Extraordinaria versión de “El Castigo sin venganza”, entre el amor desenfrenado y el terror

Por Horacio Otheguy Riveira

En un ambiente de exquisita elegancia, con el escenario iluminado y vestido como si de un ser vivo se tratara, El castigo sin venganza, de Lope de Vega, según la dirección de Helena Pimenta, se erige como un espectáculo de pasiones que corren velozmente hacia el terror desencadenado por un hombre poderoso que teme perder el honor, su capacidad de influencia, todo poder. Joaquín Notario y Rafa Castejón componen magistralmente situaciones clave en una trama que se recrea en el amor paternal bien correspondido por su único hijo, hasta que este se abandona en una pasión jamás imaginada, y lo hace como un adolescente que vive su gozo ilícito con la ilusión de que nunca se descubra. Y en medio de ellos, el objeto de su deseo, una superior Beatriz Argüello, que vade la idealización máxima a la máxima afrenta.

Los tres protagonistas coronan de briosa energía un Lope de 1634 de gran actualidad aportada por la minuciosa versión de Álvaro Tato, respetuoso en lo esencial, adaptando el texto original a una cadencia contemporánea de gran alcance, muy cercana a la desatada violencia de nuestra época en la piel de personajes universales que trascienden los límites del tiempo.

Todo comienza cuando en un ambiente festivo el influyente conde pasea entre desconocidos por cierto barrio, procurando pasar inadvertido para disfrutar de alguna prostituta. Mientras tanto, Federico, su querido hijo, ha recibido la orden de ir a buscar a su futura madrastra, a quien ninguno de los dos conoce. No está nada conforme y se queja a su criado, temiendo lo peor:

… me canso de hablarme
del casamiento de mi padre cuando
pensé heredarle; que si voy mostrando
a nuestra gente gusto,
el alma llena de mortal disgusto, 

camino a Mantua de sentido ajeno,
que voy por mi veneno
yendo a por mi madrastra, aunque es forzoso.

Y el encuentro tan temido se convierte en una sublimación absoluta del amor a primera vista. A partir de entonces la placidez se rompe y todos los personajes se lanzan a una vehemencia irresistible en constante ebullición. Lo locura de amor estalla en una escena de inolvidable revelación erótica, los dos completamente vestidos, apoyados en una pared lateral, y en sus manos junto a la declaración de amor de Federico, la consagración de uno de los momentos más bellos del teatro universal:

Pues, señora, yo he llegado,
perdido a Dios el temor 
y al duque, a tan triste estado
que este mi imposible amor
me tiene desesperado.
En fin, señora, me veo
sin mí, sin vos y sin Dios: 

sin Dios por lo que os deseo,
sin mí porque estoy sin vos,
sin vos porque no os poseo.
Aunque dicen que el no ser
es, señora, el mayor mal,

tal por vos me vengo a ver
que para no verme tal
quisiera dejar de ser.
En tantos males me empleo
después que mi ser perdí 
que, aunque no verme deseo,
para ver si soy quien fui
en fin, señora, me veo.
A decir que soy quien soy
tal estoy que no me atrevo 
y por tales pasos voy
que ni me acuerdo que debo
a Dios la vida que os doy.
Culpa tenemos los dos
del no ser que soy ahora,

pues, olvidado por vos
de mí mismo estoy, señora,
sin mí, sin vos y sin Dios. (…)

De la fascinación idílica a una pasión sexual que se lleva a cabo por una sola vez en el amplio escenario del Teatro de La Comedia, envueltos los intérpretes en una seda roja que les oculta pero de la que se asoman parcialmente desnudos,  situación en la que Federico se descubre felizmente hechizado y Casandra al fin enamorada, fuera de los brazos de un marido impuesto por su padre.

