Alejandro Roy, tenor: “Las pasiones humanas son las mismas, ahora que en la época de los faraones”

Por Alberto Medina

Los amantes del bel canto tendremos el lujo de disfrutar la ópera “Aida” en el Teatro Cervantes de Málaga los próximos 1 y 3 de marzo. Uno de sus mayores alicientes consiste en disfrutar la creación de Alejandro Roy encarnando a Radamés. El tenor gijonés ha cantado en la mayoría de teatros españoles y europeos, desde ópera (CarmenToscaTurandot, La Bohème…) a zarzuela (Doña Francisquita, El gato montés, Curro Vargas…) pasando por el concierto (Das Lied von der Erde, 9ª Sinfonía de Beethoven…) y la música sacra (Petite Messe Solennelle y el Stabat Mater de Rossini). Ahora le toca volver a Málaga encarnando por primera vez el papel del capitán egipcio.

Hemos tenido la oportunidad de hablar con él tras cantar a Don José de la ópera Carmen.

Bienvenido al Teatro Cervantes. Si no nos equivocamos, en este teatro cantaste la zarzuela “La Marsellesa” en 2011. ¿Qué sientes al volver a Málaga de nuevo?

Muchas gracias. Además de la recuperación de la zarzuela de Fernández-Caballero, he cantado Doña Francisquita, El rey que rabió y las óperas La sonnambula y Macbeth. Estoy muy agradecido al teatro Cervantes que siempre ha contado conmigo. Es un gusto volver a esta preciosa ciudad en la que me siento como en casa.

Málaga 02/06/2011 Puesta en escena de la zarzuela La Marsellesa en el Teatro Cervantes.
Foto: Daniel Pérez/Teatro Cervantes

¿Es tu primera vez en el papel de Radamés, protagonista de la ópera Aida? ¿Qué características crees que son esenciales para dar vida a este personaje?

Así es, éste será mi debut como Radamés. Es un papel exigente a nivel técnico, brillante en su tesitura, y que requiere una voz con cierta potencia. Creo que dada la condición de hombre bueno y leal del personaje, debe interpretarse buscando la mayor belleza posible en el canto, intentando compaginar el estilo heroico de la partitura y la gran orquestación.

¿Cuáles crees que son las escenas más emocionantes de tu papel?

Sin duda Radamés es un rol que destila intensidad y emoción desde la primera nota hasta la última. Así como otros papeles tienen momentos de reposo, en este caso me resulta difícil destacar alguna parte en concreto, pero si tuviera que quedarme con un momento que me produzca una emoción especial, éste sería la bellísima aria Celeste Aida. En esta ópera se da la extraña circunstancia de que este momento álgido se produce al principio de la obra, lo cual le añade un punto de dificultad puesto que hay que afrontarla en frío.

¿En qué tipo de tesituras de tenor te mueves? ¿Ligero, dramático…?

Nunca me ha gustado encasillarme en un adjetivo. Esto es una tendencia de los últimos años que, creo, sólo ha servido como “coladero” para determinadas voces. El artista debe afrontar los diferentes roles desde sus características particulares, con su propio carisma. Así podemos escuchar en aquellas grabaciones históricas a un Giacomo Lauri-Volpi, cantando con voz y estilo impecables, desde I puritani hasta Otello, así como a un Beniamino Gigli en un magistral L’elisir d’amore o en Cavalleria rusticana bajo la batuta del propio compositor, Mascagni, en una interpretación verista incuestionable. Y recalco “incuestionable” porque Gigli era del gusto del citado compositor.

Si en la edad de oro del canto, es decir la primera mitad del siglo XX, se hubieran etiquetado las voces como sucede en la actualidad, hoy no contaríamos con el testimonio de las interpretaciones de aquellos inigualables artistas que abordaban con maestría desde el más preciosista bel canto hasta el más intenso verismo.

¿Tu familia tiene algún tipo de relación con la música?

No procedo de familia de músicos. En ese aspecto soy una “rara avis”.

¿Cómo ha sido tu formación? ¿De qué profesores guardas mejor recuerdo?

Empecé bastante tarde a estudiar música.

A los catorce años compaginaba, como buenamente podía, los estudios en el instituto, las clases de solfeo y piano, el trabajo junto a mi padre en el negocio familiar y cantar canción ligera en salas de fiesta y discotecas, para contribuir a la economía doméstica, fueron tiempos de mucho esfuerzo pero de recuerdo muy feliz.

