Ildebrando Biribó, divertida consagración de la vida desde el más allá: “¡Aprovechad!”

Por Horacio Otheguy Riveira

Una feliz reposición por muy pocos días. Homenaje vitalista, por demás ingenioso, al mundo del teatro con sus vaivenes de genialidad, egocentrismo, locura creativa y torpezas propias de la gente de a pie. El director Alberto Castrillo-Ferrer (“ante todo soy actor”) pone en escena Cyrano de Bergerac con gran éxito, y en el mismo teatro repone su ya veterano monólogo sobre el apuntador del primer Cyrano de la historia. Un doble juego que ningún amante del teatro puede perderse, si aún no lo vio, aunque son muchos los que lo han visto más de dos o tres veces.

 

Bajo el fantástico ingenio escenográfico de donde surgen mágicamente muchas escenas, Castrillo-Ferrer e Ildebrando conforman una pareja de amigos leales, para quienes las alegrías y amarguras del trabajo teatral son pura vida dentro y fuera de los escenarios.

 

Pasan los años, y desde aquel fatídico día en que murió en su concha de apuntador, Ildebrando Biribó continúa divirtiéndose en escena, divirtiendo y conmoviendo al público. Esto sucede porque su protagonista, Alberto Castrillo-Ferrer ya cumplió 15 años con esta representación que continúa paseando por teatros de España, ahora en unas pocas funciones en el Reina Victoria. Así, mientras a diario se representa su propia puesta en escena de Cyrano de Bergerac, algunos jueves a las 23 horas abandona las tareas de dirección y se enfunda las ropas del hombre que “sopló” al primer actor Coquelin en 1897 durante los fugaces tropiezos de memoria en el estreno de la obra de Edmond Rostand.

La muerte del apuntador al terminar la función conmocionó a la supersticiosa gente de teatro temiendo lo peor para el futuro de las representación. Pero el éxito fue imparable, y a lo largo del tiempo creció en fama y esplendor la extraordinaria “comedia de espadas”, mientras quedó en el olvido absoluto el nombre del pequeño hombre en la oscuridad, atento a colaborar con las estrellas del firmamento escénico. Un hombre en la sombra, feliz de mantenerse en su puesto. Su misteriosa muerte viene a desvelarse en esta función en la que se ríe tanto de sí mismo como de las manías y egos de la gente de la farándula. Una vez descubierto su cadáver, todo es alegría y eterno juego de diabluras escénicas, haciendo del morir el lugar ideal para dejar de apuntar a los demás y ser él mismo divo y soplador, estrella de raro magnetismo y hombrecillo que cuenta su vida y hasta representa su propia muerte. El círculo de la vida y la muerte adquiere ritmo de show musical, simpatía propia de un desenfadado cabaret o circo callejero, y teatro grande con las manos tendidas en la ternura de un ser humano que surge como ave fénix de las sombras del anonimato. Y entretanto un reloj de arena cumple su función de marcar el tiempo para que, al final, el cómico nos aliente a continuar divirtiéndonos con un “¡Aprovechad!” que llega al alma, abrazo definitivo del arte de la comedia al arte del buen vivir.

Sin apenas datos históricos, el italiano Emmanuel Vacca escribió el monólogo Ildebrando Biribó, el apuntador de Cyrano. Con dirección de Iñaki Rikarte, Alberto Castrillo-Ferrer rinde homenaje a aquel personaje, convirtiéndolo en una fiesta del teatro, pura pasión desde niño por ayudar a los demás soplándoles en plena desmemoria, ese drama terrible cuando los actores se quedan en blanco, lo que aquí da lugar a una larga escena llena de ricos matices, como si el gran Benoît-Constant Coquelin (1841-1909), con su engolamiento propio de la época luchara por reencontrar las palabras de uno de los poemas más extraordinarios acerca del amor, escrito por Lope de Vega. El texto se arrima, cae, se despereza un poco, vuelve a desaparecer, y a lo largo de una serie de eficaces situaciones se vuelve a recordar. Es la mayor libertad que se toma el traductor/actor Castrillo Ferrer sobre el texto original en francés del actor italiano que fuera su profesor en la célebre escuela de mimo de Marcel Marceau. Mientras aquel continúa representando su monodrama por diversas regiones francesas, en España, Castrillo le es fiel, incluso cuando incorpora a Lope y nos llena de felicidad al decir uno de sus sonetos no sólo más hermosos, sino dramáticamente más autobiográficos en la tormentosa vida sentimental del más grande escritor español de todos los tiempos:

 

Coquelin, Cyrano de Bergerac, 1897.

 

 

Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.

 

 

 

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También en CULTURAMAS:

El triángulo más apasionante de la historia del teatro

Castrillo-Ferrer: Cyrano es una comedia de espadachines

La estela de Cyrano de Bergerac

 

 

Autor: Emmanuel Vacca

Traducción: Alberto Castrillo-Ferrer

Director: Iñaki Rikarte

Intérprete: Alberto Castrillo-Ferrer

Diseño de luces: Patricio Jiménez

Espacio sonoro: Iñaki Rikarte y Manuel Maldonado

Fotógrafo: Daniel Castillo

Escenografía: Mónica Ramos, Alberto Huici y “La Vascoaragonesa”

Diseño de vestuario: Marie-Laure Bènard

Los días 26 de abril, 10 y 24 de mayo en el Teatro Reina Victoria a las 23 horas.

 

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