Olga y la ciudad

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Por Miguel Baquero.

Olga y la ciudad. José Marzo. ACVF Editorial, 2011. 156 páginas. 11,95 €.

La última novela del escritor José Marzo (Madrid, 1966) propone un original e interesantísimo juego: narrar una historia a partir de la interpretación que de ella hace un equipo de guionistas, reunidos para preparar su adaptación cinematográfica. Un juego metaliterario que ofrece la posibilidad de construir un relato sólo con sus aspectos esenciales, con sus momentos cumbre, con sus mejores caracteres, y al mismo tiempo contar una historia paralela: la de las relaciones entre el equipo de guionistas.

 

José Marzo (Madrid, 1966) es un novelista poco conocido por el gran público, pero no así por quienes gustan de la “auténtica” novela, por quienes la conciben no como una mera sucesión de páginas en las que se cuentan peripecias y curiosidades, no como un mero andamio de planteamiento, nudo y desenlace, cuanto más sorpresivo e inesperado mejor. Muy al contrario, para quienes aprecian la novela como una estructura con profundidad más allá de la relación de aventuras, como una reflexión sobre aspectos de la vida actual y/o de la naturaleza humana, cada nueva novela de José Marzo es una buena noticia.

 

En este caso, y al hilo de la original estructura descrita arriba —muestra del deseo de José Marzo de no atenerse a los patrones establecidos, a los modelos fáciles, lineales y cómodos—, el autor reflexiona —o mejor dicho, nos propone reflexionar— sobre la supremacía que en nuestros tiempos tiene el lenguaje audiovisual. Cómo, de alguna forma —esa expresión, por ejemplo, que tantas veces hemos oído de quien prefiere esperar a la versión cinematográfica de una novela antes que tomarse la molestia de leerla—, el predominio de las imágenes nos lleva a la pereza mental, nos convierte en meros espectadores y nos aleja del debate mediante las palabras, que cada vez más nos parece tarea muy fatigosa. Marzo nos propone reflexionar sobre cómo las épocas de mayor incultura y opresión del ser humano —la Edad Media, por ejemplo, tan repleta de imaginería— han coincidido con el alejamiento de la palabra, de la expresión hablada o escrita, épocas en que se ha confiado todo a la deglución de imágenes ya elaboradas, principalmente por quienes ostentan el poder, sea gobiernos o estructuras económicas.

 

No en vano, la mayor parte del trabajo que establecen los guionistas sobre el texto original de “Olga y la ciudad” es una labor de resumen, de limado de aristas, de simplificación, de adaptación a unos patrones comprensibles, universales, sencillos… es decir, una tarea de vulgarización.

 

Olga y la ciudad es, en resumen —como toda buena novela—, un llamamiento a la reflexión, a desprendernos de la inercia y fijarnos en el mundo que nos rodea y en el modo en que tenemos contacto con él. A pensar sobre la forma en que nos hallamos mediatizados y en qué modo podríamos, en definitiva, ser más libres a la hora de pensar.

 

 

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