Séneca, derribado por el incesto de Agripina y Nerón

Por Horacio Otheguy Riveira

Una versión muy libre de la obra original de Antonio Gala consigue barrer la profundidad del filósofo y político cordobés para dejar en primer término la voluptuosa relación de Agripina y su hijo Nerón. Mezcla rara de cabaret antiguo con soliloquios profundos, de revista cutre y crónica testimonial, Séneca se defiende con dificultad gracias a un gran trabajo de Esther Ortega, bien acompañada por un reparto adecuado, y una iluminación prodigiosa de José Manuel Guerra.

Mientras [el hombre] duda, camina, y se da cuenta de lo poco importante que es llegar. Lo propio del hombre no es la verdad ni la certeza; no es aspirar a ellas, con una insensata pasión que sólo le conduce a la derrota y a la muerte. Lo propio del hombre es dudar sin descanso. (Séneca o el beneficio de la duda)

Antonio Valero como Séneca.

Lucio Anneo Séneca (Córdoba, 4 a. C.-Roma, 65 d. C.) Roma estaba en decadencia plena, pero seguía siendo el centro del mundo y desde allí se radiaba la ferocidad de un imperio invadido por la corrupción y el libertinaje. En el Séneca de Antonio Gala, estrenado completo en 1987 con dirección del prematuramente fallecido Manuel Collado, también se exhibe algo de las valiosas evoluciones romanas, aunque prevalece la soledad del filósofo y poeta metido a político, un hombre íntegro que consideraba el placer como una esclavitud, y acabó atrapado por las intrigas surgidas entre Agripina y su hijo Nerón, artífices de un incesto ciertamente colosal: por el placer sexual que les provoca, las argucias que les rodean y la mutua destrucción que les alcanza.

Desde aquel estreno han pasado 30 años, apenas nada, no envejece un buen teatro de ideas en tan poco tiempo, por el contrario parece haber vaticinado la desastrosa transición española entonces ensalzada con abrasivos bombos y platillos: Séneca es envuelto y devorado por una latente corrupción, y su posibilismo para navegar en aguas turbulentas acaba con su derrota política y moral, e inevitable suicidio después de que Nerón le enviara a un arresto domiciliario del que no saldría jamás.

El propio Gala en aquellos 80 era un escritor prolífico de gran éxito (poeta, narrador de cuentos y novelas, dramaturgo), y un columnista del diario más leído entonces. Cada domingo miles de personas le leían cubriendo muchas expectativas: siempre crítico contra el poder establecido, se enfrentó a la Iglesia y al Ejército, dos instituciones que le demandaron y perdieron sus juicios (“El juicio propiamente dicho lo habían perdido hacía mucho, ¿verdad?”, Gala dixit).

Valiente y duro contra cualquier complacencia, artesano de páginas memorables, luego convertidas en libros (Charlas con Troylo, por ejemplo), recibió la oferta del gobierno del Partido Socialista de ser Ministro de Cultura y respondió que no concebía que algo tan importante como la cultura pudiera resolverse desde un ministerio, y se explayó largo y tendido como acostumbraba, sin pelos en la lengua (también en un libro entrañable, A quien conmigo va). Con profundas disquisiciones se enfrentaba a una encrucijada de la vida política que hoy parece estallar sin piedad, desvergonzada en la exhibición de su hipocresía alardeando de una democracia cada vez más humillada.

Con todo esto detrás, su visión de Séneca tiene indudable actualidad que se basta y sobra con la calidad literaria de la obra original, donde la densidad de su contenido ha sido en esta versión recortada hasta extremos de componer una versión tan libre que la convierte en otra obra. Desigual en su vaivén ideológico y estético, una frivolidad por momentos bien elaborada a ratos se acalla para dejarnos escuchar la voz de un hombre infinitamente más interesante que el que aquí se asoma.

Sentados, de izquierda a derecha: José Luis Sendarrubias, Eva Rufo, Diego Garrido. De pie: Esther Ortega.

Extraño invento este Séneca de Antonio Gala pasado por la túrmix de un veterano director metido a reescribir un drama perfectamente compuesto al que, por lo que se ve, necesitó añadirle, cortarle, remozarlo, asfixiarlo y, finalmente, hacerle un singular boca a boca, sólo a medias conseguido.

Mezcla rara de cabaret antiguo con soliloquios profundos, de revista cutre y crónica testimonial, Séneca se defiende con dificultad gracias a un gran trabajo de Esther Ortega, bien acompañada por un reparto adecuado, y una iluminación prodigiosa de José Manuel Guerra, con muchos detalles que conforman vagos personajes entre luces y sombras.

