El crítico literario, entre la amistad y la enemistad

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 Por Anna Maria Iglesia @AnnaMIglesia

El otro día, a la salida de una presentación, una editora me contaba la siguiente anécdota: el día siguiente de la publicación de una demoledora crítica literaria en un conocido periódico y la subsiguiente sorpresa y decepción del autor, quien no se esperaba tan ácidos comentarios, el crítico y autor de la reseña llamaba por teléfono al autor disculpándose. El crítico aludía, como explicación de aquellos inflamados comentarios, haber tenido un día problemático, “un mal día” parece ser que dijo literalmente, y se justificó diciendo que había vertido injustamente su enfado, a modo de desahogo, en la crítica literaria. El autor, me cuentan, aceptó las disculpas, sin embargo no hubo rectificación pública alguna: el crítico no rectificó con un nuevo artículo, hacerlo habría mostrado que, como él mismo confesaba, muchas veces en los juicios literarios intervenían factores muy poco literarios. Con la publicación de esa crítica, el daño al autor y en concreto a la novela estaba hecho y, sobre todo, el engaño al público lector estaba servido: aquella crítica pasó por válida, nadie conoció la impostura que escondía, nadie supo que, en verdad, como el propio crítico confesaba en privado al autor, “esa no era su opinión, pero necesitaba desahogarse”.

 

critica 2En esta anécdota, los elementos que llevaron al crítico a considerar con tal dureza aquella novela eran personales, no había –la llamada de disculpas lo demuestra- rencillas de por medio, unas rencillas que son más bien habituales y que pasan desapercibidas para el lector que desconoce los entresijos –de filiación personal o económica- que intervienen en el juicio literario. Recuerdo, pues fui testigo de ello, como un ensayista llamó por teléfono a un crítico literario solicitándole que, adelantándose a sus colegas, escribiera una reseña del libro que estaba a punto de publicar. “Si no lo reseñas tú”, le dijo, “lo reseñará él”, cuyo nombre, como el de todos, omitiremos,“y será sin duda una reseña negativa, pues me hará pagar el comentario negativo que yo mismo hice de su libro hace un año”. Una llamada de teléfono al diario bastó para resolver el problema: el ensayista tuvo una crítica positiva escrita por aquel amigo que no dudó en hacerle un favor y el otro crítico, que supuestamente iba a aprovechar la ocasión para dar rienda suelta a su ira, perdió la oportunidad. ¿Merecía aquel ensayo una crítica negativa? ¿Fue merecida la crítica positiva o fue una manifestación de amistad? A estas preguntas nadie quiso contestar, en ese momento la honestidad intelectual pasó en un segundo plano, contaban más las rencillas y la amistad, la puñalada por la espalda y el favor a un amigo.

Son dos casos, pero no son los únicos; basta con repasar las críticas que se publican en la prensa, observar quién firma la reseña y quién es el reseñado y en qué editorial publica para captar las posibles implicaciones y mediaciones que intervienen en el juicio expuesto. Afortunadamente toda generalización es errónea y afortunadamente una nueva generación de críticos está comenzando a librarse camino con una propuesta crítico-literaria alejada de la infraestructura “diplomática” en la que más de uno ha caído a lo largo de los años. Afortunadamente, asimismo, hay críticos que a lo largo de los años han mantenido una independencia intelectual absolutamente digna de elogio, pues afortunadamente en todo desierto se encuentran oasis. Sin embargo, el desprestigio que padece la crítica es más que evidente y las reiteradas sombras de opacidad que le sobrevuelan no hacen sino acrecentar un descrédito y una desconfianza que no siempre merece.

