Juan Echanove y Ricardo Gómez en “Rojo”, una obra superior de John Logan

Por Horacio Otheguy Riveira

El pintor Mark Rothko (Letonia, 1903-Nueva York 1970) revive con su sobrecarga de ego mal nutrido y su alucinada percepción del arte en una obra teatral capaz de aunar escalofriante intimismo con grandioso debate de Arte y Conciencia ética en la piel de dos personajes antagónicos: el artista atormentado y el joven aprendiz que le padece. Y entre ambos, la revelación del camino a seguir, la constancia de preguntarse a sí mismo y al otro: ¿Qué ves?

La respuesta la ofrecen Juan Echanove y Ricardo Gómez en una representación que el público despide de pie en larga aclamación que los actores agradecen a punto de desfallecer, tanta es su entrega, tanta la devoción ante el trascendental encuentro entre dos solitarios creadores: el joven que necesita hallar su propia voz y el veterano que acaba por descubrir su capacidad de resistencia al enfrentarse por primera vez al despilfarro de la burguesía que le contrata:

(…) Es el parloteo de los monos y los ladridos de los chacales. No es humano… Y todos son ingeniosos y todos ríen y todos invierten en esto o aquello y todos patrocinan esta o aquella organización benéfica y todos van en sus aviones aquí o allá y nadie mira nada y nadie piensa en nada y lo único que hacen es parlotear y ladrar y comer y los cuchillos click y los tenedores clack y las palabras se cortan y los dientes muerden y rechinan…

Rojo es impresionante en todos los aspectos porque texto y representación conducen al espectador al corazón de muchas emociones, públicas y secretas. Desde el escenario crece, como una hidra voluptuosa, la pasión por el arte, la humana ambición de justicia y la búsqueda de la verdad por muy intrincada que resulte:

(…) ¡Así es la vida ahora! Todo está ‘bien’. Nos ponemos la narizota de payaso y nos resbalamos con la piel de plátano y la televisión lo convierte todo en felicidad y todo el mundo se ríe a todas horas, todo es tan divertido, es nuestro derecho constitucional estar entretenidos todo el tiempo, ¿no? Somos una nación de idiotas sonrientes, viviendo bajo la tiranía del ‘bien’. ¿Cómo estás? Bien. ¿Qué tal te ha ido el día? Bien. ¿Cómo te encuentras? Bien. ¿Qué te ha parecido el cuadro? Bien. ¿Te apetece cenar? Bien… Pues déjame que te diga, ¡no todo está bien!

Da vueltas mirando sus cuadros.

¡¿CÓMO ESTÁS?!… ¡¿QUÉ TAL TE HA IDO EL DÍA?!… ¡¿CÓMO TE ENCUENTRAS?! Indeciso. Inseguro. Preocupado. Enfermo. Condenado. No estoy bien. No estamos bien. Estamos de cualquier manera menos bien…

 

La importancia de Rojo radica tanto en lo que se ha escrito, en los silencios y los diálogos, en la riqueza estructural de sus personajes como en lo que no se ve ni se dice; lo que oculta es tan vigoroso como lo que exhibe. Y los intérpretes lo saben  porque sus cuerpos expresan la vibrante alegría de la revelación y el dolor intenso de la experiencia vital como un peligroso andar a horcajadas entre el éxtasis de la creación y la tragedia de saber que la muerte acecha. La muerte en sus múltiples formas como señala el joven Nietszche en el libro que el protagonista ama por encima de todos, “El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música”.

La trama es muy interesante, pero el fondo es de extraordinaria potencia. En la trama: alrededor de 1958, Rothko, uno de los representantes del Expresionismo Abstracto, trabaja al servicio de un encargo millonario: murales para el elitista restaurante neoyorquino The Four Seasons. En su proceso de creación cuenta con un ayudante que también aspira a ser un gran artista. Discuten, rabian, se admiran, se descubren…

Tras esta buena excusa argumental, la dimensión de la propuesta se extiende hacia campos cultivados con mucho dolor por parte del autor, John Logan, de gran éxito como guionista para series de televisión y películas muy taquilleras de gran calidad. Con pleno dominio del lenguaje escénico consigue un filosófico mensaje envuelto en valiosa síntesis dramática, ya que en hora y media logra imprimir a sus palabras un ritmo y una musicalidad tan atractivos que uno viaja con los personajes adonde quieran que vayan. Consigue que tengamos empatía con el fiero carácter de Rothko porque su egocentrismo está lleno de angustia, pues necesita apresar el infinito y no soporta la tragedia de saberse incompleto, incapaz de abarcar la totalidad universal. A su lado, la juventud tímida, casi adolescente del principio se va transformando en la voz de un muchacho desvalido que lucha por vencer el desasosiego de su orfandad, y crece, evoluciona, se enfrenta al monstruo del maestro, y de lo mucho que se detestan aflora un amor fraternal de gran potencia, liberador. Nunca están completamente solos. Les siguen de cerca discos de vinilo, grabaciones de Schubert, Mozart y otros tortuosos y fascinantes creadores.

La puesta en escena

Gerardo Vera iba a dirigir hasta que lo impidió un problema de salud, ya felizmente superado. Por ello se decidió que Juan Echanove fuera también el responsable de la puesta en escena. Habían trabajado juntos en ocasiones de fantástica enjundia, pues a ellos se debieron inolvidables producciones como Los hermanos Karamázov y Los sueños de Quevedo.

