Desde Broadway con Sally Field en El zoo de cristal

Por Luigi De Angelis Soriano

 

 

Quienes me conocen saben que una poderosa razón para asistir a la función de The Glass Menagerie (El zoo de cristal) en Broadway es la presencia de Sally Field en el papel protagónico. Sin embargo, aunque no niego que mi devoción por la actriz es real (puedo ver una y otra vez Norma Rae y Places of the Heart, por ejemplo), existe otro aspecto que también influyó en mi decisión: la pieza en cuestión es una de las creaciones más conmovedoras del dramaturgo estadounidense Tennessee Williams (Misisipi, 1911-Nueva York,1983).

En este particular drama hay una crudeza desgarradora que da cuenta del contexto en el cual fue puesto en escena por primera vez. Estrenado en 1944, lo que sus palabras transmiten es la vaga e improbable esperanza de mejores días por venir y, a la vez, la desazón que produce resignarse a aceptar que quizás los sueños no siempre se hacen realidad. Todo ello es abordado en el reducido ambiente de un departamento de San Luis, Missouri, donde una mujer, sus dos hijos adultos y un invitado interactúan de tal forma que poco a poco revelan las grises tonalidades de sus pensamientos y el amargo sabor de sus respectivas decepciones.

Central para la historia es el personaje de Amanda Wigfield (Sally Field), otrora belleza sureña de clase acomodada que, abandonada por su marido, enfrenta dificultades financieras mientras trata de mejorar el estatus de sus dos hijos: Tom (Joe Mantello), un escritor entregado al alcohol, y Laura (Madison Ferris), una joven discapacitada totalmente devota a su colección de figuras de cristal. Redondea el catálogo de personajes Jim (Finn Wittrock), un alegre joven que, invitado por Tom, se une a la familia durante una cena que resulta más reveladora y emocional de lo esperado.

Dirigida por Sam Gold, esta representación de la obra aplica las licencias de una “memory play” en diversos sentidos. Con una puesta en escena casi desnuda por lo lacónica, la atención al período en el que transcurre (los años 30) es mínima e, incluso, deliberadamente subvertida con elementos de vestuario propios de la actualidad. El personaje de Tom, quien en la obra es un joven de un poco más de 20 años, es interpretado por un actor de 54. Y a pesar de estas licencias, la credibilidad de las palabras de Williams está presente, la fuerza de los monólogos hace justicia a la que hoy por hoy es una obra capital del teatro del siglo XX con una proyección eterna por lo universal y atemporal de su contenido.

La carencia de elementos en el escenario vuelca la atención de la audiencia hacia los actores, quienes brindan interpretaciones sólidas. Joe Mantello despliega energía y una vis humorística que le proporciona frescura a este revival. Como Tom es narrador y protagonista al mismo tiempo, él se dirige en varias oportunidades a la audiencia, generando empatía y entretenimiento. Madison Ferris, una actriz discapacitada en la vida real, transmite la vulnerabilidad de Laura de una forma palpable. Sus limitaciones físicas contribuyen a un dramatismo visual muy potente. Finn Wittrock confiere a Jim un optimismo del cual carecen los demás personajes; en consecuencia, aunque él también conoce el sabor de los sueños no cumplidos, el actor con su cara de niño y gestos inquietos ilumina con una luz insistente el panorama que, en general, es oscuro y desolador.

Y ahora sí, le dedico un párrafo muy especial a Sally Field. Por la mañana anunciaron su nominación al premio Tony a la mejor actriz principal en un drama. Por la noche la vi encarnando a Amanda Wingfield, papel previamente interpretado por sobresalientes actrices de la talla de Maureen Stapleton, Jessica Tandy, Julie Harris y Jessica Lange. Puedo reportar con gusto que Field está a la altura de las generosas críticas que ha recibido por su trabajo y la ovación de pie en la que participé con auténtica felicidad. En una interpretación que rebosa equilibrio y delicadeza, sus ojos expresivos y su encomiable habilidad para cruzar las fronteras de lo hilarante y lo trágico son sus mayores recursos. Este es un testimonio más del talento de una actriz ampliamente reconocida en el cine y la televisión por décadas.

Ciertamente hay cosas que no voy a olvidar respecto de esta noche y la escena en la que Sally aparece en medio del escenario vistiendo un anticuado vestido color rosa chillón es una de ellas. Un momento que generó risas y aplausos, pero que también marca el inicio de una velada reveladora; no sólo para los cuatro personajes de la obra, sino también para la audiencia. ¿Acaso no vivimos justo aquí y ahora la decepción de los sueños no realizados?, ¿no vemos, a veces, con nostalgia un pasado más dulce y más glorioso? Yo creo que las respuestas a estas interrogantes nos conducen a pensar en la vigencia de la obra de Tennessee Williams, la misma que en este caso ha recibido un tratamiento muy bueno, elevado por la luz de una interpretación central brillante.

Asistí a la función del 2 de mayo de 2017, a las 19:00 en el Teatro Belasco (111 West 44th Street, New York, NY 10036).

 

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