En torno al solipsismo

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Por: Pablo Agudo

La soledad no te enseña a estar solo, sino a ser único

El ocaso del pensamiento
E. M. Ciorán

 

¿Qué sucede con el mundo cuando dejamos de mirarlo? ¿Sigue ahí? ¿O, igual que en un sueño, se desvanece cuando ya no es soñado, cuando ya no es percibido? ¿Cómo saber que la realidad que existe ahí fuera existe realmente ahí fuera? ¿Cómo convencerse de que la vida no es sólo una ficción, un sueño obstinado?

Dice Camus en El mito de Sísifo que sólo existe un problema filosófico verdaderamente serio, el problema del suicidio. Tal vez esto sea cierto en el plano práctico. En el ámbito teórico existe, no obstante, un problema anterior, más radical, insoluble, e intelectualmente mucho más agresivo: el problema del solipsismo. La fundamentación de la existencia autónoma o substancial del mundo, como realidad en sí, emancipada del Yo, ha sido uno de los problemas más complejos y recurrentes en la historia del pensamiento. A lo largo de la Historia, cada época ha pretendido dar una respuesta al interrogante de la Verdad, hallar una solución, un refugio último contra el escepticismo. La Modernidad creyó encontrar su reducto en el Yo, en el sujeto que percibe y conoce, ajena a las últimas implicaciones de este hecho. La conquista de la verdad no fue la única consecuencia de la conquista del Yo. La conquista del Yo supuso además una vertiginosa caída en sus profundidades, un cada vez mayor exilio interior, del cual tal vez ya no sería posible escapar.

Mito de sisifo

Mito de Sísifo

Durante la Modernidad el mundo dejó de “estar ahí”, como había estado durante la Edad Antigua y la Edad Media. Desde los inicios de la Edad Moderna y a partir de entonces el mundo se encontraría siempre mediado por el sujeto cognoscente. El mundo moderno no es ya una realidad conclusa que percibo en su pureza, sino que es en mayor o menor medida una interpretación del Yo, cuando no su absoluta creación. El filósofo moderno cayó en la cuenta de que no conocía sol o tierra algunos sino que “sólo es un ojo lo que ve un sol, siempre es una mano la que siente una tierra; que el mundo que le circunda existe sólo como representación, o sea, siempre en relación a otro que lo representa y que es él mismo”. La realidad del mundo no es absoluta, sino relativa a la conciencia.

Es Descartes, con quien queda oficialmente inaugurada la Modernidad filosófica, quien inicia este proceso de este repliegue interior al mostrar la irreductibilidad e inmediatez del Yo. La figura de Descartes supone un cambio de equilibrio, una oscilación desde el mundo hasta el sujeto. La carga de lo real ya no se encuentra en aquél, sino en éste. La duda metódica muestra cómo cada rincón de la realidad puede ser aplazado, puesto entre paréntesis. Todos, excepto uno: la duda misma. El objeto de pensamiento, lo pensado, puede ser suspendido, pero no el propio pensar con el que el sujeto se identifica. Sólo la duda, el pensar, es impermeable al propio dudar. Sólo la existencia del sujeto se presenta con absoluta claridad a sí mismo. En el vacío que engendra la duda se alza ésta como primera y única evidencia. Existe una única certeza. Yo.

Advertí en seguida que aun queriendo pensar, de este modo, que todo era falso, era necesario que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa. Y al advertir que esta verdad – pienso, luego soy – era tan firme y segura que las suposiciones más extravagantes de los escépticos no eran capaces de conmoverla, juzgué que podía aceptarla sin escrúpulos como el primer principio de la filosofía que buscaba.

R. Descartes. Discurso del Método.

 

La sustancia pensante, el Yo, constituye la única evidencia del sujeto. Una vez que se ha demostrado su existencia, se debe demostrar la existencia de todo aquello que se halla fuera de ella, la realidad que se contrapone a mí: el mundo.

La exteriorización o trascendencia del sujeto pasa por hallar una sustancia distinta haciala que desplazarse. Si existe sólo una sustancia, el salto es necesariamente imposible. El movimiento sólo existe en la pluralidad. La intuición me dice que existe, además del pensar con el que me identifico, algo ahí fuera, en el espacio, ajeno al pensar. Existen, aparentemente, dos sustancias: la sustancia pensante (res cogitans) y la sustancia extensa (res extensa). Aunque ambos dominios puedan comunicarse, la existencia de cada una de ellas, en tanto que sustancias, se presupone autónoma. La res cogitans, “el alma”, existiría aun cuando el mundo no existiese, del mismo modo que el mundo permanecería aun cuando el alma fuese disuelta.

