Los Estados Divididos de Histeria, de Howard Chaykin. La gran broma final

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Por Rubén Varillas

Antes de que Garth Ennis irrumpiera con su gamberrismo irreverente y asalvajado; antes de que Grant Morrison y Warren Ellis se embarcaran en su proceso de demolición metaficcional del edificio heroico; o de que Mark Millar y Mike Allred decidieran deconstruir la figura del superhéroe a base de mala leche e ironía postmoderna; antes de todos ellos, ya estaba Howard Chaykin descolocando a editores y lectores con unos cómics que la mayoría de sus compañeros sólo se atreverían a imaginar una o dos décadas más tarde.

Lo extraordinario es que, a pesar de esta condición singular, su producción siempre ha estado anclada a un momento histórico y político concreto. La naturaleza crítica, cuando no subversiva, de trabajos como Black Kiss o American Flagg! no reside en su anacronismo, sino en su capacidad para generar incomodidad y agitar las ramas de lo políticamente correcto, hasta conseguir mostrarnos una nueva realidad liberada de convencionalismos e ideas prestablecidas. Incluso cuando se ha encargado de obras de género, como Cody Starbuck o The Shadow, el trabajo de Chaykin se ha caracterizado por romper los moldes genéricos y desbordar cualquier itinerario previsible. Estamos, no lo duden, ante todo un profesional en el arte tocar las narices y destrozar expectativas.

Los cómics de Chaykin nunca han sido una lectura cómoda. Tampoco lo es su estilo gráfico: abigarrado y sobretexturado hasta el barroquismo; repleto de escorzos y angulaciones extremas; y un tanto plano en la construcción de personajes (tan similares unos a otros en su diseño fisonómico y fisiológico). Pero ese dibujo, hiperbólico y excesivo, resulta perfecto para insuflar dinamismo a unas tramas intrincadas que se mueven con naturalidad entre la violencia extrema, la sexualidad explícita y una concepción de la acción deudora del noir más licencioso y transgresor.

Volvemos a encontrar muchos de esos atributos en Los Estados Divididos de Histeria, su cómic más reciente (editado en España por Dolmen). Es como si Chaykin no hubiera perdido un ápice de rabia y energía con el paso de los años: su discurso sigue siendo combativo y extemporáneo; profundamente incómodo para una sociedad y una industria cultural que se han acostumbrado a la repetición formulaica y al puritanismo rigorista de lo políticamente correcto. No es una sorpresa que la publicación de Los Estados Divididos de Histeria fuera acompañada en su país por una oleada de críticas (histéricas, efectivamente) y por la censura de una de sus portadas.

Se puede entender el sofoco. De las seis partes en las que se divide el cómic (correspondiente cada una de ellas a uno de los comic book de su publicación original), la primera está conformada por una galería de asesinos y psicópatas: un aperitivo de terror puro, para abrir boca, adobado por esos miedos cotidianos que atenazan a las sociedades desarrolladas. Es sólo la antesala de la catástrofe definitiva: el gran atentado que –como rememoración de un 11-S que cambió el mundo, pero que al mismo tiempo no cambió casi nada– terminará por colapsar el sistema capitalista neoliberal que durante décadas ha impuesto su ley en occidente; mientras marcaba los latidos del resto del mundo.

