Foxtrot (2017), de Samuel Maoz – Crítica

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Por Miguel Martín Maestro.

Una carretera desértica en medio de un espacio sin fronteras pero altamente militarizado. Un plano subjetivo desde el interior de un vehículo. Un corte abrupto nos lleva  a la puerta de entrada de un piso que es abierta por una mujer, quien al ver a las personas que han llamado, se desmaya y entra en convulsión. Unos militares entran en el piso y ayudan a la mujer, inyectan sedantes y comunican al hombre que el hijo de ambos, Yonathan, ha muerto en acto de servicio sin dar mayores explicaciones sobre la forma ni los porqués. Los detalles del funeral corresponden al oficial que acudirá más tarde. La madre desmayada y el padre en estado de shock se convierten en meros autómatas a voluntad del ejército, órdenes, indicaciones, recomendaciones, ofrecimientos de ayuda que suenan más a imposibilidad de oponerse que a verdaderos momentos para reconfortar espíritus colapsados. Este primer tercio de película Maoz lo rueda de manera opresiva, apenas hay espacios libres, los personajes son encerrados entre paredes, remarcados por muros, por marcos de puertas, colocados en pequeñas estancias o rodados con planos muy cercanos. El vértigo de ese padre que parece quedar impedido para tomar decisiones Maoz nos lo trasmite con una cámara cenital que rueda sobre la cabeza y un suelo de baldosines arlequinados que parecen mover la imagen al tiempo que el hombre se desplaza. La película de Maoz se construye sobre golpes de efecto, pero entre golpe y golpe existe argumento, existen ideas que penetran como puñales en la conciencia del espectador al reflejar, incluso desde el surrealismo de situaciones sangrientas, el estado de las cosas en un país que bordea, comprensiblemente, la paranoia constante.

Indicado el hilo conductor de la película, en la que la sorpresa también juega un valor importante, no conviene ahondar en la trama. Hay tres partes muy bien definidas y sentimentalmente muy bien dibujadas, el dolor de la primera, el humor surrealista y el surrealismo de la guerra en la segunda, la aceptación de la pérdida y el absurdo de las consecuencias bélicas en la tercera, no por ello temporalmente consecutivas, o sí, no necesariamente una consecuencia de la precedente, pero Maoz escarba en los males de una sociedad donde lo religioso parece incuestionable hasta para el ateo, donde el ejército sustituye al poder civil, donde el crimen de guerra puede ser ocultado en medio del desierto bajo la expresión «el suceso ha terminado antes de iniciarse», donde el Holocausto sigue infectando el recuerdo hacia el futuro y cualquier acto puede suponer una profanación que conlleve un castigo familiar de por vida. Transmitiéndose de generación en generación, la noticia del suceso hace recordar al padre, Michael, su propia juventud, los actos llevados a cabo como oficial de combate en su periodo militar, Maoz nos muestra la imposible comunicación de este padre con su propia madre, separados por lo religioso más que por la supervivencia de Auschwitz, enfrenta a la sociedad civil con la militar cuestionando los métodos del ejército para pretender sobresalir sobre la propia familia afectada. La reacción de Michael cuando se produce el segundo giro de guión no es aceptada ni asumida por nadie más, pero en esa reacción subsiste la rebelión de una parte de la ciudadanía al estado de las cosas.

En su tercio medio la película opta por un aire desenfadado, Kaurismakiano con escenografía interior propia de los Jeunet y Caro del principio de su filmografía. Un puesto de control en un lugar perdido, un contenedor que se hunde progresivamente en el barro y que sirve de habitación para los cuatro soldados que forman el turno de guardia respectivo, uno de ellos Yonathan, el hijo del matrimonio del principio. Un trabajo absurdo en un lugar inhóspito, tormentoso, árido, lleno de barro. Andar del puesto al barracón es pisar terreno resbaladizo, y nunca más clara la metáfora de lo que es Israel, un campo por el que resulta complicado moverse porque puedes pisar muchos charcos, resbalarte en medio del lodazal, incluso cuando tratas de evitarlo, tus pies terminan en un charco que has tratado de evitar a toda costa. Todo tan absurdo como tener que levantar la barrera que atraviesa la carretera para que pase un camello solitario que ha cogido gusto a transitar por la zona una y otra vez. El golpe de efecto inicial es festivo, lúdico, un baile al ritmo de un mambo con el fusil como pareja, es el momento de relajación que Maoz nos ofrece para coger aire y seguir progresando en esa situación de creciente violencia con esos soldados abandonados en el puesto Foxtrot hasta la llegada del siguiente golpe de efecto, el definitivo y realmente peligroso desde el mensaje crítico y político de la película que da lugar a imágenes de potencia y fuerza impresionante para demostrar el apabullante dominio del estado militar sobre cualquier acontecimiento. Maoz cierra su película eliminando, quizás a sabiendas, la incógnita; el espectador reconocerá pronto y fácil cuál es la solución final de la historia y lo que realmente pasó una vez que los militares regresan por segunda vez al domicilio paterno. No resulta absurdo ni ilegítimo que esos padres parezcan reconciliarse con el uso del cannabis, hay por tanto, una reivindicación de lo anestésico, de la droga consumida como necesidad de ayuda externa para soportar la realidad de un país lacerado y lacerante, herido en sí mismo e hiriente para los demás, hay que drogarse para aceptar el día a día cotidiano en un país que parece funcionar como una cárcel. Este tercer segmento, más breve y directo que los dos anteriores, sirve para que Michael cuente a su compañera, y a nosotros, su pasado, su juventud, su dolor. Parte de ella la conocemos por el relato que su propio hijo ha contado a sus compañeros, lo oiremos y lo veremos como novela gráfica, pero nos falta el momento de catarsis del propio personaje, dolorido porque su madre le llame con el nombre de su hermano, cegado por el recuerdo de un anhelo juvenil que le llevó a cambiar una biblia milenaria familiar por una revista erótica, marcando así la ruptura entre las viejas generaciones sometidas a la Torah y marcadas directamente por el exterminio como consecuencia de una religión, y las nuevas generaciones que quieren romper con ese pasado encontrándose presos en un país donde desde dentro y desde fuera, lo religioso y lo violento, marcan el ritmo de los días. Maoz, que con su precedente Lebanon ya dio muestras sobradas del dominio del espacio y el control de la puesta en escena, con Foxtrot, un baile en el que el hombre danza con su destino, en palabras del propio director, lo vuelve a hacer. Sin limitarse al espacio reducidísimo del interior de un tanque, Maoz rueda como si todo su país cupiera en poco más de un piso que ahoga a sus habitantes, Michael es arquitecto, pero toda la tradición que le persigue le impide construirse a sí mismo.

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