Vera-Echanove, el traductor y hombre de teatro José Luis Collado, el actor Markos Marín, aquí ayudante de dirección, el iluminador Juan Gómez-Cornejo, y el responsable de vestuario y espacio escénico Alejandro Andújar conforman un equipo que no termina de digerir un exitazo que ya planifica el siguiente, nunca en busca de dar la campanada a cualquier precio, sino a partir de aquello que les haga sentirse a gusto consigo mismos, en busca de nuevas herramientas, de mayores creaciones que pongan a prueba lo aprendido y por aprender. De esa creencia están pobladas las emociones que afloran en este Rojo donde cada silencio vale tanto como las ideas que se enroscan en divagaciones de quienes piensan en voz alta mientras miran obras pictóricas que casi siempre el público no ve.

Juan Echanove tiene una muy interesante trayectoria como director. Fue notable su debut con Juanjo Otegui y Pere Ponce en Visitando al señor Green, y de loable éxito enternecedor como director y coprotagonista junto a María Galiana en un dulce melodrama, Conversaciones con mamá. Más tarde resultó divertidísimo dirigiendo a un gran elenco encabezado por Lolita Flores y Pedro Mari Sánchez en La asamblea de las mujeres de Aristófanes en fenomenal versión de Bernardo Sánchez. Ahora comete la osadía de dirigirse a sí mismo en un papel que le llevó mucho tiempo preparar. A más peligro, mayor satisfacción. Kamikaze de emociones que tras tanta experiencia en cine y televisión, resultan más saludables en escena, en el riesgo de cada función cara a cara con un público que también sabe que a su lado va a hacerse preguntas con el corazón en la mano.

Finalmente, la puesta en escena resulta de un valor inmenso en el característico “todos a una” propio del gran teatro, pero más aún con el ambiente familiar de esta Compañía, logrando que los rasgos tan valiosos de Echanove se expandan del actor a la dirección, en el papel de un protagonista muy exigente, obligándole a moderar ímpetu y ternura, agobio y reflexión, en la conformación de un personaje minado de contradicciones, creador apasionante, hombre desgraciado.

A su lado, Ricardo Gómez —con breve, pero muy rica trayectoria teatral (La cocina, Mammón)—, no sólo está a la altura sino que sorprende al afrontar con éxito un trabajo realmente muy difícil para alguien de 25 años, pues debe partir del muchacho asustadizo de la primera escena para introducirse en un duro viaje de iniciación.

Juntos consiguen romper barreras generacionales, recorrer con seguridad las complejas curvas que propone la obra, y lanzarse por la pendiente de los últimos veinte minutos de función dejándose el alma noche a noche, entregando al público tanto de sí que éste se reconcilia con el inevitable vértigo de vivir día a día con uno mismo y sus demonios.

El color expuesto en un lienzo parece la sangre seca de un acontecimiento terrible en la infancia  de Ken, mientras Rothko le observa con aparente indiferencia. Una de las escenas más emocionantes en una función que avanza con gran intensidad.

 

Mark Rothko, Entrance to Subway, 1938.

Mark Rothko, Red and Brown, 1958, el año en que transcurre la acción.

KEN El rojo es el latido del corazón. El rojo es pasión. Vino rojo. Rosas rojas. Pintalabios rojo. Remolachas. Tulipanes, Pimientos.
ROTHKO Sangre arterial.
KEN Eso también.
Rothko piensa en ello.
ROTHKO El óxido de la bicicleta en el jardín.
KEN Y manzanas… Y tomates.
ROTHKO La tormenta de fuego en la noche de Dresden. El sol de Rousseau, la bandera de Delacroix, la túnica de El Greco.
KEN La nariz de un conejo. Los ojos de un albino. Un guacamayo.
ROTHKO El mármol florentino. Un destello atómico. Cuando te cortas afeitándote, sangre en la espuma de afeitar.
KEN Los zapatos de rubí. El Technicolor. Ese teléfono del Kremlin en el despacho del Presidente.
ROTHKO La bandera rusa, la bandera nazi, la bandera china.
KEN Caquis. Granadas. Barrio Rojo. Cinta roja. Colorete.
ROTHKO Lava. Langostas. Escorpiones.
KEN Señal de stop. Coche deportivo. El rubor.
ROTHKO Víscera. Llama. Fauvistas muertos.
KEN Semáforos. El pelo de Tiziano.
ROTHKO Cortarte las venas. Sangre en el lavabo.
KEN Santa Claus.
ROTHKO Satanás. 

ROJO

Autor John Logan

Traductor José Luis Collado

Director Juan Echanove

Ayudante de dirección Markos Marín

Intérpretes Juan Echanove, Ricardo Gómez

Diseño escenografía Alejandro Andújar
Diseño Iluminación Juan Gómez-Cornejo (A.A.I.)
Diseño de vestuario Alejandro Andújar
Selección musical Gerardo Vera

Producción Mikel Gómez de Segura y Zuriñe Santamaría

Agradecimiento a Gerardo Vera por su colaboración en el proyecto.

Una coproducción del Teatro Español, La Llave Maestra y Traspasos Kultur

El encuentro con el público tendrá lugar el día 20 de diciembre tras la
representación. Podrá asistir cualquier persona interesada (entrada gratuita hasta
completar aforo). Presenta y modera Almudena Grandes.

TEATRO ESPAÑOL. SALA PRINCIPAL. DEL 29 DE NOVIEMBRE al 30 DE DICIEMBRE 2018.

22 y 23 diciembre – funciones con servicio de sobretitulado (castellano e inglés) y audiodescripción.

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