Ramón Paso:  “Escribir es reconducir la realidad para que sea entretenida”

Por Horacio Otheguy Riveira

Temporada tras temporada, Ramón Paso se afirma en su pasión original: la de un dramaturgo que pone en escena sus propias obras con propia Compañía. En el Off de Madrid y Off Off, lo mismo que en el Lara, el Teatro Fernán Gómez, el centenario Alcázar o el Maravillas con Amparo Larrañaga y María Pujalte. Otras celebridades ya le encargan funciones. La gran aventura del teatro, minada de incertidumbre, disgustos y fantásticas sorpresas (un estreno en Panamá, otro en Alemania, Argentina…). Al margen de mentideros y presiones en las alturas de las mayores concentraciones de poder cultural, Ramón Paso destaca por un talento excepcional en el arte de contar historias corales. Responsable de comedias hilarantes o dramas bañados en humor sarcástico, irónico o directamente gamberro, es un incansable trabajador al que no es fácil pillar para ser entrevistado.

Divertido conversador, está siempre pillado con mil y un compromisos, ensayos y proyectos. La presente entrevista se ha forjado a lo largo de varios encuentros, varios meses: “El tiempo es un elemento poético que funciona muy bien en la literatura, pero que en las cosas del teatro es un tirano que nos vuelve locos, pero que, al fin de cuentas, ‘casi’ siempre conseguimos sentar a la mesa y hacerle brindar con toda la Compañía. Sobre todo cuando ni nosotros mismos creíamos que llegaríamos a cada estreno sanos y salvos”.

Ramón Paso en la presentación de la primera edición de su obra Retablo Pánico, divertido homenaje al autor de “El cementerio de automóviles”, Fernando Arrabal.

 

¿El primer escenario?

El primero primerísimo, el Teatro Español. Gracias a Mara Recatero empecé como figurante maldito, que hacía un poco lo que le pedían y sólo lo que le pedían, sin demasiada gana, en la Hostería del Laurel, dirección de Pérez Puig del Tenorio de Zorrilla. Después, como autor, otra vez el Español, en 1998, con la obra El Tesoro, y de la mano, nuevamente, de Mara Recatero.

¿El segundo?

El segundo fue la tele y por doce años y un día. Los siguientes han sido muchos. Recuerdo con especial cariño la sala Candilejas, ya desaparecida, donde velé algunas de mis primeras armas. Más tarde, el Lara, donde empezó Usted tiene ojos de mujer fatal… en la radio, y han seguido otras muchas cosas. Es verdad que le tengo mucho cariño a ese teatro. Y luego, el más impresionante de los escenarios que he pisado, el del María Guerrero. Eso es un templo. Da vértigo.

¿Tu capacidad de trabajo es de este mundo o resulta que los traviesos espíritus de tu bisabuelo Jardiel Poncela y tu abuelo Alfonso Paso te visitan a menudo?

Mi capacidad de trabajo viene de las ganas de hacer cosas, muchas ganas y muchas cosas, y de lo complicado del mundo en el que nos movemos. Cuando mi socia, Ana Azorín, y yo decidimos dejar la tele y volver al teatro, nos dimos cuenta de que la única forma de sacar la cabeza, de llamar la atención, era estar muy presentes. Y eso hicimos. Por otro lado, después de mucho tiempo en televisión, existía una creatividad latente que había sido aplastada y machacada, y que tenía necesidad de salir al exterior. Mezcla esas dos cosas y te salen las cuentas.

¿Qué te gustaría preguntarles/pedirles a estos hombres de teatro a los que no llegaste a conocer, pues fallecieron antes que nacieras?

Consejo. Sobre todo a Jardiel cuando le adapto o versiono. Es una responsabilidad tremenda el entrar a tocar en una obra que, en cierta manera, es un clásico. Luego el público suele decidir que no ha sido tan grave la versión, pero el miedo siempre está ahí. Yo me siento muy cerca de Jardiel por la lectura de sus prólogos, que son auténticas lecciones de teatro. La persona que era está oculta tras esas líneas y yo he pasado mucho tiempo intentando comprenderle.

Ya has escrito dos obras con Jardiel como personaje, una experiencia inédita en el teatro español.  ¿Habrá más obras con él?

Me gusta la figura del escritor. No suele interesar a mucha gente, pero a mí, sí. Es decir, me interesa Jardiel y me interesa Wilde, por ejemplo. Respecto a mi bisabuelo sí hay plan de continuar esa línea, de volver a sacarlo. Jardiel en la checa, que se editó y se leyó en público en el María Guerrero, se inspira en hechos reales durante la guerra civil, y su protagonismo es total. Su participación en Usted tiene ojos de mujer fatal… en la radio es una libertad por mi parte, ya que coescribí la función incluyéndolo con datos de ficción histórica. Ahora los planes, planes son. A saber qué pasará. Además, eso es lo divertido, ¿no? No saber qué va a pasar.

