Lo que esconde Silver Lake (2018), de David Robert Mitchell – Crítica

 

Por Jaime Fa de Lucas.

Un joven coquetea con la vecina de al lado y se queda prendado, pero al día siguiente descubre que ésta se ha mudado sin decir nada. El joven se lanzará a su búsqueda por la ciudad de Los Ángeles, viviendo por el camino una odisea estrafalaria repleta de códigos extraños, referencias al cine y a la cultura popular de los años 80 y 90 y momentos absurdos y surrealistas.

Lo que esconde Lo que esconde Silver Lake, en manos de David Robert Mitchell, son innumerables capas de información que confunden tanto al protagonista como al espectador. Se arrojan infinidad de misterios y la sobrecarga es considerable: el asesino de perros… la chica que se muda sin avisar… el tío raro que ha escrito el cómic… las señales… la muerte de Sevence… la conspiración de los ricos y poderosos que tienen acceso a otras cosas… quién es el hombre del parche… mensaje secreto en la música del grupo raro… las tres chicas… la mujer asesina… etc. Es demasiado y acaba empachando.

En general, lo que plantea Mitchell es interesante, especialmente esa idea de que hoy en día vivimos en un mundo frívolo abarrotado de estímulos e información y en el que apenas hay misterios porque todo está descubierto. Así, el protagonista se sumerge en un rompecabezas urbano y acaba creando su propia paranoia para tener algo que impulse su vida.

El principal problema de Lo que esconde Silver Lake es que lo único que está haciendo es vomitar las ideas de Thomas Pynchon –léase V. (1963) o La subasta del lote 49 (1966)– e indirectamente las de todas esas obras que tras él se han apoyado en el concepto de entropía –el referente cinematográfico más cercano es Puro vicio (P. T. Anderson, 2014), que a su vez está basada en una novela de Pynchon–. Es un problema porque comparado con lo que expone Pynchon, esto es un mero ejercicio nostálgico, banal y autoindulgente que no es capaz de estimular ni intelectual ni emocionalmente.

A nivel narrativo, la prosa cinematográfica de Mitchell no es lo suficientemente potente para que el camino del protagonista nos impacte y la concatenación de sucesos resulta bastante caprichosa. Tampoco creo que Mitchell sea consistente con el tono ni con el carácter del protagonista. La atmósfera de misterio no está conseguida, las pinceladas cómicas apenas llegan y el protagonista tiene una personalidad anodina, pero si te descuidas se pone a gritar y a pegar a la gente, incluso es capaz de matar de forma violenta. Además, las pseudoepifanías que vive no golpean al espectador con intensidad, de hecho se intenta utilizar la banda sonora para reforzar ciertas situaciones, pero no se consigue nada, ya que en realidad no se aprecia una evolución interior clara, ni Mitchell sabe cómo entretejer los códigos para construir algo significativo.

La omnipresencia del sexo es algo que puede resultar molesto, aunque creo que es interesante ya que, por un lado se critica cómo los anuncios venden sexo, pero por otro lado la película absorbe eso y vende sexo deliberadamente, algo que habla de cómo el capitalismo influencia a las creaciones y cómo éstas –y la película se señala a sí misma– pueden ser hipócritas. También me pareció interesante la escena con el compositor y la crítica al capitalismo… Todo es una farsa porque todo está hecho para ganar dinero y manipular, pero si no te das cuenta de eso, puedes seguir disfrutando de esas cosas como un tonto. Esto puede ser ligeramente revelador para algunos, pero pierde fuerza por expresarse verbalmente y de forma tan repentina, no como producto de una catarsis merecida por el protagonista.

En definitiva, da la sensación de que Mitchell lanza todo lo que tiene a la boca del espectador y éste mastica y degluce como puede, aunque la tarea más ardua es la de digerir. No cabe duda de que la obra de Pynchon es mucho más inteligente e inspiradora, pero requiere más esfuerzo, algo que quizá no estén dispuestos a hacer los jóvenes de ahora. Lo frustrante es que Lo que esconde Silver Lake es mucho más accesible pero logra mucho menos. Un smoothie insípido con los ingredientes de Pynchon para la audiencia “posmoderna”.

 

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