Vida en la literatura. En los estantes

Por Jesús Cárdenas.

Como amante de las letras, quienes nos dedicamos a escribir, nos asombramos tanto de la literatura como de la vida, de ahí que, en ocasiones, sea difícil separar el compuesto. Más aún, cuando escribimos de lo que amamos. Pero también amamos los recuerdos de nuestra vida y las ficciones de los otros, que, en la memoria, a la postre, forman una parte íntima nuestra. Por eso tenemos que rescatar sus voces. Porque somos en el modo que estamos. Así, se presenta el segundo libro de poemas del granadino Javier Gilabert, En los estantes (finalista del II Premio Esdrújula), publicado por Esdrújula Ediciones.

El lugar de la poesía son los estantes cuando la vida ya se ha realizado. La estantería se nos muestra como objeto para hablar de las cosas que le importan al autor.A propósito, la cita de encabezamiento, perteneciente a un poeta afín, Juan Carlos Friebe: «Escribir y vivir no se parecen / mas cómo se entretejen siendo adversos / cuando, corazas, se hacen corazón». Como leemos en el magnífico prólogo escrito por Antonio Praena, «la vida cabe en los libros porque los libros son parte de la vida» (p. 11). Y de acuerdo con la afirmación del poeta y crítico valenciano, José Antonio Olmedo, «el retorno a los libros es el retorno al amor, al respeto por el otro y al valor de la experiencia».

Tras PoeAmario (Círculo Rojo, 2017), el discurso de Gilabert se nos aparece más reflexivo, entregándose a la idea de la forma más clara y con gran respeto ante el empleo del verso; pero igual de humanista, como pudimos ver en su labor como coordinador, junto a Alicia Choín en la antología, Granada no se calla, que reunía más de cuarenta textos de autores del panorama literario denunciando la violencia de género y los micromachismos –y que nos llegamos a hacer eco hace unos meses en una nota crítica.

El libro está estructurado en tres partes («Mudanza», «La estantería» y «Los libros») y un poema pórtico que funciona como poética, de que los libros sobrevuelan la muerte. Su estructura circular está muy definida. Tanto es así que el último poema constituye una síntesis de buena parte del libro. De este modo sabemos que el libro nació de un proyecto unitario y coherente. Nada dejó Gilabert al azar.

Otro de los poemas donde manifiesta su concepción del poema en una unidad abigarrada de contemplación y reflexión es en «El patio»: el germen es mirar el mundo cotidianamente; de la contemplación emerge el silencio necesario para ahondar en una búsqueda interior: «Me escribo en un intento / de saberme, / me nombro entre las líneas / de unos versos».

El poeta reflexiona sobre lo sentido, explorando los territorios del amor y lo cotidiano, rastreando su reflejo en la palabra poética. La desnudez de los poemas se muestran, despojado de los miedos, exponiendo su yo, en busca de respuestas para situarse ante el mundo que le rodea en «La puerta»: «Tras la puerta –lo sabes– / te encontrarás contigo».

El hecho de vivir está tan presente en su recuerdo como en el día a día. La identidad del sujeto se transmuta al pasar de unidad a compuesto, como manifiesta en «Mudanza»: «Hoy, de mudanza, miro ilusionado / estas cajas en las que empaqueté / solo lo necesario: nuestras cosas». La expresión del amor cala en el poema «Compañera de piso».Su final constituye una declaración donde aparece la fragilidad de todos nosotros y nuestros miedos que conviven con nosotros: «Se quedó con las llaves / que guarda en sus bolsillos / al lado de mis miedos». El amor a su mujer es motivo de felicidad así como el amor que profesa a sus hijos, motivo de canto en el poema «La cuna»: «De vuelta hacia la cama, lo confieso, / alguna vez fui lágrima».

