Lo que no te contaron sobre el colonialismo. Sexta Parte: Vasco Núñez de Balboa o como encontrar la horma de tu zapato (I)

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Por Tamara Iglesias

Siempre nos han dicho que para alcanzar la consecución de una meta o la cima de una inexplorada montaña, era indispensable realizar el titánico esfuerzo de escalar sus escarpadas laderas, dejándonos piel, sudor y lágrimas para lograr el ideal soñado. Sin embargo (y como veremos en el presente artículo) en algunos casos basta con unirse a una fiebre supremacista y ser un poquito trepa.
Cuando indagamos en los primeros ficheros y documentos de los años comprendidos entre 1475 y 1500, nos encontramos con el nacimiento de un tal Vasco Núñez de Balboa, primogénito de una mujer de baja cuna y tercer bastardo del hidalgo Álvaro Núñez de Balboa, figura fundamental de la nobleza extremeña más afamado por la considerable ristra de hijos ilegítimos que llevaba a cuestas que por cualquier gloria marcial pasada. De entre todos ellos, sólo Vasco, Gonzalo y Juan habían sido reconocidos y (obviamente) la presencia de semejante apellido de renombre se convirtió en la perfecta llave para abrir las puertas de las mejores relaciones laborales; de hecho, en el caso de Vasco llegó a codearse con las más altas esferas bajo el servicio del señor de Moguer (Pedro Portocarrero), quien lo animó a participar en las expediciones hacia el Nuevo Mundo. Si bien se desconoce el motivo real de esta impetuosa animosidad, siempre se han barajado dos hipótesis claras: o existía un sincero deseo de que el muchacho ascendiera a nivel social, o el anciano tenía ya la imperiosa necesidad de quitárselo de encima tras haber dejado preñada a más de una moza casadera cuyos progenitores pedían compensaciones por el agravio; ya se sabe, de tal palo, tal astilla.

Retrato de Vasco Núñez de Balboa con armadura

En el año 1500 terminaron por imponerse los deseos del preceptor y Vasco embarcó (casi obligado, casi escapando de sus compromisos paterno-filiales) en la expedición de Rodrigo de Bástidas hacia el Mar Caribe, a cuyo timón iba un ya conocido por todos Juan de la Cosa. Alejado de cuanto hasta entonces le era conocido, el veinteañero se instaló en Isla Española, donde gracias al sueldo proporcionado por su expatrón y a la compra de un terreno destinado a las actividades agrarias, inició su propio negocio con productos mediterráneos; por desgracia, la climatología adversa de aquella zona expuesta a huracanes y la preferencia por mercancías autóctonas, impidieron cualquier retazo de éxito, dejando al mozo endeudado y teniendo que lidiar con numerosos clientes descontentos que habían adquirido un género cuyas calidades distaban mucho de lo prometido. En 1509 la situación se volvió insostenible y cientos de acreedores pidieron la cabeza de Vasco, por lo que éste respondió haciendo lo que mejor sabía hacer: huir, esta vez como polizón introducido en uno de los barriles de provisiones de la expedición de Fernández de Enciso, quien por cierto acudía a socorrer a Alonso de Ojeda (nuevamente metido en líos con los indígenas) y a un jovencísimo Francisco Pizarro que había quedado al mando de Nueva Andalucía como chivo expiatorio durante cincuenta días.
Balboa fue descubierto por el capitán una semana antes de llegar a Urabá y logró zafarse del castigo convenciéndole de sus dotes como guía en aquellas tierras inhóspitas; y si bien en realidad sus facultades en estas prácticas resultaron casuales y algo exageradas, hay que reconocer que (tras la masacre de los descubiertos nativos) la propuesta de Balboa de trasladar el poblado de San Sebastián a la zona de Darién, mucho menos belicosa y con una tierra más fértil, supuso un enorme desarrollo para los asentamientos españoles. Gracias a esta recién adquirida seguridad, Vasco alcanzó cierto grado de reconocimiento y autoridad frente a sus compañeros, quienes casual y oportunamente se sentían contrariados por las prohibiciones de Enciso frente al saqueo; la norma de no hacerse con el oro ni las mujeres, le valió la fama de avaro despótico, y la falta de apoyo para liderar pronto se hizo patente cuando los marineros encumbraron a Vasco como gobernante de la ciudad, destituyendo a Enciso y encarcelándolo por usurpación de autoridad al tiempo que se confiscaban y repartían todos sus bienes. Cuando el gobierno municipal se hubo formado (casualmente invistiendo como alcaldes a Martín Zamudio y Vasco Núñez de Balboa, que ya habían pactado previamente la repartición del poder), Enciso fue juzgado como traidor y enviado de regreso a España tras el nombramiento de Balboa como “gobernador y capitán de la región” (algo que ocurrió oficialmente el 23 de diciembre de 1511 con el visto bueno de la Corona de España).

Ilustración que muestra a Balboa y a sus hombres tomando posesión del oro y objetos de los nativos

Aquel hombrecillo desnutrido ya no suponía ningún peligro para su hegemonía y, habiendo tomado el control absoluto del lugar tras deshacerse de sus detractores, Balboa mostró su faceta más destructiva y ambiciosa sometiendo a las tribus indígenas del istmo de Panamá para conseguir esclavos y oro que saciasen su necesidad de supra y la de sus camaradas; la caída de caciques como Coiba, Careta y Poncha, precedieron al asesinato de Comagre y al comienzo de un nuevo proyecto codicioso pues, en el fragor del caos y la desesperación, el príncipe Panquiaco habló de un reino sureño que vengaría su caída, un lugar donde el oro bañaba el empedrado de las calles, las mujeres vestían pieles de jaguar y los ídolos paganos de esmeralda adornaban cada esquina de las casas.

Eran las primeras noticias del Imperio Inca y, por desgracia, semejante descripción no provocó el terror de los expedicionarios si no un nuevo acceso de codicia. Tras incendiar la aldea y apresar al joven para convertirlo en esclavo y guía, el extremeño notificó a la corona española su descubrimiento así como la necesidad de aumentar el destacamento que se le había otorgado para ir en busca del áureo dominio; sin embargo la respuesta fue una fría y contundente negativa con cierto deje de indiferencia. ¿Qué había ocurrido para que el antaño amado hijo de la patria se convirtiera en poco menos que un ilota frente a un rey espartano? ¿En qué momento había caído su figura en desgracia mientras él se limitaba a combatir los ataques defensivos de los insurrectos aborígenes? Lo cierto era que durante aquel periodo de conquistas Fernández de Enciso había relatado su tragedia a todo hombre y mujer influyente que se hallase en los séquitos reales, adornando cada detalle con adjetivos nada favorecedores para el amotinado usurpador, y finalizando siempre su testimonio con un axioma irrefutable: Balboa no atendía más que a su propia ambición, por lo que debía retirársele cualquier tipo de validez o favor de la monarquía como predilecto en el Nuevo Mundo.
Desamparado y sabedor de que ni su padre ni su antiguo prefecto presentarían objeciones en su defensa, tan sólo le quedaba una opción: tropezar con un hallazgo lo suficientemente notorio como para que Fernando, Juana y cada noble de Castilla se viera forzado a reestablecerle el rédito; sólo así podría sobrevivir al vuelo de aquella bandada de cuervos intrigantes que él mismo había originado, y que ahora se agolpaban sobre su cabeza esperando el momento oportuno para picotearle los ojos en venganza.

(Continuará)

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