Muchas gracias, Amparo Baró

Por Horacio Otheguy Riveira

Sabíamos que estaba muy enferma, pero era tanta su energía, su vitalidad, su rechazo visceral a que se la compadeciera, que confiábamos en un brillante retorno.  Gerardo Vera fue el que más cerca estuvo de conseguirlo, barajando proyectos para quien, con 77 años, todavía podía seguir emocionándonos a lo grande.

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La risa fresca, la simpatía espontánea, la mujer encantadora…

 

“Bajita y feíta” —como ella misma decía—, fue de una belleza arrebatadora. Con ella el teatro vibraba, se equivocaba, renacía, luchaba contra las enormes dificultades de componer personajes con y sin público, con y sin dinero.

Una vida volcada en el arte del teatro con un espíritu a prueba de adulaciones y fracasos. Allí estaba, poblando escenarios para un puñado de espectadores o una sala llena: bastaba con que apareciera en escena para que una corriente de admiración se nos metiera en el cuerpo.

Lo mismo si era la dama despistada de Vamos a contar mentiras correteando entre embustes y crímenes de risa, que la alocada Erminia de un vodevil francés que hizo las delicias de numerosos espectadores. Tampoco importaba que fuera protagonista, de hecho, en una penosa versión de Los habitantes de la casa deshabitada ella era una “colaboración especial” que aparecía en el tramo final interpretando a una de las criadas más descacharrantes de la comedia española. Cómo levantaba la adormecida función, qué brío con aquella impetuosa criatura que venía a rematar una comedia “divertidísima en los papeles, yo es que la leía y me partía de risa, pero aquí no sé qué pasa, no funciona”. Pero funcionaba con ella, como tantas veces.

Iba de un género a otro con la disciplina de una eterna estudiante, ávida de conocimiento. saltaba de un autor a otro como salta ahora mi memoria: el gran tesoro de cualquier amante del teatro que ha tenido la suerte de recorrer de su mano una sala vacía, felizmente poblada de fantasmas de espléndida gente de teatro.

En una ocasión le comenté que me gustaba mucho ser el último en salir de los grandes teatros, quedándome entre las butacas vacías el mayor tiempo posible, respirando esa soledad tan especial. Y una noche me dio el gusto de acompañarme en ese ritual. Fue en el Marquina, después de Materia reservada, una obra inglesa que denunciaba la obsesión del estado policiaco de la era Thatcher con la excusa del acoso del IRA: y Amparo era la buena mujer de una familia media, de pronto denunciada por sus queridos vecinos, abrumados a su vez por la policía.

Eran dos funciones diarias. Fui al primer pase. Primera representación de la semana. La escena estaba desangelada. Los actores estaban fuera de foco, como si no supieran muy bien en qué obra se encontraban. Me sorprendió que no me gustara nada, así que en el camerino, con solo verme la cara me dijo:  “Mala suerte has tenido. ¿No puedes quedarte a la siguiente función? Como poco saldrá bastante mejor”. Y soltó su risa contagiosa, mientras exhalaba el humo del cigarrillo. Y me quedé. Y, en efecto, fue otra cosa, estaban ya en forma los actores, pero ella era impresionante: cómo pasaba de las alegrías pequeñitas de la vida cotidiana, poniendo la mesa en familia, cálida y simpática, “peinando” el mantel como si en cada gesto se reinstalara la calidez de cada día, ignorando que sus dilectos amigos la estaban vigilando. Y por considerar un esfuerzo mi “doblete”, pidió permiso al teatro con la amabilidad que la caracterizaba y terminamos la entrevista en unas butacas, la sala vacía, luz de ensayo, y su voz envolvente:

No hay nada más cruel que soportar a compañeros que no valoran lo que estamos haciendo porque hay poco público. Me parece horroroso. Una vez que entro en escena el mundo real desaparece, a tal punto que si tengo una función mala es porque he dejado entrar mis problemas o los de mi gente, y eso me ha alterado. Pero en absoluto le ha de importar a mi personaje si hay o no hay público, si el empresario va a pagar o no, y cualquier otra cosa…

Conversar con Baró siempre fue delicioso: excelente lectora de novelas, gran conocedora de la historia del teatro, era también muy agradecida a la gente que la ayudó a instalarse como una de las más grandes actrices del país.