Las primeras clases de canto las recibí en Oviedo, dónde conocí a mi mujer, que estaba finalizando sus estudios de piano y comenzando los de canto. Luego nos trasladamos juntos a Madrid donde estudiamos con diversos maestros: la soprano Ángeles Chamorro, la mezzo-soprano Ana María Iriarte, la soprano Inmaculada Egido, el barítono Vicente Sardinero

Con todos ellos aprendimos mucho, no cabe duda, pero fue el encuentro con nuestra querida maestra Fedora Barbieri lo que marcó un antes y un después. Con ella descubrimos el enorme tesoro que supone la tradición del canto. Nos sumergimos en la técnica del ilustre tenor y compositor del siglo XVIII  Manuel García. Nos trasladamos a Florencia para recibir sus clases y debo decir que nos recibió con una generosidad y un cariño extraordinarios. Nos pasábamos horas y horas en su casa, pues nunca miraba el reloj y contaba con un asistente particular que hacía las veces de pianista. Hablábamos largamente de sus experiencias y de todo lo que rodea el mundo de la ópera. Fue inolvidable. Todo esto nos lo costeamos “a pulmón” mi mujer y yo, trabajando muy duro, pues jamás se nos concedió una beca en España. Y debo añadir que esta noble mujer nunca nos cobró más de lo que podíamos pagarle… nunca se lo podremos agradecer lo suficiente. En casa la recordamos con gran cariño y admiración.

Después del fallecimiento de la señora Barbieri, las riendas de mi técnica las ha cogido mi mujer, que afortunadamente aúna las condiciones de pianista y cantante, continuando el legado y la forma de ver el canto de los maestros repertoristas del siglo XIX.

¿Cuáles fueron tus primeras influencias? ¿Y tus primeros papeles?

Como Pollione en Norma de Vincenzo Bellini.

Mi primer contacto con la ópera se produjo a los catorce años escuchando las inigualables interpretaciones y al tiempo tan dispares de Miguel Fleta, Giovanni Martinelli, Manuel Ausensi, Kirsten Flagstad, George London, Katheleen Ferrier… por nombrar a alguno de ellos. Afortunadamente tuve la gran suerte de tener acceso a grabaciones antiguas por medio de una persona cercana a mi familia, lo que ha tenido enorme influencia en la forma, digamos “a la antigua”, de enfocar mi profesión.

Los primeros papeles de un cantante suelen llegar de una manera imprevista y poco planificada. En mi caso mi debut se produjo con Tonio de La fille du regiment en el teatro de la Zarzuela de Madrid, con la original escenografía de Botero. Después llegaron Il barbiere di Siviglia, L’elisir d’amore, La sonnambula, Stabat Mater de Rossini, entre otras.

Para mí siempre ha sido una prioridad aportar a todos los personajes que han ido llegando a mis manos, toda la “verdad” que me ha sido posible. Me siento en la obligación moral de ofrecer al espectador un trabajo lo más bello y honesto posible, en estos tiempos en los que está de moda maltratar al público con espectáculos mediocres y de mal gusto. Siempre me he sentido muy querido por los espectadores que van al teatro. El público es casi lo único sincero que queda en esta profesión: no se deja engañar, aplaude cuando le gusta y protesta cuando no le gusta.

¿Has descartado algún papel que no te convencía?

Hasta este momento he abordado todos los papeles que me han ido llegando. Ha habido, por decirlo de alguna manera,una providencial simbiosis entre la propia evolución de mi carrera y la llegada de los diferentes roles.

¿Qué papeles te gustaría encarnar?

Realmente no tengo una ansiedad por un papel en concreto. Por ahora han ido llegando en un orden perfecto, y no me gusta materializar el futuro. Pero, añadiré que siento gran debilidad por el personaje de Tristán. Es una partitura absolutamente brillante. Tristán e Isolda me conmueve de una manera muy especial.

¿Cuál es el proceso mental y físico que atraviesas cuando vas a por una nota aguda en el escenario?

Es indudable que no es una situación fácil, mentiría el cantante que dijera que no es un momento de tensión. Mi forma de afrontarlo es con la máxima concentración, toda la técnica y el arrojo posible.

Hoy en día una ópera del siglo XIX que puede ser visualizada en los cines e incluso por internet. ¿Te asusta el papel de las nuevas tecnologías en un mundo tan cerrado como el de la ópera? Incluso dijo Verdi que “Retorna a lo antiguo y serás moderno”.

