“Qué mundo tan maravilloso” de Lola López Mondéjar

 

Qué mundo tan maravilloso, de Lola López Mondéjar – Editorial Páginas de Espuma, por Almu Ballester.

En la primera parte de los cuentos que componen Qué mundo tan maravilloso se asoman a la narración numerosos guías (patrones de barco, sherpas, guías turísticos, monitores e incluso sibilas consejeras) y todas las mujeres protagonistas tienen nombres que comienzan con la letra M. No creo que sea una casualidad. Marta, Mara, Marie y Malak, Marina, Mayte, Miriam, Marisa y Magda podrían ser la misma mujer y el viaje que todas y cada una emprenden, solas, acompañadas de familia, pareja o amigas, podría simbolizar un mismo viaje. Porque este resulta ser nada más que el accidente, el escenario amable (siempre encantador, casi apabullante) de un traslado momentáneo, mientras que la verdadera travesía, el cambio real, ocurre en el interior de las mujeres protagonistas. Así, son los guías quienes conocen las respuestas que incumben al decorado, los que advierten, los que proporcionan datos: el número de delfines rosas que se pueden avistar, el peligro de una ruta escarpada en un día de lluvia, el momento más vulnerable de una jirafa. Incluso guías (pequeñas y fuertes mujeres hmong) que llevan de la mano a las turistas para que estas puedan experimentar de forma segura la belleza del mundo visitable. Sin embargo, las respuestas a las preguntas que angustian a cada una de las protagonistas solo se elaboran (y resuelven) en un nivel íntimo y mental. Como si al viajar, desprovistas de una rutina que las encorseta e impide que atiendan preguntas más allá de los quehaceres diarios, se vieran de golpe enfrentadas con el conflicto latente y esencial que las define.

La inutilidad de seguir creando. La duda inmensa de no saber si se ama. La certeza de haber llevado una vida que no correspondía. La imposibilidad de proteger. El delicado hilo de la confianza. La culpa amarga por no haber sabido educar. El deseo de hacer daño. El dolor de la pérdida y la soledad.

Existe desde el irónico título una obvia confrontación entre ese mundo maravilloso y bello –que, por otro lado, resulta artificial, pintado a medida del turismo de leyenda y relax– y el amargo desorden que habita en las cabezas protagonistas. La naturaleza idílica no es capaz de mitigar, salvo brevemente, la tensión interior de la viajera, y de hecho parece actuar como elemento catalizador. Leeremos rupturas con el universo que las protagonistas se han traído en la maleta: un pasado artista, un matrimonio, una familia, una amistad de décadas. La vida real (y la muerte) irrumpen sin previo aviso en el viaje para devolver a las protagonistas a las líneas argumentales de su propia existencia.

En el libro de Lola López Mondéjar el amor en pareja duele. En todo el conjunto, los únicos enamorados que aparecen son un mito y además se arrojan al vacío desde una peña. Predominan las dudas y la resignación, como si la autora nos mostrara claramente su punto de vista sobre ese sentimiento claustrofóbico llamado amor romántico. El amor familiar también está contaminado por gritos, incapacidad, despecho y desilusión, si bien hay una pequeña redención en la segunda parte. En un mundo distópico, donde los padres que anteponen el bienestar de sus hijos al propio son excepción, una pareja de setenta años se inmola para que sus descendientes puedan procrear: se quitan de en medio, de su lugar en el mundo, para hacer espacio a los que tienen que venir.

Los guías han desaparecido de los relatos distópicos de la segunda parte del libro. Tampoco hay viajes, ni conflictos: ya solo hay consecuencias. La autora, a modo de advertencia, dibuja un futuro en el que ya no es necesario hacerse preguntas. Un mundo en el que sobran habitantes y los más conscientes (por responsabilidad o por desesperación) optan por suicidarse, de manera ritual o descarnada. Una sociedad en la que perviven viejos conflictos –celos, egoísmo, ambición– y la insatisfacción genera abundante grasa, tan real como metafórica. Grasa que de nada sirve para tapar la desolación de un mundo ya no maravilloso, cuya estructura social se ha convertido en un dios cruel que absorbe y condena a sus habitantes. La distopía que heredarán probablemente los propios hijos y los nietos de las mujeres de la primera parte.

Un cuento rompe sin embargo la tendencia desesperanzadora del resto de los relatos. Se trata  en mi opinión del más seductor: “Pedid un deseo de amor”. También es el único en el que la protagonista no viaja, sino que rescata a otra viajera: su gemela perdida en un centro comercial laberíntico y voraz. Este cuento-alegoría podría representar la fraternidad real entre mujeres (hoy quizá lo llamaríamos sororidad), mujeres que se arropan, se reconocen, bailan juntas y desatienden las llamadas del resto del mundo ordenado y, solo en apariencia, luminoso, para ayudar a sus iguales. Una perspectiva atractiva, femenina y convincente.

Almu Ballester, escritora y lingüista.

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