Especialmente agradecida a Adolfo Marsillach con quien empezó y con quien luego hizo trabajos muy importantes. El propio Marsillach, poco dado a los grandes elogios, fue certero: “Amparo tiene un componente extraordinario que la hace capaz de afrontar con mucho talento cualquier personaje, a pesar de su aspecto poco agraciado”.

Y por eso deslumbró, por ejemplo, en Casa de muñecas interpretando a Nora, el primer personaje femenino de la historia del teatro que dice “basta” a los caprichos de su marido dominante, y da un portazo. La primera mujer de la historia del teatro que le dice al marido: “Siéntate, tenemos que hablar”.

Amparo no daba el personaje —tal y como se lo había visto siempre: una joven bonita y pizpireta—, pero no más empezar la obra, allí estaba la Nora de Ibsen alegrándonos la vida con su gran ingenuidad de las primeras escenas, su infantilismo juguetón hasta darse de bruces con el acoso de un chantajista víctima del abuso de poder… y la agresión de su adorado marido, y de pronto verse obligada a recomponerse para ser ella misma por primera vez en su vida.

En sus manos, el gran personaje fue absolutamente insólito, más estremecedor que nunca, incluso para mí que había visto varias versiones de la obra.

Para el saludo final el telón se abría diferente a cuantas veces lo habíamos visto. Iba de izquierda a derecha, lentamente, mostrando uno a uno a cada actor-personaje. Todos serios, aún sumergidos en la representación, y Amparo Baró continuaba conmocionada, los ojos bañados en lágrimas, el cuerpo tenso: acababa de atravesar un paraíso pocas veces transitado: el que se esconde en las mejores representaciones.

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En “Agosto”: un volcán de emociones encontradas, una mujer que hace sufrir a los demás en un viaje hacia la autodestrucción…

 

El teatro es una materia viva que va de noche en noche recomponiéndose de diferente manera. La última función que representó en los años 90, La opinión de Amy, le dio muchas satisfacciones, nuevos premios (tuvo muchos) merecidísimos en la piel de una actriz de éxito que se arruina por culpa de su amante. Su vida se trastoca, tiene una relación compleja con su hija… pero renace en el peor momento volviendo a trabajar en una sala pequeña, en una obra experimental. En el primer acto Amparo lucía buenas piernas bajo una falda elegante: la mujer feíta era guapa, seductora, inquietante, y en el final de la obra carecía de maquillaje, desposeída de todo; representando una obra para un público joven que ni siquiera la conocía, se echaba un cubo de agua en la cabeza… y empezaba de nuevo.

Pues bien, en la función a la que asistí había poquísima gente en el patio de butacas. Muy avanzada la representación, de pronto suena un móvil. Toda la compañía entregada a una escena de mucha tensión con la Baró en el proscenio. El móvil no para de sonar. Amparo se queda inmóvil mirando al frente, todos los actores hacen lo mismo. Una mujer se había trasladado de la fila 10 a la fila 3 y había dejado el móvil en su bolso. Los actores inmóviles. La mujer se entera de que es el suyo porque un espectador le avisa. Corre, se le cae el bolso, luego se le cae el móvil que sigue sonando. Consigue apagarlo. La función continúa.

… claro que tienes la tentación de ponerte furioso, pero la verdad es que da igual si es un móvil, la dentadura postiza de un señor o los ronquidos de otro (que de todo tengo anécdotas), nosotros estamos a lo que estamos y además tenemos recursos para adaptarnos a lo que pueda suceder de inesperado.

