Un hilo de sangre, novela de Horacio Otheguy Riveira

Obra ganadora de la tercera edición del Premio «A sangre fría» de Novela Negra 2019

La avidez sexual de un millonario se expande con una voluptuosidad sin límites, aprovechando al máximo su capacidad para hacer del abuso de poder una vigorosa forma de vida, hasta que en sus acostumbrados mecanismos de posesión y lujuria algo se trastoca y genera un cambio radical en su existencia. A través de una obsesión erótica que adquiere proporciones tan dramáticas como delirantes, la narración se despliega entretejiendo puentes de unión de diversos géneros, tales como la novela negra y el terror sobrenatural.

En definitiva, una novela breve donde la precisión se convierte en agudeza para penetrar con claridad en los rincones oscuros y en los yermos cegadores de la naturaleza humana. Con un exquisito cuidado del lenguaje, la trama se despliega en una prosa de cualidades poéticas para mostrar, con la mayor delicadeza, la íntima y dura relación entre la realidad y el deseo, entre el amor y la muerte.

Horacio Otheguy Riveira. Periodista con larga trayectoria en numerosos medios como Sábado Gráfico, Ozono, Diario 16, Tiempo de historia, Triunfo, Penthouse, Antena Semanal o Viejo Topo. En el mundo de los libros ha desarrollado su trabajo como autor, editor, redactor y corrector en varias editoriales. Recibió el Premio Soto Torres por la obra teatral El viaje, un accésit en Los Premios del Tren por el relato «Una noche, un tren», y publicó la biografía novelada Mirta Miller, la mujer que no quiso ser Borbón (2004). En la actualidad ejerce como crítico teatral en la revista digital Culturamas. Asimismo, es director del Taller Literario El placer de escribir.

 

En venta en elcorteingles.es y Amazon, así como a través de la propia editorial

 

 

Una obra inquietante, erótica, macabra, sobrenatural…

 

Avance (páginas 15-19)…

(…) «Las dudas le zarandean. Y ellas ahí quietas, como si recibieran mansamente el aplauso del público, sin atreverse a salir de escena, con la esperanza de que arrecien las satisfacciones del cliente y pida otra jornada, una para lo que queda del día entre lujos a los que están bien acostumbradas. Es un impasse algo molesto que sobrellevan muy bien. Con no mirar a los ojos al dubitativo cliente, está todo hecho. Mirarle es lo peor. Es crear un compromiso que ninguno tolera. Así que esperan muy juntas, a medio vestir, con los esbeltos pechos en alto y los labios húmedos, a punto de abrirse, las caderas apetecibles, con su sexo rasurado y el aroma de prometedoras pasiones.

A él, buen pagador, condescendiente sin violencia alguna, le gustaría pedirles que se tomaran de la mano y se congratularan, pero eso no conviene, tanto sentimentalismo es contraproducente, con la curvatura ligera de la espalda ya está bien, y esas piernas un tanto flexionadas, no mucho: así dan el tipo de la indefensión, cuales criaturas juveniles, algo aniñadas, perdidas en el bosque, pero no mucho, de todo esto poco, el punto justo, mientras el boss piensa y duda.

 Es que, quién sabe, vaya faena, a lo mejor debería volcar en ellas no sólo un plan de 24 horas, sino un par de días o más para sacarles todo el partido necesario. Recuerda que son dos profesionales diferentes por mucho que se parezcan, pero lo mismo no es conveniente intentarlo, pagar tanto para hacer él el trabajo principal, desde luego mucho tiempo trae problemas, acceso a intimidades, palabras que no deberían decirse, conocimientos que convendría evitar, no, mejor no, sería forzar unos engranajes ya transitados por otros, no es eso lo que le interesa a esta altura de su vida, cuanto más fresco y novedoso mucho mejor. Nuevas rutas, cambios resplandecientes, y sin embargo no puede despegarse del miedo con el que salió del sueño, y se baña en reproches inéditos: Pero qué haces, pareces tonto, hace tiempo que deberías haber acabado con estos arrendamientos femeninos, buena forma y gran cantidad de dinero tienes aún como para apuntar más alto, venga, termina ya antes de que la cólera te asista, sí, no te rías, la cólera te asistirá en cualquier momento y las despedirás con malos modos, con cajas destempladas como se suele decir, así que corta el drama de querer y no saber y pasa página, corta por lo sano, ventilación general y trabajo y disciplina, reuniones a manta, proyectos a cual más enloquecido, efervescencia empresarial, lo que sea con tal de quitar la extraña sensación de no estar aquí, contigo mismo, con el Rodolfo Berman al que tan acostumbrado sueles estar.

Acaba su diagnóstico y les quita con gran delicadeza la poca ropa que las cubre. Les deshace las trenzas adolescentes que él mismo elaboró antes de saborear sus pezones lentamente: esplendor de pechos abundantes acompañados de profesionales gemidos.

Va a ordenarles que se queden unas horas más, pero les dice que se marchen, seducido por un toque de autocompasión: por un lado le parece bien que se vayan, pues en esos pequeños gestos de trabajadoras con temor del excéntrico que las escruta de arriba abajo descubre que no está dispuesto a perder ni un minuto en trabajárselas, ya incluso ni le gustan, descubre defectos físicos que arramblan con todo deseo, sobre todo una madurez incipiente que le repele: le asaltan imágenes de auténticas colegiales a las que de momento no tiene acceso. Y a la vez le doblega una mezcla rara de agotamiento y ansiedad por permanecer acompañado por cualquier fémina con curvas y lo que deba tener entre muslos. Un cansancio insuperable le hace doblar las piernas, le obliga a sentarse. Extiende los brazos para tomar las manos de las muchachas con sus temblorosas manos pecosas: lo único viejo de este cuerpo suyo que se resiste a envejecer. Y besárselas como un antiguo señor de gloriosas épocas feudales con derecho de pernada.

