Raúl Prieto y Pepe Viyuela: pareja de ases en un radiante “Burlador de Sevilla”

Por Horacio Otheguy Riveira

Por primera vez juntos, dos actorazos de estilo y trayectoria muy distintos, Raúl Prieto, como el legendario Tenorio, y Pepe Viyuela en el papel de su criado Catalinón, protagonizan una versión en la que el director Josep Maria Mestres ha engarzado piezas de muy diverso tenor con una disciplina de orfebre: paso a paso, minuto a minuto, cada escena es una pieza independiente que se encamina con fascinante precisión hacia la siguiente.

Los formidables protagonistas están rodeados por un reparto de lucimiento constante. Todo brilla con humor y tragedia dentro de un muy sensual juego en el que el burlador se enorgullece de sí mismo como un depredador atemporal mientras hace de sus entusiastas actos sexuales, uso y abuso de las debilidades de mujeres que confunden su sabia capacidad física con el amor perdurable que todas desean.

“… Aún tienes el beneficio de una leyenda perfectamente desarrollada. ¿Acaso no es humano construir una tan pronto como nos encontremos ante la codiciada mujer? ¿Y esa mujer dejaría que la codiciaran entre la bruma de la mentira?”

(Michel de Ghelderode, 1898-1962)

Este montaje de El burlador de Sevilla de Tirso de Molina recompone su andar del Barroco con gran vitalidad contemporánea. Ya desde el comienzo se nos advierte de su eclecticismo, prometiendo mucho y variado. Cuando el teatro se va poblando de espectadores, estos son recibidos por un telón cubierto de portadas de libros y carteles de las grandes variaciones que en la historia del arte se han ocupado de Don Juan, a partir del original de Tirso de 1617: adaptaciones de todo tipo como la del belga Michel de Ghelderode en 1928, el más original del siglo XX, parodia del drama romántico; la ópera de Mozart, Don Giovanni escrita por Lorenzo da Ponte en 1787; las españolas Don Juan Tenorio de José Zorrilla, 1844, y la de Gonzalo Torrente Ballester, Don Juan, novela publicada en 1963, entonces machacada por la censura franquista del “liberal” Manuel Fraga Iribarne… o la versión de Moliere de 1665, Dom Juan ou le festin de pierre de cuyo final bebe esta de Ortiz de Gondra que ha sabido aprovechar muchas de las corrientes fabulosas de la historia de un poseedor de cuerpos de mujeres, incapaz de amar. Simpático y embaucador, es también un asesino que terminará cayendo víctima de sus propias obsesiones y de la maldición que sus fugaces amantes se encargan de infligirle.

Escenografía elegantísima de Clara Notari, a base de telones transparentes u opacos y fríos mármoles para dar cobijo a las pasiones desbocadas con mucho negro: los trajes de los señores, el sombrero tan cinematográfico de un Tenorio que porta garbo y aires de vampiro que por momentos recuerda a un Drácula en blanc et noir, entre mujeres que gozan sin permiso de disfrute, condenadas a fórmulas legales que les impiden ser ellas mismas, moralidad rampante de cinismo social de gran alcance.

Tiempos lejanos en sociedades muy presentes… Una combinación de fragmentos recorridos por la voz esencial del fraile mercedario Fray Gabriel Téllez, universalmente conocido como Tirso de Molina en un punto de vista de hoy suficientemente respetuoso con el clásico como para dejar la pertinaz presencia de la cruz como castigo divino del juicio sumarísimo del “convidado de piedra” que viene del reino de los muertos a satisfacer su venganza. Religión densa y mortífera en su concepción de lo femenino, pero guardiana del sagrado tesoro que estas portan entre las piernas, o súbito despliegue de psicología social del siglo XXI, en cualquier caso viaje en el tiempo que implica toda aventura de la Compañía Nacional de Teatro Clásico para disfrutar de un lenguaje de literatura dramática de excepcional riqueza, cuya distancia nos aparta del atribulado aquí y ahora para volver más fuertes a batallar en la cotidiana contienda de la búsqueda del placer desaforada entre hombres, a veces auténticas manadas, y mujeres cuya moral está siempre en entredicho.

Precisamente una mujer de teatro tan valiosa como Pepa Pedroche, esta vez permanece oculta al aplauso del público encarnando el delicado papel de asesora de verso que acompaña las interpretaciones mano a mano con Josep Maria Mestres, maestro de la armonía en la calidad interpretativa de diversos estilos puestos en marcha como si de un concierto sinfónico se tratase.