Comenta Gilabert que el poema detonante del libro fue el dedicado a su amigo y compañero de letras, Gerardo Rodríguez Salas, «El instante», en respuesta a la sensación de intensidad, a ese estar en el mundo, revitalizado el tópico del Carpe Diem, que determina la escritura poética del poeta granadino: «La vida es ese instante / con máscara de días / en el que sólo cabe una existencia». Así pues, todos los pasos resultan simulados, como una mascarada, si no se vive el aquí y ahora.Este poema tiene su correlato con el que cierra el primer apartado, «Los estantes», manifestando el sujeto su perplejidad ante la capacidad de los soportes, de acumular otras vidas: «Me sorprende que quepa / la vida en los estantes». Desde este simple tanteo, donde la palabra es ya su propio fin, se va hasta la luz deslumbradora de los días, porque, como expresó el poeta y ensayista alemán Gottfried Benn, quien desee perpetuarse, que no estilice buscando lo eterno, sino lo inmediato. Es en esta inmediatez donde se centran los poemas que quieren ser acuarelas de un momento determinado que valen más por quedar reflejados en estos versos.

Los estantes acogen memorias de otras vidas. La vida se ancla en unos cuantos momentos inolvidables que sirven para recorrer el futuro. Estos instantes poseen la magia de dotar al tiempo de una nueva dimensión, porque mientras existan esas situaciones concretas seremos referentes de alguien. Así, ahonda Gilabert en el magnífico poema «Botas de agua»en el niño que fue y en los que tiene delante.

La vida, el amor hacia el prójimo, la importancia de la memoria y la conciencia de estar aquí y ahora son los motivos que recorren el libro, pero En los estantes hay también una lectura intertextual con mucha literatura de fondo. Ahí están las citas de Claudio Rodríguez, Javier Egea y José Ángel Valente; y, entre líneas, leemos versos de Antonio Machado,Luis García Montero, Trinidad Gan y Juan Carlos Friebe, entre otros. El poeta siempre ha de buscar senderos por los que otros no hayan transitado, de ahí que se lo tome como un juego o, más bien, una forma de poner a prueba su conocimiento y un modo de ejercitarse. Así, podemos calificar En los estantes como un libro en clave metaliteraria como muestra el poema «Los juguetes»: «resuelto a descubrir cómo funciona, / he robado palabras al silencio / de los poetas».

La literatura se presenta como una suerte de rememorar los inicios del amor. La elección del estante fundamenta el amor y da paso a la entrega, por eso el tono general del libro resulta optimista, como leemos en el poema más extenso y uno de los más representativos del libro,«Capítulo final»: «No sé si lo recuerdas, cuando fuimos / a por la estantería los dos juntos. // Elegimos la más grande y, una a una, / ensamblamos las piezas de aquel puzle», y más adelante: «no son sino un reflejo / de lo que un día fuimos» (p. 61). Un poemario con forma de triduo a la memoria, al amor y a la literatura.

En los estantes está constituido por breves composiciones, condensadas, como chispas o relámpagos, en los que encontramos un léxico, sin demasiados alambicamientos sintácticos, fácilmente comprensible para cualquier lector. Los campos semánticos que se alían pertenecen fundamentalmente al arte de la palabra escrita y a la pasión por vivir con los suyos.

Gilabert nos ofrece un viaje introspectivo que abarca la observación, el análisis, la reflexión empleando distintos recursos, entre los que destacan, la imagen poética, la construcción de imágenes, la metáfora y la personificación. El amor se ha mimetizado con la naturaleza calándose adentro, impregnándose de ella. Lo abstracto es capturado en las redes de lo concreto, en el lírico «Noviembre»: «El invierno despierta del letargo. / Ya lo siento en las manos». En este poemario mantiene una sílaba tónica dominante, la sexta, y así surgen los heptasílabos y endecasílabos. Basa la musicalidad del verso en el reparto de tónicas y átonas. Sin embargo, ninguna rima ni siquiera fortuita. Perfectamente armonizado en su conjunto.

En síntesis, En los estantes es un libro breve de poemas, construido por Javier Gilabert con gran solidez, con un lenguaje que raya en el simbolismo de lo cotidiano, expresado con la alegría de quien se ha encontrado con su yo en los ejes de la memoria y la literatura; de quien comparte su amor a la vida y a los libros.

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