Beni Hassan, el esplendor de los nomarcas

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Por Tamara Iglesias
“He aquí mi lugar en el mundo inferior, ¡y he aquí mi trono!, viajando por los circuitos me acerco a él, y digo estas palabras: yo soy vuestro señor, oh dioses! Acercaos a mi y seguid mis pasos!” así comienza el conjuro XLVII del famoso Libro de los Muertos, texto funerario del antiguo Egipto empleado desde el comienzo del Imperio nuevo hasta el año 50 a.C. Y aunque desde nuestra perspectiva contemporánea pueda resultar considerablemente pretencioso, resume brillantemente y en muy pocas líneas dos de los conceptos principales de la cultura egipcia: la vida después de la muerte y el poder divino del faraón que, como veremos a lo largo de este artículo, no siempre fue tan celestial ni tan hegemónico como quisieron presentarnos la historiografía contextual y el cine.

Representación del Ba (figura de pájaro) y el Sheut (silueta en negro) tratando de reunirse. Papiro de Ani

Al igual que ocurre con religiones actuales (como el cristianismo o el islám) el concepto de resurrección resulta el epicentro de todo un dogma y de una cultura copiosamente dilatada. Para los egipcios el cuerpo humano se dividía en dos estados, físico y espiritual, que durante la vida permanecían en perfecto equilibrio: por un lado encontrábamos el Jat (el cuerpo) y por el otro los elementos intangibles como el Ib (corazón), el Ka (fuerza vital), el Ba (alma), el Aj (la luz), el Sheut (la sombra) y el Ren (el nombre); en el caso particular del faraón, estos bloques etéreos se complementaban con el Sejem (la voluntad divina) y el Sahu (poder y gloria). La oscilación o rotura de la harmonía de este conjunto por un estado (de miedo o depresión) o incluso un golpe (una caída o una herida) era la causante de la muerte, una circunstancia que se completaba con el abandono del cuerpo por parte del Ka (lo que provocaba la descomposición de la carne mientras el Ba aún residía en su interior, inconsciente de la partida de su fuerza vital); precisamente la afirmación de que la resurrección era posible cuando todas las partes se reunían de nuevo en el cuerpo incorrupto, motivó la idea de la momificación, un proceso costoso al que tenían acceso únicamente el faraón y sus allegados. Enterrados en mastabas y pirámides que ofrecían gran esplendor y poca seguridad, los cadáveres quedaban a merced de los ladrones de tumbas, que comenzaban a obviar el sacrilegio que suponía la intromisión en el eterno sueño de la manifestación del dios Horus en la tierra.

Esta situación se agravó con la llegada del I Periodo Intermedio, cuando el pueblo hambriento y ávido de conquista descubrió en la figura del nomarca (encargado de la administración de los nomos o distritos, que debía responder del buen rendimiento agrícola y la recaudación de impuestos) a su nuevo héroe; a este título, encontramos gran cantidad de textos de escribas que ensalzan la generosidad de estos “alcaldes” primitivos, que en algunos casos incluso adulteraban las cuentas sobre los gravámenes reales para evitar la carestía de la provincia, o se presentaban frente al regente para exigirle mejores condiciones o tratos constructivos preferentes con la región, arriesgándose a una ejecución sin apelación posible. No es extraño, por tanto, que el vulgo exhibiese su agradecimiento por medio de la mayor condecoración de su civilización: la construcción de hipogeos, tumbas singulares excavadas en la propia roca que aseguraban la invulnerabilidad del sepulcro.

Vista del hipogeo de Knumhotep II en Beni Hassan

A 20km de Minia y a 270km de El Cairo encontramos los hipogeos de Beni Hassan, una auténtica necrópolis destinada a los nomarcas, cuyas tumbas se encuentran conformadas por pequeñas salas hipóstilas con pilares (muy parecidas a las estancias de un palacio) y un rico y variado ajuar funerario donado por el público espontáneo. El grosso de este yacimiento se corresponde con 39 tumbas de funcionarios, en su mayoría datadas de las XI y XII Dinastías (aunque existen algunas de la VI Dinastía), entre las que destaca la tumba de Knumhotep II sucesor de Amenemhet; este nomarca de Orix, que enfatizó en muchas cartas oficiales la necesidad de un trato justo para la región bajo amenaza de vender los excedentes agrarios a Siria, estuvo al cargo de la construcción de tumbas durante el Reino Medio y tomó la decisión de incluir en cada una series de estelas numeradas con todos los cargos y sucesos biográficos de su poseedor, asegurándose la perpetuación histórica de estas personalidades (acción destinada por entero a los faraones hasta ese momento). En muchos casos (como el suyo propio) añadió escenas pintadas sobre cal, sobresaliendo aquellas en las que se nos presenta al difunto con su esposa Khety e hijos, atrapando y encerrando aves en los pantanos; estos primigenios frescos de caza en las marismas tenían el fin de ayudar a proteger al difunto en su viaje al Más Allá, atribuyéndosele propiedades garantes de su renacimiento.
Resulta fascinante constatar cómo esta situación de elevación de un personaje no divino se continuó a lo largo de los siglos, encontrándonos en el reinado de Tutmosis IV (1400 a 1390 a.C) las cárcavas de Menna (su escriba) y de Najt (su astrónomo), con motivos pictóricos muy parecidos a los antes mencionados, llegando a ser materia de influencia para el programa iconográfico de la tumba de Tutankamón en Luxor (1336 a 1327 a. C.) quien, temiendo la primacía de los altos cargos frente a los dioses, decidió asimilarlos para evitarse conflictos extraterrenales.

Comparativa de los programas iconográficos de las tumbas de Knumhotep II – Menna – Najt

Esta misma actitud táctica llevó a los faraones a recuperar el espacio que habían perdido en el corazón del pueblo por medio de dadivosas medidas agrícolas y comerciales, aligerando aranceles, ofreciendo su auxilio al progreso, y aventajando la erección de los hipogeos reales (destacando el Valle de los Reyes) por encima de las consabidas pirámides, especialmente durante las dinastías XVIII, XIX y XX (de 1550 a.C. a 1070 a.C., es decir correspondientes al Imperio Nuevo). De este modo los regentes se postraban con un cierto tono velado de humildad, equiparaban su bondad con la de los amados nomarcas y creían asegurarse un pedacito del amor y el respeto de su gente, que nunca se atrevería a profanar una necrópolis pétrea. Hasta un cierto punto, los “gobernantes supremos” habían perdido su hegemonía imbatible contra unos pequeños hombrecillos de báculo y ropón, el Alto Egipto había mostrado sus cartas, una nueva era comenzaba y los antiguos hijos de Ra (llamados así desde la dinastía V) debían aceptar (a regañadientes) que no eran únicamente la personificación de un dios si no también los obedientes representantes de los habitantes del Nilo, definitivos hacedores de su poder.
“Cuídate de ser grande para los dioses y más grande aún para el pueblo de Egipto, hijo mío, o el olvido ceñirá su corona sobre ti y tendrás que hincarte buscando la gloria que Osiris haya ofrecido a otro”, había dicho la reina Jentkaus I a su hijo Neferirkara (2458 a 2438 a. C) desde la fría pictografía de su tumba y mil años más tarde, su entonces irreverente comentario, se había cumplido casi como una indefectible profecía.

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