El ataque terrorista que se dibuja en Los Estados Divididos de Histeria se plantea como la antesala de una posible Guerra Civil. O, más bien, como el desencadenante de la violencia latente que, por motivos raciales, religiosos o de género, ha transformado el antiguo melting pot norteamericano en una olla a presión a punto de estallar (“Los Estados Divididos” del título). Detrás de esta fábula excesiva y alborotadora que protagoniza el agente de la CIA Frank Villa, se encierra una crítica severa hacia la intolerancia y la falta de entendimiento social. Lo decíamos al comienzo de estas líneas, por más que recurran a la hipérbole y al decorado rabioso, los cómics de Chaykin muestran casi siempre una deuda sincrónica con su momento presente. En este sentido, son obvias las referencias a la degradación económica, al incierto panorama político estadounidense y a los enfrentamientos sociales acaecidos durante el primer periodo legislativo de la administración Trump; pero también al peligroso crecimiento de los fundamentalismos, los nacionalismos y las ultraderechas xenófobas que plantean la estructura social en términos de ruptura y enfrentamiento más que de convivencia. En una de las numerosas pantallas de televisión que, a modo de glosa postmedial, recorren las páginas del cómic, un presentador de noticias nos ayuda a resumir el espíritu crítico de la obra: “Para quienes recuerdan que este país era una sociedad plural resulta vergonzoso el nivel al que nos ha rebajado nuestro farisaico amor propio. Las libertades que antaño se prometieron para todos, los derechos que se ofrecieron a gente libre de un país libre se han visto suplantados y pervertidos por un narcisismo nacional que ha redefinido nuestros derechos para que sean aquello que nos apetece hacer en un momento dado”.

En su apartado gráfico, Los Estados Divididos de Histeria continúa y acentúa los dictados del estilo Chaykin: viñetas sobrecargadas de información, personajes hiperhormonados, secuencias de acción vertiginosa y mucho mucho ruido visual; amplificado en este caso por la inclusión de citas postmediales (twits, mensajes sobreimpresos, series numéricas, teletipos, infografías, onomatopeyas encadenadas, etc.). Los globos y las cartelas de diferentes colores se superponen a la abundante señalética para marcar la presencia de múltiples voces narrativas. La música del caos hecha imagen. Si añadimos a ello la ruptura insistente de la linealidad espacial, con saltos constantes entre diferentes escenarios geográficos, y una galería de personajes que no deja de crecer desde la primera página, convendremos, una vez más, en que Howard Chaykin no es uno de esos autores que se lo pongan fácil al lector. No se lo reprochamos. Al contrario, en su complejidad reside una de las virtudes de su propuesta.

Que Chaykin es un provocador es cosa bien sabida. También lo es que, detrás de su fachada de dibujante de cómics para la industria mainstream, se esconde el espíritu gamberro e inconformista de un anarco-agitador armado con tramas de tinta china y un don especial para la ironía más ácida (resulta brillante, por ejemplo, su burla corrosiva y desmitificadora contra los símbolos identitarios de las grandes ciudades de Estados Unidos). Por eso, no conviene dejarse llevar por la aprensión ni por el infantilismo a la hora de juzgar su obra críticamente (como les ha sucedido, en el caso de este cómic, a muchos lectores y críticos carentes de sentido del humor y del juicio mínimo para diferenciar ficción de realidad). Los Estados Divididos de Histeria presiona en uno de los nervios que más les duele a los estadounidenses hoy en día: el del miedo al Otro. Lo hace con la provocación política y la falta de pudor que siempre ha caracterizado a su autor, pero lo hace desde esa barrera de protección que ofrece la distancia ficcional. En una entrevista reciente, el propio Chaykin justificaba que el “deber de un artista es mostrar la realidad tal y como la ve, por muy desagradable que sea. Su deber es ofender si es necesario. Nunca se callará para no ofender a mentes débiles, incapaces de afrontar la dura realidad. Esa es la clase de gente que piensa que una portada es concebida para estremecer al lector es en realidad una apología de la extrema derecha”.

Con sus defectos y sus virtudes, el dibujante estadounidense no engaña a nadie. Es difícil acercarse a sus cómics sin una apertura de miras a prueba de escrúpulos y sin una alta tolerancia hacia el humor cáustico. Quien no esté dispuesto a ello, debería circunscribirse a otro tipo de tebeo para evitar sarpullidos. Para quienes gusten de los desafíos y las emociones fuertes, por contra, no hay mejor amigo de batallas que Chaykin. No olviden las tiritas, eso sí.

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