No obstante, ¿cómo convencerse de que el mundo – la res extensa– no es sólo un aspecto, un modo del pensamiento, de la res cogitans? ¿Cómo saber que el árbol que veo no es sólo una cogitatio, un producto de la sustancia pensante?  El carácter sustancial del mundo – es decir, el mundo como realidad existente por sí misma – aun debe probarse:

(…) Podemos asimismo imaginar en sueños que tenemos otro cuerpo y vemos otros astros y otra tierra sin que ello sea cierto pues ¿cómo sabremos que los pensamientos que se nos ocurren durante el sueño son más falsos que los demás si con frecuencia no son menos vivos y precisos?

R. Descartes. Discurso del Método.

 

Los sueños o las alucinaciones nos abren a mundos que no existen sino en nosotros mismos, en los cuales la diferenciación de substancias cartesiana carece de sentido. El árbol del sueño no es en absoluto una sustancia extensa, pues propiamente no está en ninguna parte. El árbol, junto a todos los demás elementos del sueño, son sólo res cogitans, meros productos del sujeto, cogitatios. ¿Qué nos lleva entonces a diferenciar las dos substancias en lo que denominamos “realidad”? La nitidez de un sueño no es un argumento contra su estatuto. Descartes conocía perfectamente la importancia y las implicaciones de este problema. Legitimar la “realidad” de la realidad, la substancialidad del mundo, pasa por demostrar la existencia de una entidad ajena al pensar. ¿Cómo saber que tras la realidad no me encuentro yo solo, soñando? Ni el mundo ni las demás personas pueden ser un argumento contra la unicidad del Yo, pues con ambos convivimos también en los sueños. No se trata de encontrar otro personaje del sueño, sino otro soñador:

(…) por mucho que lo estudien los mejores ingenios, no creo que puedan dar ninguna razón suficiente para desvanecer esta duda sin suponer previamente la existencia de Dios.

R. Descartes. Discuro del método.

 

La figura de Dios es en el sistema cartesiano el único elemento que permite la exteriorización del Yo, la transición desde el sujeto hasta el mundo. La disipación del solipsismo requiere la previa fundamentación de Dios, y probablemente tenga razón Descartes al afirmar que sólo esta figura posibilita el movimiento. Para Descartes, la existencia del mundo se fundamenta en Dios, pues sólo éste hace efectiva la distinción de ambas substancias. Si el mundo existe, afirma Descartes, es porque su idea participa de la perfección divina. La idea de mundo, procedente de Dios, no puede ser una idea errónea o equivocada, ya que esto contradiría la naturaleza del ente perfecto. Una idea que participe de la divinidad no puede ser, por definición, imperfecta, de modo que mi idea de mundo no puede ser ilusoria o ficticia. El mundo está ahí en la medida que existe Dios. Sin éste, su substancialidad es infundada. Dios es en el sistema cartesiano el modo de fundamentar una realidad distinta del Yo, una realidad haciala que salir, la condición necesaria de su trascendencia. El Dios de Descartes es, en última instancia, un recurso contra una soledad absoluta, contra una soledad metafísica. El argumento ontológico cartesiano comporta una huida hacia delante – hacia fuera – originada en el vértigo de la unicidad. Sólo si Dios existe no existo sólo yo.

