un texto que huye de toda didáctica, y que dosifica la información histórica del protagonista y su invitado de honor. Un texto que presenta un diálogo ardiente entre dos hombres muy distintos, pero esgrimiendo una estructura dramática tan rica que la acción interior no cesa, y la exterior se desenvuelve en creciente clímax.

Cuanto dicen es apasionante, pero también cuanto callan, en la densidad de sus gestos, sus silencios, sus miradas. Atravesado el encuentro por la patente enfermedad de Freud, cuya incomodidad y dolor sirven de eje movilizador.

Un encuentro entre el médico psicoanalista y un escritor de fantasías amigo de Tolkien (El señor de los anillos), y creador de Narnia (con enorme éxito en sus versiones cinematográficas de los últimos años) que se ha burlado de Freud en un libro donde le trata de “vanidoso ignorante” por su visión del cristianismo.

Y no más empezar éste —C.S. Lewis (1898-1963)— le pregunta por qué le invitó, si no le molesta que le haya atacado. Y Freud, con una módica sonrisa, responde: “He sido atacado durante toda mi vida. Eso no tiene ninguna importancia”. Y le confiesa que le ha invitado porque le gusta mucho el ensayo que publicó sobre su libro preferido: El paraíso perdido, de Milton, “donde no me irá a decir que el autor no puso los mejores versos en boca de Satán”.

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La discusión sube de tono, las réplicas se enmarcan en los vaivenes de sus propias obsesiones con una pátina de elegante humor y un dolor que crece en la boca torturada de Freud, un adicto a fumar puros que le quemaron la boca, y que en el momento de la acción, el dolor de la última prótesis que le pusieron en el paladar está llegando al límite de lo soportable, a tal punto que en medio de la conversación y más aún al final… su boca sangra, la boca de uno de los más revolucionarios hombres del siglo XX, sangra y suplica la ayuda de su mayor aliada, su propia hija, Ana Freud (1895-1982), que ya en 1939 era  profesora importante y psicoanalista especializada en niños.

En esta discusión sobre la que planea la muerte, resulta interesantísima la ausencia-presencia de Ana: no aparece en escena pero es clave; a través de ella se dan datos importantes, y además el teléfono ha de sonar muchas veces de diferente manera hasta que su padre reclama su presencia a gritos,

es la única que puede ajustarme la prótesis, entrar en el infierno de mi boca.

Maestría absoluta

La sesión final de Freud es una obra intimista en la que Sigmund Freud, con 83 años, recibe al escritor inglés C.S. Lewis, de 40, en Londres. El psiquiatra se ha exiliado con toda la familia, huyendo de Viena tomada por los nazis, después de ver por la ventana cómo quemaban sus libros, y tras esperar durante muchas horas el regreso de su hija del interrogatorio de la Gestapo, una espera terrible, pues “estaba convencido de que la había perdido”.

 Dos hombres muy distintos discuten en un constante devenir de ideas audaces, simplistas y profundas. El autor ha inventado este encuentro que no ocurrió nunca, pero ha usado muy bien la documentación existente respecto de ambos hombres. La mayor libertad que se tomó es la defensa que hace Freud sobre su seguro suicidio por causa de su enfermedad, lo que permite una ardiente discusión entre la defensa de uno y la sentencia del otro:

Lewis — Tomás de Aquino condena el suicidio.

Freud — ¡Tomás de Aquino condena el suicidio pero justifica la pena de muerte! ¡Cómo puede usted moverse entre el blanco y el negro existiendo miles de colores alrededor!

La verdad histórica es que el doctor Sigmund Freud jamás habló con nadie de que se suicidaría ante el tormento de su enfermedad, después de numerosas operaciones. Se limitó a negociar con su médico que, llegada una situación en la que el dolor no le permitiría ya la reflexión crítica, la polémica viva, el psicoanálisis con pacientes ni hablar cuanto quisiera, le ayudaría a morir, lo que hizo con tres inyecciones de morfina. Algo que en esta obra no se ve, pues su admirable trabajo radica, precisamente, en la energía de un anciano que sigue siendo sabio, aun sangrando por la boca y retorcido de dolor.