También a Paloma Paso Jardiel, tu madre, le has escrito una función.

Huevos con amor. En realidad, fue como un pistoletazo de salida. Creo que fue una experiencia muy beneficiosa porque vi muy de cerca las luces y las sombras de esta profesión. Yo había estado en la tele hasta finales de 2012, donde la gente se mata por mucho dinero; después estuve en teatro muy alternativo, muy gamberro, donde nadie quiere nada de ti porque no importas; y justo con esta obra, con Huevos con amor, recordé una cosa que se me había olvidado: en teatro, la gente puede matarse por cien euros escasos… o un nombre más grande que otro o cualquier tontería. Es la profesión más bonita del mundo; algo malo tenía que tener. Además, está el gusto de ver a una bestia de la escena como es mi madre diciendo mi texto. Me hizo mucha ilusión y lo recuerdo con mucho cariño. Y fue la primera vez que toqué como autor el Teatro Fernán Gómez, que luego se ha convertido en escenario de algunos de mis éxitos más personales.

Usted parece no respetar nada, y sin embargo tiene fama de ser un director muy cariñoso con sus actores y sus amigos.

Mis textos son agresivos. Yo soy normalito. Del montón. Mi relación con los actores es la que ellos marcan. Hablo como me hablan y trato como me tratan. He tenido suerte y en este tiempo, en general, me he encontrado con gente maravillosa. No es otra cosa. Respecto a mis amigos, en cierta manera, mi familia sanguínea nunca ha sido muy ortodoxa y, por ello, en esos amigos que me acompañan, me cuidan y me dan un capón cuando hace falta, he encontrado una segunda familia.

¿Tiene usted algún trauma eclesiástico, y por eso ataca con tanta dureza a la Iglesia católica?

Me eduqué en un colegio en el que el director era un cura. Me he criado inmerso en la mitología judeocristiana, con una absoluta creencia en la existencia de Dios, aunque dudo de ella todos los días, y la sensación de que el ser humano fracasa siempre que no concede que existe algo superior a sí mismo. Concilio el librepensamiento ilustrado con la existencia de Dios, y, como en esencia, de lo único que estoy seguro es de la duda, hablo mucho de ello, para aclararme yo, más que para otra cosa. Es un riesgo, porque siempre que se habla de Dios –o de uno mismo– al final se termina pareciendo idiota. No hay trauma. Es exigencia. Cristo me cae bien, aunque no crea que sea el hijo de Dios. Me gustaría que su iglesia estuviese a su altura. De ahí montajes como La ramera de Babilonia.

En El reencuentro el eje de perversión familiar es la madre. En Matar al padre —obra aún inédita, que tuve el placer de leer— es la otra figura clave de toda familia. Hermanos enfrentados que necesitan entenderse. Ambas son comedias negras, pero la segunda se acerca a un drama descarnado con brochazos de humor negro. Entre ambas, un monólogo que estrenó Eloy Arenas, Papá es Peter Pan y lo tengo que matar. ¿La familia es un antro de perdición para generar grandes comedias o es que le persiguen muchos fantasmas?

Me persiguen muchos fantasmas… como a todos. ¿Qué es eso tan idílico llamado normalidad cuando se habla de familias? Es decir, la familia es el primer núcleo de afecto y enseñanza, pero también el primer núcleo de control social. Dios unge a los reyes, que ratifican cardenales y obispos, que ratifican a los padres de familia… Mi familia ha sido disfuncional por necesidad y casi por elección, pero, en general, no hablo de la mía, hablo de muchas cosas que podrían haber pasado o no. Es decir, escribir es reconducir la realidad para que sea entretenida.

¿Qué proyectos tiene entre manos?

Tengo mucha suerte, porque tengo un proyecto maravilloso que se llama PasoAzorín Teatro con tres actrices de gran talento como Ana Azorín, Inés Kerzan y Ángela Peirat, y con ellas e invitados de igual calidad humana y artística, hago cosas muy divertidas casi todos los meses. Lo que queda del año 2019 se presenta de siembra y reestrenos. Volvemos pronto con BesARTE, mimARTE y follARTE, al teatro Lara. Y acabamos de recuperar, en nueva versión, Otelo a juicio y, probablemente, Usted tiene ojos de mujer fatal… en la radio, volverá en otoño. Además, sigo trabajando en nuevas obras Jardiel y ahora también en Oscar Wilde. Estoy empezando a colaborar con el TeatroLab de Gabriel Olivares, cosa que me llena de ilusión, porque una de las grandes alegrías de El reencuentro fue coincidir con Gabriel, con el que me entiendo muy bien. ¡Y seguimos con la reposición de una obra que estuvo poco tiempo en cartel por razones de programación pero me dio muchas satisfacciones, entre ellas, la nominación al Premio Valle-Inclán de teatro 2019, Las leyes de la relatividad aplicadas a las relaciones sexuales. Ahora está en el Lara.