No obstante, aunque la substancialidad del mundo pueda ser una creencia intuitiva, es difícil sostenerla racionalmente. Aunque creamosque el árbol que vemos permanece existiendo aun cuando no lo percibimos, un análisis más profundo mostrará el carácter paradójico de esta afirmación. Después del giro efectuado por Descartes, quien desplazaría “carga de la realidad” desde el objeto hasta el sujeto, sería Berkeley quien ahondaría este proceso de repliegue interior al mostrar que la res extensacartesiana no es en realidad más que res cogitans, subrayando el carácter paradójico de esta diferenciación. Una entidad sensible (cualquier elemento del mundo) despojada de todos los elementos constitutivos relativos a un sujeto perceptor carece de sentido. Un árbol no-percibido es una realidad incolora, carente de textura, sin una figura precisa ni un tamaño determinado, sin aroma…una realidad demasiado próxima a no ser nada, demasiado próxima a una irrealidad. Un árbol no-percibido no es sólo una realidad de la cual no tenemos ni podemos tener una imagen, sino que su propia idea es contradictoria. No es nada. Esse est percipi: ser es ser percibido. No existe nada trasel árbol que veo, nada que soportemi visión del mismo. Mi noción de árbol como entidad conclusa y existente por sí misma es un producto de mi imaginación. Lo que veo ante mis ojos no es una res extensa, sino una idea, un producto de mi subjetividad. Considerar la substancialidad  del árbol que veo (es decir, considerar que existe algo bajolo inmediatamente percibido) tiene tanto sentido como considerar la substancialidad de un árbol soñado. Ambos carecen de sentido sin un sujeto. El árbol “real” dejará de existir cuando no lo perciba, del mismo modo que el árbol soñado se desvanecerá cuando despierte.

Es extraño, ciertamente, que prevalezca entre los hombres la opinión de que las casas, las montañas, los ríos y, en una palabra, todos los objetos sensibles tienen una existencia natural o real, distinta de la de su ser percibidos por el entendimiento. Mas por mucha que sea la seguridad y la aquiescencia que en el mundo se da a este principio, quienquiera que se haga cuestión de él en lo íntimo de su corazón, se dará cuenta de que dicho principio implica una contradicción manifiesta. Pues, ¿qué son los objetos arriba mencionados sino cosas percibidas por el sentido? ¿Y qué es lo que percibimos que no sean nuestras propias ideas o sensaciones? ¿Y no repugnaría de modo palmario el que algunas de éstas, o una combinación de las mismas, existieran sin ser percibidas?

G. Berkeley. Principios del conocimiento humano

 

El mundo de Berkeley, al contrario que el mundo cartesiano, no está ahí, no es extenso, sino sólo pensado (una idea carece de extensión, de lugar). Todo cuanto se da en el mundo – incluyendo mi propio cuerpo – es sólo una idea de mi alma, una realidad indisociable del pensamiento. Aquello a lo que llamo “realidad”, definitivamente, no difiere de un sueño más que por su grado de obstinación.

Pero si el sueño comprende la totalidad, es demasiado pesado para ser yo su soñador. Berkeley, igual que Descartes, recurre a la idea de Dios como medio de trascenderse a sí mismo, como medio de fundamentar el mundo. La realidad es una especie de sueño, pero no mío, sino de Dios. El hecho de que el árbol que veo no se desvanezca cuando dejo de mirarlo se debe a que existe en todo momento en una percepción absoluta. Aunque su idea (lo único que de él existe) desaparezca de mi subjetividad cuando giro la cabeza o cierro los ojos, el árbol permanece en una subjetividad trascendente. Sólo un percipiente absoluto fundamenta un mundo estable, sustancial, una realidad no reducida al inmediato ser-aquí-ahora en un sujeto particular. Dios es la fundamentación metafísica del mundo. El mundo existe en todo tiempo y todo espacio en la medida en que existe una percepción no circunscrita al instante, esto es, omnisciente y eterna.

Cuando niego a las cosas sensibles una existencia fuera de la mente, no me refiero a mi mente en particular, sino a todas las mentes. Ahora bien, está claro que tienen una existencia exterior a mi mente, pues encuentro por experiencia que son independientes de ella. Hay sin duda, alguna otra mente en la cual existen, en los intervalos que separan los momentos en que las percibo; así existían antes de mi nacimiento y existirán después de mi aniquilamiento. Y como lo mismo ocurre con respecto a todos los otros espíritus finitos creados, se sigue necesariamente que hay una mente eterna, omnipresente, que conoce y abarca todas las cosas y nos las presenta ante nuestros ojos.

G. Berkeley. Tres diálogos entre Hylas y Filonús

 

La realidad de Berkeley es similar a un sueño de Dios del que participan todas las almas. Las tres sustancias cartesianas (Yo, Dios, mundo – por ese orden – ) quedarían reducidas a dos (Dios y Yo, Dios y las almas). La realidad estaría conformada por un conjunto de almas parciales que participarían de un alma absoluta. Aunque la concepción de la realidad como un sueño de Dios pueda parecer extravagante, no es, sin embargo, completamente original. En la tradición hindú, cuyos postulados metafísicos se aproximan sorprendentemente a las tesis de Berkeley, la realidad es precisamente eso: un sueño de Brahma, cuyos sucesivos despertares y ensoñaciones dan lugar a sucesivas e infinitas creaciones y destrucciones del Universo.