Pedroche, inmensa actriz que nos ha deleitado tantas veces, como por ejemplo con la Lady Macbeth de Shakespeare/Helena Pimenta y la reina Catalina del Enrique VIII de Calderón dirigido por Ignacio García, o la más reciente pieza contemporánea de Secun de la Rosa, Los años rápidos. Por su parte, en la intensa trayectoria del director Mestres, interesa recordar con entusiasmo dos de sus más recientes montajes en Madrid, un clásico poco transitado del Siglo de Oro: La cortesía de España, de Lope de Vega, y Los Gondra, un autobiográfico empeño de Borja Ortiz de Gondra, a la sazón responsable de la presente versión del Burlador.

 

Pepe Viyuela, más allá de la vis cómica de sus monólogos, o de sus bufonadas milagrosas para niños enfermos o en guerra, Payasos sin Fronteras, ya demostró en obras maestras como Rinoceronte, que puede con lo que le echen. Aquí modela la comicidad de su personaje, la contrae, y alcanza un final de profunda belleza dramática, una vez muerto su amo: “¿Y ahora quién me paga?”. A su lado, Raúl Prieto, quien diera inolvidable forma al angustiado amante de La señorita Julia de Strindberg, y templara “monstruos” como los que le habitaran en Misántropo y Desde la tierra, o trágicos inocentes como en Refugio.

El padre (Juan Calot) amedrenta a Don Juan (Raúl Prieto): la única escena en que el burlador se siente vencido, como si fuera capaz de comprender que su conducta es infame. El aire se torna denso. El silencio del teatro, sepulcral.

Mamen Camacho en un trabajo encomiable que va de la joven virginal, feliz de no ser víctima de la voracidad de los hombres del pueblo, a ser fatalmente seducida por Don Juan, a orillas del mar de donde le salva de la muerte, para luego abandonarla cruelmente.

En el último tramo de la función, Tenorio queda fascinado por la sensualidad de una recién casada en ambiente rural (fascinante Lara Grube), y la tensión sexual alcanza cotas de extraña ternura.

 

El burlador de Sevilla, despojado de su aura mítica, se nos aparece hoy como un personaje que resiste con fuerza una mirada contemporánea. Aunque la crueldad y la falta de empatía para con sus víctimas nos causen un profundo rechazo, pese a que percibimos su nula sensibilidad para calibrar los daños colaterales de sus actos, quizás podamos llegar a comprender los motivos de su desazón, su inquebrantable rebeldía, su rotunda negativa a aceptar ningún tipo de límite. Lejos de reconfortarnos, la peripecia de don Juan, nos resulta hoy inquietante, nos intranquiliza. Y esta es su valiosa utilidad.

El resto de personajes, ya sean nobles, ciudadanos o campesinos, a menudo manifiestan también una altura moral bastante dudosa. Los afilados dardos de Tirso apuntan en todas las direcciones: el abuso de poder y la prevaricación son usuales en la corte, pero también los aldeanos se mueven por bajos intereses.

Hay que destacar también que las mujeres del burlador de Tirso son de una modernidad radical para su época. Son activas, desean, toman decisiones, denuncian a su agresor (el “me too” no queda tan lejos). Es a través de ellas que el autor nos descubre prejuicios, convicciones y comportamientos machistas seculares. Arrancarlos de raíz es ya nuestra labor. (Josep Maria Mestres)

Ayudante de dirección: Amparo Pascual

Reparto por orden de intervención: Elvira Cuadrupani, Raúl Prieto, Ricardo Reguera, Pedro Miguel Martínez, Samuel Viyuela, Egoitz Sánchez, Mamen Camacho, Pepe Viyuela, Paco Lahoz, Irene Serrano, Juan Calot, Ángel Pardo, José Juan Rodríguez, Lara Grube, José Ramón Iglesias

Asesor especialista: Carlos Espinar

Asesora de verso: Pepa Pedroche

Escenografía: Clara Notari

Vestuario: María Araujo

Iluminación: Juanjo Llorens

Video escena: Álvaro Luna

Coreografía: Jon Maya Sein

Composición musical y espacio sonoro: Iñaki Salvador

Fotografías: marcosGpunto

Compañía Nacional de Teatro Clásico. Teatro de la Comedia, hasta el 3 de junio de 2018.

 

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