 

critica

“Un agente literario no puede ser amigo del escritor que representa”, me decía hace algún tiempo una agente literaria, “¿Tú lo has conseguido? ¿Has conseguido no establecer una amistad tras años de relación laboral con determinados autores?”. Ante mi pregunta, la agente no pudo sino responder negativamente, los años habían consolidados unos lazos de amistad de los que no podía renegar, “sin embargo”, añadió de inmediato, “hay que separar los dos planos, hay que discernir entre el ámbito laboral y el ámbito de la amistad”. Lo mismo sucede o, mejor dicho, debería suceder en la crítica literaria: difícilmente no se crean lazos de amistad entre autores y periodistas culturales, las relaciones constantes, el compartir gustos y amistades, hace difícil que no se establezcan relaciones que vayan más allá del ámbito profesional. Se trata de relaciones que ya pueden definirse de amistad o de antipatía, pues nadie está a salvo de caer mal a otro; las discusiones y las divergencias son tan habituales como las filias y los sentimientos de aprecio, sentimientos todos ellos de los que, como sujetos que somos no podemos desprendernos. Si bien la objetividad no existe – ¿acaso somos objetos? Se preguntaba el escritor-, sí es necesario separar, como bien decía la agente literaria, los dos ámbitos: la crítica literaria no puede convertirse en elogios para los amigos y críticas para los enemigos. No deben repartirse ni palos ni coronas de laureles, sino juicios acordes con la honestidad intelectual de quien escribe. No es fácil criticar a un amigo, pero no es coherente loarlo si no lo merece; a veces el silencio es la mejor opción, aquella que permite mantener el equilibrio en esta cuerda floja. Sin duda, el silencio puede ser considerado por algunos como un acto de cobardía, pero aquí nadie está llamado a ser héroe; ni héroe ni villano, sólo honesto no ya con la obra sobre la que se escribe, sino con el lector al que va dirigida la crítica. Puede que haya llegado el momento de que la crítica aprenda la lección de Victor Hugo: es necesario escribir cuando los ánimos ya se han calmado, cuando las lágrimas ya se han secado, es decir, cuando podamos enfrentarnos a la página en blanco, ya sea de la creación o de la crítica, con aquella serenidad e imparcialidad que nos impedirá repartir palos y laureles ciega e inmerecidamente.

 

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6 respuestas a El crítico literario, entre la amistad y la enemistad

  1. que lo escriba quien en twitter todo el rato presume de amigos escritores tiene una retranca brutal, es indecente

    perico
    19 marzo 2015 at 18:29 pm

  2. En efecto, presumo de amigos escritores, de algunos de ellos he hecho reseñas de otro nunca. Yo estoy muy orgullosa de tener amigos escritores, pero también te digo que nunca he escrito ni una sola alabanza hacia ninguno de ellos que no creía que mereciesen. He aplaudido públicamente en artículos sólo y cuando lo he considerado literariamente apropiado. El problema que planteo no es la amistad, sino la coherencia intelectual, a la que intento ser -a pesar sin duda de los errores- lo más fiel posible.

    annamaria
    19 marzo 2015 at 18:41 pm

  3. Alguien tendría que editar a esta señorita. Cuántas erratas. Más erratas que contenido.

    Pedro
    19 marzo 2015 at 19:18 pm

  4. Hoy no existe la crítica como tal. Hoy existe la publicidad: las editoriales regalan ejemplares a chicos jóvenes que lo reciben como indicativo de ser tenidos en cuenta. Entonces se produce el desencuentro entre la verdad y el agradecimiento. Para tener peso como crítico y que no te llamen a filas ante una crítica mala hay que tener cierto peso y cierto nombre. No exijais que los chavales jóvenes que hablan de un libro lo pongan a caer de un burro ya que verán como se les van cerrando puertas. La crítica literaria está agotada como estilo, solo queda la publicidad.

    Julian
    19 marzo 2015 at 20:23 pm

  5. Por cierto, tener amigos escritores es habitual entre gente que escribe. Yo jamás le haría una crítica mala a un amigo, en un medio. Hay miles de libros.

    Julian
    19 marzo 2015 at 20:25 pm

  6. Una reflexión interesante, que prometía mejores conclusiones finales de las alcanzadas. Está penosamente escrito, por cierto.

    Sebastián
    19 marzo 2015 at 20:48 pm

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