Un sutil exilio a Brooklyn

Por Jesús Villaverde Sánchez.


Brooklyn. Colm Tóibín. Editorial Lumen. 315 páginas. 18’90 €.


Muchas veces no nos ponemos de acuerdo sobre qué es mejor: si una gran novela o una pequeña historia que vaya de la mano con la sencillez, cuya escritura nos cautive y haga merecer la pena los ratos de lectura. Particularmente pienso que la sutilidad en la escritura es la clave de que un libro pueda gustar o no. Así me ha ocurrido con Brooklyn, una novela que aúna sencillez y emotividad, además de una escritura en la que ninguna nota desafina.

 

El escritor irlandés Colm Tóibín nos regala una novela de personaje en la que la protagonista absoluta, en todos los pasajes, es Eilis Lacey. Esta joven, nacida en una pequeña aldea irlandesa, vive tranquilamente en Enniscorthy -la ciudad natal del autor, por cierto- junto a su madre y su hermana Rose. La vida en ese pequeño pueblo es aparentemente sencilla, pero la capacidad de progresar, en cualquier ámbito, es escasa. Tras un trabajo de dependienta en una tienda de alimentos, el padre Flood, un sacerdote cercano a Rose, le otorgará la oportunidad de su vida: la ciudad de Brooklyn.

 

La insistencia de Rose y de su madre, buscando la prosperidad futura de Eilis, sabiendo que Nueva York es una gran oportunidad, la arrastrarán a aceptar la nueva vida que se le presenta al otro lado del charco. Por tanto, tenemos un planteamiento que casi podríamos llamar tradicional cuando en alguna historia se cruza Nueva York: una persona extranjera que llega, el ya clásico viaje en barco –descrito de manera sublime por cierto-, la adaptación al modo de vida, el sueño americano…

 

Eilis conseguirá, gracias al cura, una habitación en una casa de huéspedes irlandesa, regentada por la señora Kehoe, una especie de nueva madre centinela de todas las chicas que residen allí. Poco a poco irá adaptándose a los mecanismos de la gran ciudad. Gracias a la señora Fortini comenzará a trabajar en la tienda de moda Bartocci’s. En su tiempo libre comenzará unas clases nocturnas de contabilidad que le llevarán a obtener el título que la permita trabajar en las oficinas, en un puesto más amable.

 

Paulatinamente Eilis se verá casi como una ciudadana más de Nueva York, aunque siempre recuerde a su familia y cómo era su vida en Irlanda y se imagine cómo estarán sucediendo allí las cosas. Las inquilinas de la casa de la señora Kehoe conseguirán llevarla a un baile en la parroquia, donde conocerá gente nueva. Entre ellos un primer amor, el apacible italiano Tony, un personaje bien trazado que llevará al lector a ahondar en una nueva faceta de Eilis. Sin embargo, cuando mejor marcha todo, ella recibirá una trágica noticia y se verá obligada a volver a Enniscorthy tan pronto como pueda. El regreso traerá consigo nuevos miedos, dudas y desasosiego, aunque a la vez la conducirá a un reencuentro con su pasado, que la llevará a cuestionarse si el presente que ha labrado en Brooklyn es el que imaginaba al marcharse.

 

El escritor irlandés bucea con rotundo éxito en los engranajes mentales de la muchacha. Durante toda la historia vamos experimentando junto a ella todos los estados de ánimo posibles. La duda ante la nueva gran ciudad, la soledad de no encontrar a nadie salvo al padre Flood, al que ni siquiera conoce bien, el miedo a ser vulnerable en aquella metrópolis tan distinta de Enniscorthy. Y sobre el resto la dualidad entre el afecto hacia su nueva vida y los sentimientos de nostalgia ante la ausencia de su familia. Tóibín consigue adentrarse de manera sorprendente en el pensamiento femenino de Eilis para trasladar al lector una visión completa y conmovedora de la marcha de la chica a América.

 

Es destacable como el autor consigue dar una detallada descripción de situaciones complejas de asimilar incluso para la propia persona. La frase con la que describe los días previos a la marcha de Eilis es una buena muestra de ello: “La casa, pensó Eilis, estaba alegre de un modo desacostumbrado, casi anormal, y en las comidas que compartían había demasiadas charlas y risas. Le recordó las semanas anteriores a la partida de Jack a Birmingham, cuando hacían lo que fuera para apartar de sus mentes que iban a perderlo.”.

 

Colm Tóibín consigue transmitir emociones al lector con sus palabras. En sus párrafos no sobra ni falta nada, todo esta perfectamente ubicado en su sitio. Su prosa fluida consigue envolvernos de principio a fin en los pensamientos de Eilis, a pesar de que el relato se constituye siempre en una tercera persona lineal que se mantiene a una prudente distancia de la protagonista a la hora de narrar.

 

Brooklyn es una obra meritoria y memorable desde la compleja sencillez con la que está llevada a cabo, que habla del destino, la fatalidad, la familia, el amor y el exilio, y que obtuvo el Premio Costa de Novela en el año 2009. Ya se dice que es la mejor obra de Tóibín, uno de los mejores contemporáneos irlandeses.

 

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