The Guilty (2018), de Gustav Möller – Crítica

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Por Jaime Fa de Lucas.

Siguiendo el concepto de películas como Buried o Locke, en las que la mirada del espectador se ve limitada a un único espacio y gran parte de la tensión viene de las conversaciones telefónicas, The Guilty presenta el día de un policía encargado de recibir las llamadas de emergencia. A través de las conversaciones vamos descubriendo el carácter del protagonista y los entresijos de la trama principal, que se centra en una madre que ha sido secuestrada. Las películas con este tipo de premisas se acercan mucho a lo literario, pues obligan al espectador a completar el apartado visual de esas historias telefónicas con su imaginación, haciendo que la experiencia sea más participativa e inmersiva.

El desarrollo que plantea Gustav Möller no se limita a estar cargado de tensión y ser inmersivo, también guarda un as en la manga –spoilers desde aquí–: el protagonista se implica en exceso en el caso e interpreta las cosas a su antojo sin tener el dibujo completo, algo que inevitablemente también hace el espectador, de tal manera que el descubrimiento final descoloca por igual al protagonista y a la audiencia, pues hace evidente la equivocación. Esto, junto a la actuación de Jakob Cedergren, que lleva todo el peso de la película, es lo más destacado.

Desafortunadamente, The Guilty tiene varios aspectos que dan la espalda a la verosimilitud. En situaciones de emergencia, cada segundo cuenta, y aquí el protagonista gasta demasiado tiempo de cháchara con las víctimas, en lugar de ser conciso y pasar la información a sus compañeros con rapidez para que puedan actuar. No obstante, lo más inverosímil es que las llamadas se geolocalizan en función de lo que le apetece al guion. Al principio vemos cómo la llamada de la mujer desvela de forma inmediata dónde está, pero más adelante no, porque no interesa; tampoco localiza el teléfono del hombre, etc.

La conducta del protagonista tampoco es del todo coherente, ya que hay una contradicción entre su lado inestable y conflictivo y sus ansias por ayudar a la mujer. Para otorgar algo de sentido a este comportamiento se podría interpretar que resolviendo ese caso lograría una especie de redención de sus pecados –relacionados con el juicio que tiene al día siguiente–, pero Möller no acaba de solidificar esa idea y lo que queda es un ligero chirrido que resuena mucho después de que el espectador se quite los auriculares.

 

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