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“Agosto”, junto a una formidable Sonsoles Benedicto: dos hermanas entre las ironías de la vida cotidiana y la tragedia que no tardará en llegar…

Cuando nos anuncian el fallecimiento de La Baró estábamos esperando la gran ocasión de verla otra vez en Agosto, una reposición del estreno de 2011 en el Centro Dramático Nacional. Allí la llevó Gerardo Vera, responsable de un montaje sobrecogedor con llenos absolutos, pero en una temporada muy corta. Varias compañías privadas intentaron reponerla pero se frenaron ante una producción costosa con muchos actores. Se pensaba reponer en primavera en el Teatro Español con un acuerdo especial con el Ayuntamiento que rige este teatro.

Un gran personaje aquel, en el que, después de 12 años sin hacer teatro, la actriz encarnaba a alguien muy distinto a ella que empezaba con un “hijo de puta” dirigido a su marido, y después de destrozarle la vida a sus hijas acababa, desolada, llorando en brazos de una criada india cheyenne.

Cuando se estrenó la película con Meryl Streep resultó una burlona caricatura la creación de la gran actriz estadounidense. No había corazón, nada se desgarraba en el viaje cautivante de una madre neurótica, egocéntrica, tan autodestructiva como malvada… y finalmente desamparada, poderoso arquetipo de familia disfuncional de nuestro tiempo, atiborrada a  psicofármacos y alcohol.

Una obra de casi 4 horas que para el cine quedó reducida a dos. Pero sobre todo, allí faltaba la creación de Amparo Baró, su energía, su capacidad para dar una estocada y a continuación lanzar una broma que hace mucho más daño que el filo de un cuchillo. Ya en el hospital, de donde creía posible salir con renovada energía, agradeció muy emocionada un nuevo proyecto que le llevó Gerardo Vera, una obra fuerte, un personaje con muchos matices: María Kowalska, de Jesse Heisenberg, una superviviente del gueto de Varsovia que comunica estupendamente con un joven que iba a interpretar Alejo Saura.

No será posible volverla a ver como Violet Weston, la madre terrible de Agosto, ni como la dulce María Kowalska. Pero continúa entre nosotros porque los teatreros contamos con el tesoro de los recuerdos.

Harold Pinter escribió “La memoria es un país extraño” en el que cada ser humano recrea experiencias que otros en su misma situación suelen recrearlas de diferente manera. Así las cosas, el espíritu travieso de Amparo Baró nos acompañará siempre a cuantos hemos tenido la suerte de enriquecer nuestra vida con su espléndida humanidad, riéndonos o conmoviéndonos, según tocara.

Pero entre tantas situaciones de la vida cotidiana y del teatro, guardo un estupendo recuerdo vagamente extrateatral.

Me quedaba un tiempo para entrar a ver una de sus obras, y estaba leyendo en una mesa escondida de un bar —en los gozosos buenos tiempos en los que no había televisores encendidos—, y en esas que llega ella, ágil, mal vestida como solía, camisa y pantalón como escogidos sin interés alguno, calzada con deportivas —seguramente había venido andando desde su casa—. Sola, tomaba un café en la barra con su infaltable cigarrillo. Parecía nerviosa. El camarero le hizo un comentario y lo enlazó con una broma. Rieron juntos. El camarero se apartó, como si supiera que le gustaba estar a solas con su café y su tabaco, seguramente pensando en sus siguientes horas, el momento en que iba a dejar de ser ella misma.

Salió apresurada. En el teatro de la acera de enfrente podría haber público o no, pocos o abundantes aplausos. Al salir del café ya estaba interesada en las palabras que otra mujer diría por su boca y expresaría con su cuerpo. Y yo, emocionado, pensando que esa señora bajita y desaliñada iba a crear a una mujer que me iba a resultar interesante, con la que iba a compartir las emociones de otra vida, de la que iba a aprender nuevas facetas de mi propia existencia…

El telón va a levantarse. Está todo en orden. Los objetos en su sitio. El maquillaje, el vestuario, las luces. El decorado va a cobrar vida. El telón se levanta. Imaginemos todas las obras que se nos ocurran… Amparo Baró no faltará a la cita.

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