Tanto en el pensamiento cartesiano como en el pensamiento de Berkeley, la figura de Dios es la condición necesaria para que el sujeto halle una realidad ajena a sí mismo. Descartes tiene razón al afirmar que la posibilidad de trascender el Yo pasa por afirmar la idea de Dios. Su supresión implicaría un retroceso en el argumento cartesiano, una inversión de su sentido. En vez de ir desde el Yo hasta el mundo, se retrocede desde el mundo hasta el Yo. La supresión de Dios implica reducir el mundo al sujeto – necesariamente irreductible – , disolver las tres sustancias (Yo – Dios – Mundo) en una sola, un retroceso hasta la única evidencia sostenible: Yo. Si Dios es suprimido, el sujeto asume el papel divino de Creador de lo real. Crea y vive la realidad al mismo tiempo, igual que en un sueño. No existe nada más que Yo.

El hombre es impenetrable al hombre, y el individuo reduce el universo a la respiración de una sola alma. La obsesión por uno mismo es el hecho fundamental del que se derivan todos los errores de la vida –y la posibilidad de la misma. La sensación de la propia existencia es el único dato absoluto del yo; sin ella el edificio del mundo se evaporaría como una fantasmagoría.

E. M. Ciorán, Extravíos

En este primer y único estado de certidumbre, el mundo entero no es más que una extraña ficción, una sombra de mi propia mente. Igual que en un sueño, todo cuanto en ella se da no es sino una manifestación suya. Los peatones que caminan por la acera, los árboles, la fuente, las montañas y las nubes, no son realidades distintas de mí mismo. No existe una diferencia entre “yo” y “el mundo”, ambos son idénticos. Las personas con las que convivo y me relaciono parecen ser realidades análogas a mí, almas distintas que conocen e interpretan como yo, pero su existencia no es más probable que la de los personajes de mis sueños.

 

Una de mis preocupaciones constantes  es la de comprender cómo es que las demás personas existen, cómo es que existen almas que, no sean la mía, consciencias extrañas a mi conciencia, que por ser consciencia, me parece única. Comprendo bien que el hombre que está delante de mí me habla con palabras iguales a las mías y me hace gestos iguales a los que yo podría hacer, sea, de algún modo, mi semejante. Lo mismo, sin embargo, me sucede con los grabados que sueño en los libros ilustrados, con los personajes de las novelas, con los personajes que pasan por la escena a través de los actores que representan. Nadie, supongo, admite la existencia real de otra persona.

F. Pessoa, El libro del desasosiego

 

La idea de Dios es tal vez el único recurso contra el solipsismo, la única posibilidad de ir más alláde uno mismo, de mi propio ser. Sólo en ella es posible aun concebir la realidad del mundo y de otras sustancias pensantes semejantes a mí. Para quien desconoce o desprecia este recurso, cualquier pretensión de huir de sí está condenada al fracaso. Todo intento por dar un paso hacia otro lugar desembocará una y otra vez en la única realidad plausible: Yo.

Solus ipse: sólo yo. El solipsismo es una soledad absoluta, una soledad metafísica.

Tal vez sólo exista un reducto contra el solipsismo:

los solipsistas.

 

Estás perdido Altazor

Solo en mitad del Universo

Solo como una nota que florece en las alturas del vacío

Altazor, Canto I

Vicente Huidobro

Una respuesta a En torno al solipsismo

  1. El Dios al que recurren las avanzadas mentes solipsistas que se asustan de la profundidad de sus razonamientos,no es un “creador” volitivo,por que ello implicaría un conocimiento previo de “la cosa” aun no creada.Solo es posible la existencia única de una conciencia “consciente” cuya única actividad solo puede ser pensar,y al hacerlo nacen a la existencia e inmediatamente se desvanecen los infinitos universos individuales.Es decir:A Dios la creación “le sucede”.
    Dijo Krishnamurti:”…la verdad está dentro de cada uno,y es distinta para todos”

    Luis Ramón Gorosterrazu
    3 enero 2019 at 19:49 pm

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