No se dan cuenta del peligro que corren, menos que ninguno Federico, que cuando vuelve a encontrarse con su padre se comporta como un niño perdido incapaz de sospechar que pueda romperse la mutua adoración. Pero su amado progenitor recibe un soplo, un chivatazo que desencadena contradictorios impulsos, envenenados pensamientos que ponen a prueba su voluntad y la de su hijo en torno a una mujer que conlleva la maldición del tercero en discordia… y el escenario se puebla de una corriente de energía tenebrosa, terrible, dulcificada por una banda sonora excepcional, a base de sonidos y melodías truncadas, que acompañan poéticamente y enlazan situaciones entre espacios vacíos, escenario giratorio, enorme espejo de pronto, allá telones, aquí distancias… mientras se entretejen las palabras del más grande autor español de todos los tiempos, enfrentado en la recta final de su existencia al dolor personal, muy enamorado de una esposa trastornada y la decadencia de su éxito ante el avance de otros autores, otros tiempos.

De esa negra energía tan íntima, el genial escritor aprovecha un hecho real ocurrido en el siglo XIV entre Nicolás II de Este, marqués de Ferrara, su hijo Hugo y su esposa, Parisina Malatesta, y lo convierte en una obra maestra en la que lo trágico es a su vez asombroso paseo por el amor y la muerte, ya que el trío protagonista no puede hacer otra cosa que dejarse vivir con la pasión desenfadada de dos jóvenes que descubren la felicidad recorriendo sus cuerpos como si flotaran en un espacio donde nada ni nadie podría lastimarles, y en el extremo pérfido de la realidad, el padre tan dulce se convierte en feroz, condicionado por su situación social y política, perfecto ejemplo del ser humano que se hunde hasta lo más ruin cuando se le presenta la oportunidad adecuada.

La esbelta figura de bailarina de Beatriz Argüello destaca notablemente en su interpretación porque es la expresión de su cuerpo la que encandila, y cuando su voz enhebra sentimientos se produce la perfecta unión con Rafa Castejón, tan entregado al embeleso en que ha caído y del que no aspira a desprenderse jamás. Su composición de hombre enamorado y a la vez adolescente travieso con imaginación suficiente para inventarse un matrimonio imposible con tal de volver a tocar, besar, fascinar a Casandra… alcanza un sobresaliente dominio del recurso actoral.

Helena Pimenta, responsable máxima de los numerosos aciertos y sorpresas audiovisuales, aporta un sobrecogedor epílogo mudo que revela un nuevo punto de vista respecto al Duque de Ferrara y su cruel intervención. Se llega a esta escena con gran emoción, como la que sienten todos los personajes en una dimensión desconocida para ellos mismos de furia, amor y desconsuelo. Una fabulosa historia escrita en el siglo XVII que aquí transcurre hacia finales del XIX, tal vez comienzo del XX, sin precisar ningún año en concreto, con una dimensión atemporal que acerca a los personajes aún más al presente.

 

Atrapados en la tela de araña de un palacio de susurros, espejos y secretos, los personajes se enfrentan a su conciencia con una intensidad desconocida; la belleza de los versos se alía con la aspereza brutal de los conflictos y con un delicado ritmo casi cinematográfico en que las escenas se entrelazan y yuxtaponen. De fondo, la fama como eje de unas vidas abocadas a la mentira va gobernando una trama que desemboca en un desenlace sangriento sin resquicio de esperanza. Helena Pimenta

 

De izquierda a derecha: Carlos Chamarro, Nuria Gallardo, Beatriz Argüello, Joaquín Notario, Rafa Castejón, Javier Collado, Lola Baldrich.

Versión Álvaro Tato

Dirección Helena Pimenta

Intérpretes (por orden de intervención): Alejandro Pau, Fernando Trujillo, Joaquín Notario, Lola Baldrich, Carlos Chamarro, Beatriz Argüello, Javier Collado

Coro: Anna Maruny, Fernando Trujillo, Alejandro Pau, Íñigo Álvarez de Lara

Asesor de verso: Vicente Fuentes

Coreografía: Nuria Castejón

Selección y adaptación musical: Ignacio García

Vestuario: Gabriela Salaverri

Iluminación: Juan Gómez Cornejo

Escenografía: Mónica Teijeiro

COMPAÑÍA NACIONAL DE TEATRO CLÁSICO.

TEATRO DE LA COMEDIA. Del 21 de noviembre 2018 al 9 de febrero de 2019

Encuentro con el público, el 13 de diciembre 2018.

 

 

 

 

 

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