El gran problema de visualizar las óperas en el cine y más concretamente por Internet, es el hecho lamentable de que se pierde toda la magia del teatro. Las grabaciones antiguas estaban hechas con sumo cuidado, siempre al servicio de la voz y por supuesto de la obra. Hoy en día las retransmisiones enfocan la ópera desde un punto de vista exclusivamente visual, sin importar la calidad de las voces o del montaje. Y ya no hablemos de las grabaciones de Internet que cualquiera puede hacer con un móvil y que dejan mucho que desear en cuanto a calidad de sonido.

La gente que ve la ópera a través de una pantalla no puede distinguir la nobleza del espectáculo. El mismo cantante que resulta atractivo en una grabación puede ser una enorme decepción en el teatro. Hace años sólo realizaban grabaciones los artistas que ya se habían consagrado en un escenario.

Por otro lado, cualquiera puede grabar con un móvil y dado que los artistas somos humanos y tenemos malos días, estamos más expuestos que nunca. Siempre había existido un respeto por el cantante, manteniendo en el olvido las grabaciones menos favorecidas, pero ni siquiera los cantantes consagrados y ya desaparecidos están a salvo de  esta tendencia a sacar los trapos sucios para” deleite” de algunos.

Como Macduff en Macbeth de Giuseppe Verdi.

Radamés desafía al rey de Egipto para morir junto una esclava etíope. ¿Existen motivos para estar en contra de la sociedad actual?

La historia de amor, celos y política que conforma esta trama podría darse en cualquier época histórica. Las pasiones humanas son las mismas ahora que en la época de los faraones. Efectivamente estamos viviendo unos tiempos complicados. Hay un inquietante paralelismo entre el Egipto cruel, opresor y oscuro, y la situación política actual a nivel mundial. Se  está imponiendo una dictadura silenciosa, a nivel mundial, en la que cada vez tenemos menos libertades y más obligaciones con el Estado. Estamos perdiendo nuestra idiosincrasia y nuestro sentido de la libertad, tanto a nivel individual como colectivo. Es preocupante observar cómo en los vecindarios o en los pueblos la gente cada vez se relaciona menos y crece la desconfianza. Se han perdido los límites del respeto y la educación y parece que todo vale. Es difícil definir esta situación en la que somos la sociedad más “avanzada” de la historia y a la vez la más desquiciada. Personalmente creo que la única posibilidad de supervivencia de nuestra cultura occidental es nadar contracorriente.

Has cantado tanto en España como en Europa. ¿El público responde de la misma manera?

Como ya he dicho el público me ha dado las mayores satisfacciones, he tenido que bisar en lugares tan dispares como la Arena de Verona o el teatro de La Zarzuela. Dicho esto, dado que mi carrera se está desarrollando más fuera de España que dentro, siempre me ilusiona ver la reacción apasionada y tremendamente cariñosa del público español, de mis compatriotas al fin y al cabo. Realmente es un público de categoría.

Colaboraste hace unos años en un disco sobre música popular asturiana. Fuera de Asturias, poca gente conoce que Asturias tiene también una lengua propia, el asturiano (asturianu), ¿tú la hablas? Si tuvieras que explicarle a alguien de fuera de Asturias qué es y cómo es esa lengua, ¿qué le dirías que es?, ¿cómo presentarías esta lengua?

Debo puntualizar que el asturiano no es una lengua. En Asturias se habla el español adornado con un pequeño conjunto de dejes y palabras que provienen del castellano antiguo y que han pasado de una manera natural de generación en generación, esto lo sabe cualquier persona que haya pasado unos días en Asturias. No me parece muy buena idea crear un problema social donde no lo hay, viendo lo que está pasando en otras comunidades. Yo tengo sangre asturiana y aragonesa, como todos los españoles compartimos un árbol genealógico que se ha conformado con una mezcla de las diferentes regiones y la unión a través de un mismo idioma. Me siento muy orgulloso y enamorado de mi tierrina, nací en Gijón escuchando el  acento cantarín asturiano, que yo mismo poseo. Vivo en una aldea en las montañas asturianas donde la gente habla en español con este acento característico,  pero es muy preocupante que un pequeño grupo de personas con oscuros intereses, estén provocando un conflicto social en esta región que siempre se ha caracterizado por su espíritu acogedor. ¿Pero de verdad, en pleno siglo XXI podemos estar involucionando hacia más divisiones, cuando deberíamos unirnos para luchar juntos por una convivencia cada vez mejor?