Este Séneca hace hincapié en el incesto madre-hijo más apasionante de la historia de Roma: Agripina y Nerón encarnados por una soberbia Esther Ortega y un brillante Diego Garrido (Los nadadores nocturnos, La hora oscura) en el complejo rol de quien además de las relaciones íntimas con su madre se acuesta con hombres, y con todo eso se deja llevar por una bella esclava (radiante Carolina Yuste) que le pone en el camino Séneca, su buen tutor, para liberarlo de la etiqueta de homosexual (en una sociedad donde solo estaba bien vista la bisexualidad). Y se deja seducir y se entrega, y conforma una pareja que sólo las circunstancias políticosociales romperá. Diego Garrido compone estupendamente, sin fisuras, tres perfiles en un mismo personaje: un muchacho muy femenino que también resulta muy aniñado (prendido al generoso pecho de su madre), y luego un joven viril perdidamente enamorado de una mujer encantadora.

Al mismo tiempo resultan sorprendentes los contrastes en los que se mueve Esther Ortega: sugerente y vulgar, maquiavélica, lujuriosa, elegante, dulce, tierna y terrible. Con la holgura y el talento de otras veces reconocidos (Las hermanas Rivas, Fortune Cookie), esta vez hace suya una función que basa su mayor energía en el personaje que le ha tocado interpretar.

José Luis Sendarrubias y Aka Thiémélé tienen una eficaz participación funcional basada en sus cuerpos esculturales ciertamente muy solicitados por sus poderosos amos.

Eva Rufo (Kathie y el hipopótamo, Penal de Ocaña)con una caracterización que la torna irreconocible, encarna brillantemente a una Popea femme fatale de opereta; sin duda, logra expresar la excitante frialdad con que volvía locos a los hombres.

Óptimo profesional, como siempre, Ignasi Vidal ha de vérselas con un Petronio muy desdibujado, cuyas célebres, aunque fugaces, sentencias las hace con falda y escote, en un innecesario subrayado bisex, y Antonio Valero defiende con dignidad lo poco que le han dejado del original.

Y lo dicho, una prodigiosa iluminación de José Manuel Guerra, con un gran nivel estético, capaz de aportar misterio y sensualidad en un escenario que tiende a la vulgaridad.

La obra se presenta íntegra en la edición de Espasa Calpe, Colección Austral, de 1987. De ese texto, la versión de Emilio Hernández deja bastante poco, y omite casi todo el monólogo final, cuyo último tramo aquí transcribo:

Séneca.- … Para recompensaros por vuestra compañía y para agradecer vuestra amistad, puesto que se me prohíbe disponer de mis bienes, nada puedo dejaros… Algo sí puedo: lo que creáis que haya sido mi vida; el ejemplo y el espejo que queráis ver en ella. Si ha sido mala, corregidla; imitadla si la veis buena… (A Petronio) No sé qué más les diré. En definitiva dará igual: a la gente lo único que le sonará será mi muerte, no mis discursos. Es decir, en el fondo se deberá mi fama a aquel que me condena. Porque, a pesar de suicidarme, ya ni mi muerte es mía… Adiós. A quienes me vean a distancia, cuando se decidan a juzgarme, les pido sólo aquello que tú me aconsejabas dejarles en herencia: el beneficio de la duda. Nada hace tan generoso al corazón del hombre. Mientras duda, le da tiempo a juzgarse a sí mismo, o a decidirse a no juzgar, si es que no ha atravesado él antes por la misma agonía. Mientras duda, camina, y se da cuenta de lo poco importante que es llegar. Lo propio del hombre no es la verdad ni la certeza; no es aspirar a ellas, con una insensata pasión que sólo le conduce a la derrota y a la muerte. Lo propio del hombre es dudar sin descanso. Adiós, Petronio. Adiós, Roma. Adiós, mundo en el que sostuve una breve esperanza”.

SÉNECA

Versión y dirección de Emilio Hernández,

sobre la obra de Antonio Gala, “Séneca o el beneficio de la duda”

Ayudante de dirección: Juanma Romero Gárriz

Intérpretes (por orden alfabético): Diego Garrido, Carmen Linares, Esther Ortega, Eva Rufo, José Luis Sendarrubias, Aka Thiémélé, Antonio Valero, Ignasi Vidal, Carolina Yuste.

Escenografía: Emilio Hernández

Iluminación: José Manuel Guerra

Vestuario: Felype de Lima

Música original: Marco Rasa

Coreografía: Amaya Galeote

Caracterización: Sara Álvarez

Fotos: marcosGpunto

Coproducción Centro Dramático Nacional y Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, donde se representará del 26 al 30 de julio de 2017.

Teatro Valle Inclán. Del 24 de marzo al 14 de mayo de 2017.

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