La mente sigue en marcha, le sigue dando vueltas a la posibilidad de retenerlas, no quiere estar solo sin blando cuello que besar ni delicada cintura pegada a su cuerpo. Vuelve a temer el despilfarro de sus recursos entre estas mercachifles, porque al fin de cuentas no es lo que necesita, no está para perder energía en perecederas de este calibre, no van por ahí los revolcones de hoy en día, no es eso, de ninguna manera, ¿a qué enseñarles a mejorar sus prestaciones?, ¿para que vayan por ahí acumulando diplomaturas a su costa, quedando como reinas con otros y en su nombre, con su nombre dibujado en letras de oro por el contorno de los pechos y en los efluvios de sus montes, y en el mágico ojo de entrenalgas? No no no, de eso nada, no es eso, no es eso, y precisamente la buena señal está en este cansancio demoledor que le paraliza; ya no cabe duda de que necesita un refuerzo superior, una criatura joven, fresca, fascinante y fascinadora rendida a los pies del león, y no unas cínicas hembritas que disimulen con habilidad de alto precio, que sólo bajo lluvia de dinero sean capaces de hacerle creer que es incomparable, que está muy bien, que no aparenta la edad que tiene.

Si ayer les pagó lo acordado, ahora reparte beneficios. Quiere que le recuerden muy bien, que le tengan en el altar de los regios y generosos, así que se pone de pie con dificultad, va a la caja fuerte y vuelve con un sobre con abundantes billetes para cada una, y además les invita a que se lleven el buffet servido en el vestíbulo: Lo que queráis, majísimas, llevaos todo lo que podáis, hasta la cafetera y las bandejas de dulces y salados, sin miramientos ni boberías. Y además da órdenes tajantes a su personal habitual: A ver, vosotros, atended a las señoritas y facilitadles lo que necesiten y llevadlas adonde quieran y como quieran, nada de poquedades, máximas comodidades y satisfacciones y siempre atendidas por todo lo alto como damas de alcurnia, señoras de abolengo. Toma ya.

Aún desnudo, repantigado en el sillón pertrechado de cojines, desganado, da estas órdenes como con brote de decaimiento. Demasiadas reflexiones al empezar el día, demasiadas insatisfacciones. Tiene un respirar cargado, le sale una voz sin fuerza, piernas y brazos pesados, languidez extrema, adormecimiento. Parece que va a echarse un sueño en su improvisado trono de rey abrumado por la responsabilidad de obtener nuevos y fulgurantes placeres, pero la atmósfera cambia. Se produce un cambio radical completamente inesperado que le reanima. En todo: luces y sombras, paisaje con matices que nunca había percibido, imágenes abstractas y siluetas reconfortantes. Tras un leve pestañeo el orden vuelve a su cauce con renovadas energías.

Todavía no se han ido las muchachas de pago cuando empieza a ser posible la existencia de una mujer a la medida de sus ambiciones, algo increíble que percibe a través del gran ventanal que da a la playa, en el preciso instante en que el rudo oleaje del Atlántico se paraliza para darle paso, rendirle tributo, dejarla correr a la vera del mar encrespado, el frío líquido que revitaliza y ama los misterios y las pasiones de sus pesadillas.

Se aboca a la novedad con frenesí. Recuerda las palabras de su madre al anochecer, cuando le adormecía con un cuento inventado, un relato de aventuras fabulosas que siempre acababa del mismo modo. Cualesquiera hubiesen sido los personajes y sus contingencias, al final se producían conquistas descomunales y de aquella voz envolvente, aterciopelada, surgían las últimas palabras del día, las primeras de un sedoso dormir: “Y nadie jamás volvió a darle miedo. Desde aquel día triunfal aprendió a ordenar que se instalara el anochecer y esperó su llegada con naturalidad, hasta ver llegar la noche mansa, obediente a su mandato”.

Y la novedad llega con delicada forma de mujer inmersa en un vibrante espectáculo de truenos y rayos, viento y lluvia torrencial agigantando marea, azotando palmeras, llenando de luz el dormitorio: un truco de magia negra en pleno día, demacrando misterios, anulando secretos, y todo ante el gran mirador de la suite en que pasa sus días y sus noches.

Fogonazos resplandecientes en el horizonte. Un barrido de luces radiantes sobre la playa en busca de gozosas perlas y hallazgo de valiosa sorpresa superior a todo lo imaginado para que Rodolfo Berman vea a una muchacha corriendo por la playa bajo la lluvia y desaparecer ante su vista como por arte de magia.

La vaga silueta se le antoja sublime, la más atractiva que ha visto en su vida; los adjetivos se le amontonan y las fantasías le dejan sin resuello: taquicardia, pulso acelerado, temblor de manos, mareos, y gritos por el interfono dando órdenes de que salgan en su busca y la cacen al vuelo de su espléndida carrera seguida con los prismáticos, con tiempo justo para registrarla con la cámara fotográfica hasta que desaparece de su alcance». (…)

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