“Mauthausen. La voz de mi abuelo”: un asunto de hombres en manos de dos mujeres de teatro

Por Horacio Otheguy Riveira

Un anciano recuerda, su nieta actriz graba su relato, y luego brota el teatro con la energía de una naturaleza imparable. Inma González le ofrece el material a Pilar G. Almansa y esta le da forma escénica, primero como texto, luego como puesta en escena. En el apasionante memorial sólo se registran hombres crueles frente a hombres en peligro. Víctimas y verdugos masculinos. A lo largo de los años una sola vez aparece una mujer, y lo hace en una fotografía que lleva un prisionero. Es su hermana, y el protagonista de esta historia queda flechado: “Con esta me caso yo”. Es el único momento en que en medio del vendaval de recuerdos alguien del sexo femenino se cruza con el protagonista, y lo hace en silencio, sin otro ensueño que el del vigoroso, y primerizo, deseo del amor. Todo lo demás, a caballo de la ruindad de criminales uniformados, la desprotección de la mayoría y la fortaleza de unos pocos, se entrega al espectador con una briosa estética que aprovecha las principales corrientes europeas del siglo XX, desde el expresionismo alemán a las experiencias brechtianas, pasando por la gran influencia del simbolismo del belga Maurice Maeterlinck (1862-1949). Todo expresado con la fluidez de quien ha sabido asimilar la experiencia de los maestros. De tal manera, Mauthausen. La voz de mi abuelo, encuentra su propio estilo a través de dos entrañables mujeres de teatro.

Terminada la guerra civil, a Francisco Franco, el líder fascista que dirigiría España como un cortijo nacional-católico durante 36 años —con el aval de la burguesía y sus banqueros—, no le tembló la voz al asegurar a los alemanes que “los españoles que están fuera de España no son españoles”. Gracias a ello, millares de combatientes republicanos fueron apresados en los campos de refugiados franceses cuando Alemania expandía su ambición universal. En la insuficiente bibliografía existente, esta pieza aporta la mirada de quien vive la angustiosa situación como una juvenil aventura en la que un muchacho madura a base de ingenio y capacidad de adaptación:

Manuel Díaz cuenta su huida de España tras la sublevación de Franco y el periplo que le llevó recorriendo Europa hasta el campo de concentración de Mauthausen, en el que estuvo desde 1940 hasta la liberación del mismo al final de la guerra.

Fundamentalmente, en tanto experiencia teatral, Mauthausen, la voz de mi abuelo, cuenta con el punto de vista de dos mujeres que valen por todos los hombres que estaban en aquel campo padeciendo el totalitarismo de quienes confiaban en quedarse mandando para siempre. El resultado es un espectáculo de gran sensibilidad a lo largo del cual Inma González representa a su abuelo en aquellos años, de los 16 a los 19, en una loable interpretación de tonalidad precisa. Su cuerpo se mueve y articula en función del personaje, un chaval que narra y muestra, que relata y actúa, en un impecable equilibrio de fuerzas. Así, la dramaturgia y dirección de Pilar G. Almansa compone una función muy dinámica, que une la potencia de los antiguos relatos orales (por momentos creemos ver al anciano que rememora entre lágrimas y sonrisas) con la vibrante armonía de un eficaz texto dramático a través del cual seguimos al joven que una y otra vez busca las palabras justas para comprender él mismo, y hacernos partícipes a quienes le escuchamos, lo que ha vivido, y sobre todo cómo fue que salió indemne “porque yo me salvé de milagro”, “me salvé porque tuve suerte”, “me salvé porque jugaba bien al fútbol y entretenía a los alemanes que, además de matar, vigilarnos y pegarnos, se aburrían mucho, allí los días eran demasiado largos”.

Mauthausen reúne anécdotas y situaciones de color variopinto, mechadas del humor español que todo lo “cachondea” mezclando su risa con las lágrimas del desamparo y la impotencia, como un sinfín de ráfagas de esperanza que surgen cuando ya nada bueno parece posible.

El buen ritmo de las situaciones se plantea en un espacio escénico rico en sugerencias, una iluminación muy cuidada, que aporta información, además de embellecer situaciones de choque, y una música con aire cinematográfico, que emparenta adecuadamente con el espacio sonoro creado por el mismo compositor. Una suerte de armonía que nos doblega y enaltece, porque asistimos al relato de un hombre que considera que se ha salvado porque “alguien tenía que contarlo”, y al esfuerzo de una actriz que es a su vez una nieta vivaracha, incansable buscadora de tesoros, que se entrega en cada representación con muy buenos recursos actorales y también emociones a tumba abierta —nunca mejor dicho—, al dar forma a una sucesión de situaciones límite que desembocaron en un superviviente que resistió con una doble fortaleza: moral y física, de la cual, tras muchos hijos y nietos también se asoma ella, Inma González hacia una carrera muy prometedora.

Las representaciones se producen sólo los domingos, a sala llena, en medio de un silencio cómplice y unos aplausos emocionados al final. Merece larga temporada con la visita obligada de estudiantes para que tamaño esfuerzo consiga el objetivo último de recordar para no repetir, de insistir a través del relato de los españoles en peligro dentro de la boca del lobo de los campos de concentración, con el triángulo azul cosido en la pechera que les definía como tales, a causa del desprecio de los que ganaron la guerra civil española: desprecio hacia todos los que perdieron una contienda injusta y criminal que continuó en larga posguerra.

Junto a aquellos prisioneros, otros triángulos: verdes para los meros delincuentes; amarillos para los judíos; rosas para los homosexuales; triángulo rojo invertido para los presos políticos, socialdemócratas y comunistas sobre todo… Y el hambre, el frío, el fútbol que les distraía por unos minutos, los trenes que les llevaban a destinos peores… y la guerra que finalmente perdieron los que habían avanzado destruyéndolo todo a su paso con afán de dominar el mundo.

 

Manuel Díaz, “el Lenteja”, relata su peripecia con la calma y la sencillez del que ha presenciado la atrocidad. Sin alharacas. Sin dramatismo. Sin concesiones.

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También en CULTURAMAS:

Mauthausen, después. Voces de españoles deportados

“El triángulo azul”, magistral creación teatral

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Dramaturgia y dirección Pilar G. Almansa

Intérprete Inma González

Espacio escénico Pilar G. Almansa e Inma González

Espacio sonoro y música original Luis Miguel Lucas

Ambientación de vestuario y zapatos María Calderón

Ambientación de escenografía Rubén Díaz de Greñu

Realización de escenografía Agustín López e Inma González

Diseño de iluminación Jesús Antón

Diseño gráfico Mamen Fernández

Dirección y montaje trailer Sergio Milán

Producción Trajín Teatro

TEATRO NAVE 73. Domingo 6, 13, 20 y 17 de enero. Hora: 19:00h. Precio: 12€ anticipado // 14€ taquilla 

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