¿Novedades en televisión y otras adaptaciones?

Cosas hay, aunque espero que pocas. Prefiero seguir en teatro, y la tele te absorbe muchísimo. También ahora estoy escribiendo cine para un productor de Estados Unidos, cosa que me llena mucho por el trato estupendo que dan a los guionistas allí. Aquí, en España, aún no hemos comprendido que la base del trabajo artístico son las historias, y que las historias las imaginan principalmente los guionistas.

Tiene una trilogía sobre la guerra civil que considero realmente magistral, en ascenso evolutivo de la primera a la última, pero que aún ha visto poca gente: Matadero 36/39, El mono Azul, Terror y ceniza (de la Iglesia Católica en la Guerra Civil Española)

Y la empezamos cuando todavía no se hablaba de la Memoria Histórica. Es decir, nosotros ya hablamos de eso en 2013 cuando apenas nadie lo hacía. Ahora hay muchos reivindicando y es muy bueno. A ver qué pasa cuando la moda se quede obsoleta. Estos temas deberían formar parte del imaginario español, como el Vietnam lo forma del estadounidense. La única manera de cerrar las heridas y que no ulceren es limpiarlas primero. En España la derecha tiene mucho interés en cerrar heridas, pero muy poco en echar el alcohol de la verdad. Yo soy partidario de saltar los puntos, ver qué hay, quitar el pus, y ahora sí, con la herida limpia, cerrar y que quede en el recuerdo.

Sería magnífico lograr una representación conjunta, una maratón de gran calado, dada la dinámica de intensidad dramática a buen ritmo. Tres funciones de estructura diferente, apasionantes siempre. ¿Tiene al menos prevista la reposición de alguna de ellas?

La que más me gustaría volver a hacer es El mono Azul, tal vez por una cuestión de cariño personal. Y luego creo que Terror y ceniza, que hablaba de la relación entre la Iglesia y las mujeres durante la Guerra Civil, merecía más vida. Lo presenté en el Teatro Español, pero no hubo sensibilidad por parte de la dirección hacia el proyecto. Sería estupenda la maratón de las tres funciones, pero no es posible. Para eso se necesitaría el apoyo de un teatro del estado o del ayuntamiento, y, de momento, no están por la labor. La fiebre de estrellitas pesa mucho en las instituciones culturales y nadie va a apostar por reestrenar tres montajes que vienen del teatro de resistencia y de una compañía que prioriza el talento por encima del nombre de los actores.

De izquierda a derecha: Inés Kerzan, Ángela Peirat, Ana Azorín en el María Guerrero, ensayando una lectura dramatizada.

La Compañía PasoAzorín cuenta con tres actrices clave: Ana Azorín, Inés Kerzan y Ángela Peirat, un compacto trío de estilos muy distintos.

Son un trío maravilloso, cada una de ellas con fantásticas aptitudes y capacidades. Con sinceridad, uno de los mayores placeres de tener compañía propia es que trabajo con ellas, que, cada una en su estilo, son mis actrices favoritas… Aunque cuando estemos en mitad de un proceso de producción nos tiremos los trastos a la cabeza. El cariño, la admiración y el respeto se ponen a prueba durante la producción. Si se sobrevive a eso, se sobrevive a todo. Por otro lado, contar siempre con ellas tres le da una unidad a lo que hacemos, y crea una sensación de familia y lealtad muy bonita y poco habitual en la profesión. Mucha gente se queja de que Ernesto Caballero trabaja siempre con los mismos –cosa que, encima, no es cierta– pero yo entiendo esa sensación. Cuando llegas a esa posición en la que te puedes permitir elegir a cualquiera, ¿no es lo honesto elegir primero a los que han estado contigo durante el camino?

En sus obras destacan más los personajes femeninos, y está usted siempre rodeado de mujeres (en la producción, las luces, la vida cotidiana…). ¿Qué tienen ellas que no tengamos nosotros, más allá de la evidencia?

Una situación más compleja en la sociedad y en la profesión, aunque en menor medida. Hay una cosa que siempre me llama mucho la atención: PasoAzorín Teatro es una compañía integrada en esencia por mujeres y nos preguntan mucho el porqué. Ron Lalá está integrada en su mayoría por hombres y nunca he leído una entrevista en la que se les preguntase el porqué. Como autor, me interesan mucho los personajes femeninos, por estar situados en un lugar dramático diferente al de los hombres, ni peor ni mejor, sólo distinto.