El pasado diciembre, “La flauta mágica” firmada por Graham Vick tuvo una gran polémica  en el Palau de les Arts de Valencia por sumergir la acción en un campamento de inmigrantes. ¿Qué opinas con esta experimentación? ¿Prefieres una puesta en escena más conservadora?

Para empezar más que una experimentación me parece introducir un tema político gratuitamente. Yo no conozco este montaje en concreto, pero, francamente, “La flauta mágica” nada tiene que ver con el tema de la inmigración. El teatro siempre ha sido un lugar para disfrutar del arte, aunque últimamente parece que se está sometiendo al público al tercer grado. Desde luego yo soy partidario de respetar la creación del compositor y los libretistas, que desgraciadamente no se pueden defender. Una partitura no es solo un cúmulo de notas, sino que indica con meridiana claridad el tiempo histórico donde se desarrolla la trama y el carácter de la escena y los personajes.  Todo este movimiento comenzó buscando innovar ciertos matices que podían tener un sentido cuando se hacía dentro de los límites impuestos por el compositor, que al fin y al cabo es el creador y dueño de la obra. Sin duda esto se ha ido de las manos.

¿Cuáles son tus cantantes favoritos?

Es difícil escoger… Giacomo Lauri-Volpi, Giovanni Martinelli, Maria Caniglia, Ebe Stignani, la inigualable Kirsten Flagstad, el inmenso Mario Del Monaco, Renata Tebaldi y, por supuesto, mi querida maestra e inimitable mezzosoprano Fedora Barbieri, entre muchos otros.

¿Quién es el Alejandro Roy que no está actuando? ¿Has pensado alguna vez que eras un esclavo de tu voz?

Lo primero que se me viene a la cabeza es la convicción de separar al artista de la persona. Es esta una profesión en la que se puede perder fácilmente la humildad y hasta la cordura. El centro de mi vida es mi familia, mi mujer y mis hijas.

No se puede negar que el cantante viva pendiente de su voz, y que se requieran ciertos cuidados, pero supongo que en otros trabajos ocurre más o menos lo mismo. La vida me ha ido llevando de una manera misteriosa por este camino, y me siento en el deber de hacer mi trabajo lo mejor posible, doy gracias a Dios por todo lo que me ha ido sucediendo, tanto lo bueno como lo malo, porque me ha servido para desarrollarme como ser humano.

¿Puedes contarnos alguno de tus proyectos futuros?

Tras mi debut como Radamés, volveré a cantar el Canio de Pagliacci y debutaré los roles de Andrea Chenier e Il tabarro.

Y para terminar ¿Qué dos o tres cosas todo cantante debería saber?

Me gustaría poder decir que con una buena técnica, voluntad y perseverancia se puede llegar a cantar en un escenario, pero vivimos un momento en el que la maestría y la honestidad no le interesan a casi nadie en esta profesión. Es vergonzoso el nivel de vileza al que se ha llegado en el mundo de la música, parece ser que provoca más interés otro tipo de “talentos” más vulgares.

Para terminar en un tono esperanzador, y como consejo al cantante que empieza, quisiera añadir la condición inherente a todo cantante: la voz es el sonoro reflejo del alma. El cantante debe mantener una gran dosis de humildad para encontrar la “verdad” de su arte. La voz es un amplificador, una “denuncia” de lo que se esconde en el interior de la persona: sus virtudes, sus vicios, sus defectos… Hay algo sobrenatural al cantar que llega directamente al corazón del que escucha, por lo tanto el cantante tiene una gran responsabilidad moral. El gran tenor Lauri Volpi lo explicó con las siguientes palabras: “El cantor que se ha construido una consciencia vocal auscultando, oyendo la VOZ de su consciencia, concibe el mundo y la propia vida como ARMONÍA: armonía de pensamiento, de sentimiento y de voluntad. Así que no existen para él gloria y vanidad más nobles que el propio culto por la LIBERTAD. Porque no hay esclavitud tan humillante como la que la VANIDAD infringe a sus víctimas. Frente a ella se hunde la estructura entera de la personalidad. Esta se reduce a un fantasma, detrás del que corre el infeliz cantor, fuera de sí por la enajenada libertad de sí mismo […]. El compositor es como un intermediario entre la Divinidad y el cantor”.

Desde Culturamas agradecemos tu entrega y cariño en esta entrevista. Te deseamos lo mejor en tu carrera y que tengas una actuación sublime en Málaga.

 

 

 

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