Un anciano que sigue siendo sabio porque todos los temas en los que hunde su daga de cuestionamiento los ha estudiado a fondo, del mismo modo que cuando ataca a las religiones lo hace con profundo conocimiento, y lee e investiga rodeado de una asombrosa colección de figuras que representan a dioses de la antigüedad.

En escena hay una gran atmósfera porque todo el elenco parece vivir aquel encierro con riesgo de ser bombardeado, mientras la Segunda Guerra Mundial se empieza a abrir camino y Gran Bretaña decide enfrentarse al monstruo alemán.

La traducción de García May es muy valiosa, ya que ha resuelto con éxito varias dificultades que podrían haber hecho muy farragoso el texto, además de la síntesis tan brillante en las bromas o los juegos de palabras. (Además se trata de un autor al que echo de menos con frecuencia tras el recuerdo de Los vivos y los muertos, Drácula y El hombre que quiso ser rey).

El ambiente en que se desarrolla la acción imita el despacho vienés de Freud que su hija logró reconstruir en Londres. Hay una gran calidez en la escenografía (Sánchez Cuerda) y la iluminación (Felipe Ramos), ambos permiten destacar rincones de este espacio, afirmar la calidez de todo el ambiente con sus libros, sus piezas de colección, los vasos de agua permanentes, las manos y las miradas de dos actores sensacionales que ya nos habían brindado una lección de interpretación hace algunos años.

En efecto, Helio Pedregal y Eleazar Ortiz vivieron intensamente (dirigidos por Josep Maria Flotats) un largo y tortuoso diálogo entre un trabajador despedido y su arrogante jefe en la obra de Brisville, La mecedora. Verlos aquí de nuevo en un tour de force muy diferente, donde no hay vencedores ni vencidos, es ya de por sí emocionante.

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La dirección de Tamzin Townsend la he admirado en muchas ocasiones, casi siempre en formidables comedias y tragicomedias de gran éxito como El método Grönholm, La fuga, Tócala otra vez, Sam, entre otras. Pero tuve la inmensa suerte de ver su versión de El montaplatos de Harold Pinter en una sala alternativa, donde estuvo muy poco tiempo. Como aquí: dos hombres en una encrucijada. Aquella con la dinámica de un thriller al principio absurdo, al final un clásico de género negro. Admiré aquel dominio del espacio y la palabra rica en matices, y esperé un nuevo encuentro con esta otra Tamzin de intimidades y poéticas proezas.

En este caso sabe muy bien sacar partido de estos intérpretes y de la espesura del texto, y les facilita las sutiles acciones que les permiten avanzar con una carga emocional muy bien repartida. El espectador sufre con ellos y se divierte a su lado y al final comparte su propia emoción, con un cierto pudor, pues agradecen los aplausos tan frágiles como los personajes que acaban de representar, molestos incluso ante la ovación del público, un público que sale felizmente “tocado” por el brío y el dolor de los personajes. Igual que ellos, procuraremos encontrar el suficiente consuelo ante las limitaciones que nos imponen la vida y la muerte.

 

freud_lewis_vertical_72pppLa sesión final de Freud

(Freud vs C.S. Lewis)

Autor: Mark St. Germain

Traducción: Ignacio García May

Dirección: Tamzin Townsend

Intérpretes: Helio Pedregal; Eleazar Ortiz

Voz del rey Jorge VI: Paco Déniz

Voz de Chamberlain: César Sánchez

Locutor de la BBC: Kurry Caché

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Sigmund Freud (1856-1939)

Escenografía: Ricardo Sánchez Cuerda

Vestuario: Gabriela Salaverri

Iluminación: Felipe Ramos

Espacio sonoro: Kurry Caché

Prótesis dental de Sigmund Freud: Dr. Hernan Giampieri

Una producción de la Fundación Unir, productora teatral de la Universidad Internacional de La Rioja, “La Universidad en Internet”, que en sus seis años de existencia sobrepasa los 20.ooo alumnos en España y América. Director de UNIR Teatro: Ignacio Amestoy.

Encuentro con el público: miércoles 4 de febrero, 22,10. Entrada libre hasta completar aforo

Lugar: Teatro Español. Sala Pequeña./Teatro Fïgaro

Fechas: Del 13 de enero al 22 de febrero de 2015/Del 6 de mayo al 12 de julio de 2015

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