Entre sus múltiples proyectos (además de lo que menciona sé de buena fuente que prepara muchos otros), ¿hay lugar para versionar célebres personajes femeninos de la historia del teatro?

Lo hay. Existen cinco mujeres –reales y ficticias– sobre las que siempre tengo muchas ganas de escribir: Juana de Arco, Inés (la del Tenorio), Marie Curie, Camille Claudel y Cleopatra. En realidad, sobre Cleopatra ya escribí una tragedia muy mala en 2002, sobre la que me gustaría volver.

¿Cómo ha sido su experiencia como asesor literario y ayudante de dirección de Ernesto Caballero en el Centro Dramático Nacional?

De Ernesto Caballero he aprendido muchísimo. Es para mí un referente y un maestro, aunque no estemos de acuerdo en todo, claro está. De mi trabajo con él he aprendido o intento aprender humildad y respeto por la duda. Y he tenido de su mano, además, la posibilidad de acercarme a esa grandiosa maquinaria que es el CDN, donde me he encontrado con algunas de las personas más inteligentes que he conocido. Allí todo va muy rápido y o eres bueno en lo que haces o la maquinaria te tritura. También de Ernesto he aprendido una nueva forma de mirar los teatros del estado. Sobre todo a comprender que su principal función es engrandecer el legado cultural, no darnos trabajo a los profesionales porque sí, porque es público, como si existiese una obligación. Los médicos que trabajan en la pública opositan, ¿no?

 ¿Sin los teatros oficiales, las temporadas madrileñas serían muy pobres?

Muy pobres, no; serían una tragedia. La existencia de un tejido oficial es fundamental. Lo que pasa es que también hay que crear un tejido privado saneado y una red de teatros donde la vanguardia y la experimentación sean posibles. Tenemos mucho que aprender de Francia y de Inglaterra en cuanto a cuidado de la cultura y respeto a los artistas. Nos falta orgullo cultural, creo yo.

Usted dirige sólo sus propias obras (salvo alguna excepción como El síndrome de los agujeros negros, por otra parte un éxito que acaba de editarse), ¿cómo es la relación entre Ramón Paso autor y Ramón Paso director?

Muy buena. Cada uno entiende perfectamente donde empieza uno y termina el otro. Al margen, yo creo que esa pelea entre el director y el autor es algo antiguo. Ya no debería existir. Es como esos actores mayores que sienten que el director es su enemigo. Yo trabajo en un clima de comprensión, diálogo y colaboración. Conmigo mismo y con los actores.

¿Qué ha significado resultar finalista al Premio Valle-Inclán de Teatro 2019?

¡Una sorpresa! Y después una alegría tremenda, no por la cosa de ser finalista, que, sin duda, es un honor, sino por la obra por la que he sido nominado: Las leyes de la relatividad aplicadas a las relaciones sexuales. Me encanta que la medida de reconocimiento que significa venga por una obra que sale de mi compañía, en la que están mis socias, Ana Azorín e Inés Kerzan, y que se ha desarrollado en el circuito off. Una persona cercana, al darme la enhorabuena, me dijo que era una lástima que fuese por ese montaje y no por El reencuentro. Yo pienso lo contrario. Me encanta que venga por este montaje, porque este montaje es lo que yo hago y con lo que soy feliz. Igualmente que lo fui con Usted tiene ojos de mujer fatal… en la radio o que lo soy ahora con Otelo a juicio, que se ha reestrenado en el Teatro Alcázar o con La ramera de Babilonia, BesARTE, mimARTE y follARTE o Lo que mamá nos ha dejado, que vuelven las tres entre mayo y julio al Teatro Lara. Éste es el teatro que me representa –que nos representa– y que luchamos por hacer; un teatro independiente, valiente y que no obedece a modas ni tendencias. El teatro que quiero y que me hace sentirme orgulloso.

Ramón Paso dirige con la tensión y el encanto de ser uno más de la Compañía. Autoridad que admite, y a menudo reclama, otras opiniones. Pone en escena sus textos ampliando conocimientos propios y ajenos en una búsqueda constante de expresividad. Se convierte en un director de orquesta por el ritmo y la musicalidad de sus diálogos, dentro de un contexto de acción escénica siempre envolvente. Monta una función nueva, mientras repone otra y escribe por las noches historias que sobre todo procuran sorprenderle a él mismo: “Me tengo que reír mucho con las comedias y angustiarme bastante con los dramas, y ambas cosas cuando van juntos, que es lo que suele ocurrir. Con todo esto, el teatro me permite expresar a tope muchas emociones…”

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Otelo a juicio, Teatro Alcázar-Cofidis

Las leyes de la relatividad en las relaciones sexuales, Teatro Lara

BesARTE, mimARTE, follARTE, Teatro Lara

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