“Peligro de derrumbe” de Pedro Simón

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Por Telmo Avalle @telmoavalle   

Peligro de derrumbe

El peligro de derrumbe lo viene avisando Enric González en las líneas que prologan la novela: “Quien ha escrito esto cuenta con una capacidad extraordinaria para captar voces, gestos, pequeños detalles reveladores, y para descubrir la vida que hay tras ellos, y para demostrarnos que cada vida es nuestra vida”.

Uno desoye el aviso, se aferra al cartón piedra que conoce y prosigue en su empeño de adentrarse en la novela sin parapeto. Y claro, lo que lee duele.

Lo incómodo empieza en una sala de espera rectangular. Allí, además de sentirse el primer temblor, hay un director de Recursos Humanos ufano al sadismo que hace una propuesta de trabajo infame. Es una oferta indigna entre tantas otras, a la que sin embargo no le faltan aspirantes. “En la sala de espera hay todo eso y además hay nueve personas que han ido sentándose en los últimos treinta minutos y que ahora se observan frente a frente (…) como en el juego del Quién es quién, no conocemos los nombres de los demás y únicamente sabemos de los otros por las apariencias. No sabemos nada. No sabemos quién aguantará más tiempo de pie. No sabemos a quién le hace más falta el trabajo. No sabemos quién ganará. No sabemos quién de todos tiene más miedo a perder.”

Hay un trabajo infame, decíamos, y nueve aspirantes a los que la vida aprieta. Cada uno con su historia mínima, cotidiana. Nueve historias personales sin apenas fábulas o, acaso, nueve biografías templadas en el papel con guiños de realidad. Porque, esto sí se sabe, el exceso de realidad corre el riesgo de terminar girando hacia su opuesto y provocar en el lector el resentimiento de que aquella desaforada y lacerante verdad que se le cuenta es en realidad un trampantojo.

Aquí todo es un barro ficticio, cierto, pero periodísticamente veraz. Aquí todos los aspirantes guardan un nexo traslúcido, intuido al comienzo y reconocido al final. Aquí todos están asomados al borde de un acantilado. Sólo saben lo que harán si no consiguen el empleo. La obsesión por caer les impide mirar atrás.

Quienes decidan adentrarse en Peligro de Derrumbe deben estar en sobre aviso de la apnea que provoca leer a Pedro Simón. ‘Para los que no encuentran’, recuerda el autor en la dedicatoria de su construcción literaria, ‘para los que ya ni buscan’, concluye. Seguidamente comienza a narrar con un lenguaje franco lo introducido anteriormente, esto y aquello, componiendo un retrato sin imparcialidad de las grietas y los rotos que ha dejado el zarandeo de la crisis en todas las vidas.

Pedro Simón (Madrid, 1971) es un periodista que, dicen sus más cercanos, tiene el mal de la empatía. Escucha y trata a las personas con una delicadeza humana que se considera extinta. Sus reportajes, que tratan de personas, arañan y emocionan. Con Peligro de Derrumbe sale del corsé de la columna y logra poner una novela a disposición de los que se sienten perdedores crónicos de la vida, de los que se les prometió el fuego en un fósforo calado.

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