Pity (2018), de Babis Makridis – Crítica

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Por Jaime Fa de Lucas.

Babis Makridis vuelve a la carga con Pity, mostrando el mismo atrevimiento que en su película anterior, L (2012), esta vez centrándose en un hombre cuya vida gira alrededor de la pena –como indica el título–. Estamos ante otra película que sigue la línea de la ola griega –Lanthimos, Tsangari…– con actuaciones asépticas, humor absurdo y una exploración singular de lo que necesita el ser humano para encajar en la sociedad o ser feliz. No cabe duda de que es una propuesta interesante, pero no es para todos los públicos.

El guion de Babis Makridis y Efthymis Filippou presenta un protagonista, bien interpretado por Yannis Drakopoulos, que es feliz porque le da pena a la gente. Su mujer está en el hospital en coma tras sufrir un accidente y todos los de su entorno cercano se apiadan de él. El director saca el máximo partido a esta idea añadiendo una buena dosis de humor –a veces absurdo, a veces negro– y desarrollándola con eficacia. La frialdad extravagante del conjunto se ve potenciada por la fotografía de Konstantinos Koukoulios, que tiende al rigor geométrico y a la baja saturación.

Aunque la situación es peculiar por sí sola, la película no se conforma con eso e introduce una serie de reflexiones sobre la pena y el cine. El protagonista insiste en que la tristeza y las lágrimas son difíciles de fingir, hasta el punto de que siempre parecen falsas en el cine, porque sabes que nadie está llorando de verdad. Cambiando la percepción sobre lo que ocurre en pantalla, la película saca momentos cómicos de algo que a priori es negativo, siendo capaz de transformar el significado del lloro y la tristeza.

No obstante, Pity va más allá y acaba convirtiéndose en una obra metaficcional que cuestiona los propios mecanismos de la ficción cinematográfica cuyo objetivo es despertar emociones, algo que queda más claro aún –ojo spoiler– con la escena en la que el perro es abandonado –un suceso que inmediatamente despierta un sentimiento de lástima en el espectador– pero que se resuelve con la aparición de éste al final, sano y salvo. Esto a su vez hace evidente la artificialidad del cine y cómo las reacciones de la audiencia pueden ser manipuladas.

Como punto negro diría que el final es algo forzado, pues asocia la desviación sentimental del hombre con la psicopatía y su conducta violenta es totalmente innecesaria. Aun así, creo que es una película que merece la pena, sobre todo por su humor y porque te hace reflexionar sobre el cine.

 

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