Hombres felices, de Felipe R. Navarro

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Por Pedro Pujante.

hfelicesHace algún tiempo que parecemos vivir en el relato breve un resurgimiento de formas más experimentales, el argumento se arrincona y se trata de convertir el texto en un juego. Como bien explica Eloy Tizón al respecto: « Los cuentos que aún merecen la pena (…).Desafían las normas clásicas, las incumplen o subvierten a sabiendas. Ya no hay cuentos, sino desviaciones de cuentos». A veces estas experiencias pueden resultar de difícil asimilación para un lector acostumbrado a la clásica nomenclatura de ‘introducción, nudo y desenlace’. O al estilo recomendado por Poe y seguido por Cortázar, entre otros, de construcción en pos de un final, muchas veces sorpresivo.  

Si bien es cierto que Cortázar y sus ‘homólogos’ del Boom consiguieron revivificar el relato y convertirlo en un campo libre para la experimentación formal y temática –pienso en Historias de cronopios o en Historia universal de la infamia, algunas de las formas más clásicas han permanecido intactas, y salvo algunas excepciones, la lectura lineal de cuentos –quizá también por la influencia norteamericana heredera de Chejov- sigue al día, abogando por narraciones de factura poco innovadora (en cuanto a formas, estructuras), que han basado su valor en la capacidad de condensación, exactitud y composición precisa de un mundo y las criaturas que en él viven, sin tratar de subvertir los viejos moldes.

Pero como decía, en los últimos tiempos tengo la sensación de encontrarme con ejemplos que abogan por una renovación total. En España, quizá sea el ya mencionado Eloy Tizón su mayor exponente, y quien con más fortuna parece haber desencorsetado la narración breve. En sus libros- como en Hombres felices– la prosa parece cobrar una belleza inusitada, y sin llegar a alimentar versos en prosa, consigue erigirse –la prosa- protagonista y eje vertebrador de las narraciones.

La escudería Páginas de Espuma parece estar muy atenta a estas manifestaciones de nuevo cuño, y en los últimos tiempos además del libro que aquí comento, ha sacado otro libro de ¿cuentos? surrealistas, extraños y poéticos, que aspirar a desestabilizar la realidad y lo racional, firmado por Ángel Zapata: Materia oscura.

En el caso que nos ocupa, Hombres felices de Navarro, estamos ante un libro que apunta en esa dirección rupturista, renovadora, consistente en construir una literatura feliz, fluida, rompedora. Hay influencias, no solo de Tizón, también de Hipólito Navarro y de Gass. Se aprecia un fuerte compromiso y coherencia interna en estos breves textos, historias que huyen del argumento precocinado y que alientan una poética de la sutilidad, un canto en voz baja a la propia palabra que los construye.

Hay en estas narraciones más reflexión que acción, ideas fugaces pero hondas sobre la existencia que nos demuestran que lo importante no es el paisaje y los acontecimientos que se suceden en él sino la mirada, casi siempre interior, penetrante, conducida más allá de las apariencias. Como por ejemplo advierto en Óxido, un paseo mental, estético, sentimental en el que lo cotidiano se observa con la lupa de un filósofo atento.

Como ejemplo de esta ‘contundencia de lo sutil’ me sirve el microrrelato Tomás Rodaja se contempla, desnudo. Un minitexto afilado, que oscila entre la ficción, la greguería y la máxima, y que habla sobre la condición de un cristal, felipe navarrocuya característica más relevante es que a su través puede colarse la vida y ser simplemente una ‘leve refracción.’ Y es que estos relatos son algo así: vidrios cincelados a través de los cuales se puede atisbar a un narrador, siempre consciente de su proceso de escritura, un texto y la luz que lo atraviesa, que esconde algo más que el propio texto que representa, y en definitiva, una leve refracción de otra cosa más profunda que se escapa a la primera lectura.

Como Hopper, a quien le escribe una carta-cuento, Navarro dice sin decir, muestra con ironía, silencios, inteligencia y mucha sensibilidad aspectos inusitados de la vida, de la escritura y se inscribe en esta nueva corriente de lo breve -¿postcuento?- que parece marcar el devenir de nuestra narrativa corta.

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Una respuesta a Hombres felices, de Felipe R. Navarro

  1. Hombre, escribir es algo más que autoeditar y gastarse una pasta en propaganda. Es malo, peor. Pésimo. Sin chispa. Aburrido.

    Tempesti
    6 agosto 2018 at 16:46 pm

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