Erich el zurdo

 

 

Por Luis Muñoz Díez.

 

Erich el zurdo. Domingo-Luis Hernández. Ed. La página, 2011. 20 euros. 308pp.

 

En la mayoría de los casos, los hechos acontecidos quedan resumidos en la sentencia que quiera ofrecernos nuestra juguetona memoria, y en este caso, a Teodoro-Raúl, protagonista absoluto de esta novela, su memoria se empeña en no ser grata, dejando claro al lector que no hay cancerbero más celoso en el trabajo de torturarnos que nosotros mismos.

 

Eric el zurdo es la historia de una traición y de un estigma, la traición a lo que es y supone su familia, germen de inconmensurable amor y de infinito daño, y el estigma de que mata a su propio hermano con el banal pretexto de que aman a la misma mujer, pero una vez salvado el obstáculo amoroso se da cuenta que el acto tiene mayor calado. Tampoco lo ejecuta por la envidia que le produce su recto proceder, sino porque lo ve amo y dios, heredero del bien y del mal de su padre.

 

La historia no tiene un orden cronológico mas allá de lo obligado, pero esta historia la compone la bruma de la memoria, y la memoria es atemporal, caprichosa y desordenada.

 

Hernández tiene una escritura barroca que está a merced del pensamiento y la decisión última de su personaje, que es un exponente constante de ideas. El pensamiento del hermano, hijo, nieto, amante y asesino es siempre sugerente y se dobla, y se desdobla, en un juego de capas de las que se va despojando Teodoro Raúl hasta convertirse en Erich, moldeando la existencia a la edad y la circunstancia. En la paradoja que entraña el viaje en el que se vuelve al lugar donde fue feliz o desdichado, pero ni el viajero ni el lugar son los mismos porque estamos siempre de paso, teniendo como único asidero fijo su “destino”, desarrollado en un instinto aniquilador hacia su familia que no quiere como suya, y ese destino le lleva a un peregrinaje de las islas a Barcelona, Madrid, Cuba y Nueva York para poder completar el puzzle. Un puzzle de rebeldía, siendo difícil sobresalir cuando se es el último eslabón de una familia que ha amasado tanto dinero, y para logarlo las leyes éticas y morales son particulares y conocen bien que todo tiene un precio cuantificable, y si el obstáculo es realmente insalvable siempre existe el agridulce sabor que concede el poder para decidir sobre la muerte ajena. Sobre la narración flota una frase como un lema inscrito en una fachada blasonada: “nos podemos permitir la muerte”.

 

El logro o avance del personaje es difícil de valorar, porque sus naipes están tan marcados de fabrica que su iniciativa destructora a veces suena a un sino obligado, en el que ves al personaje atrapado en el famoso laberinto del minotauro al que hace referencia el autor.

 

Coincido con él en las consecuencias irreversibles que nos imprime la familia, como un goteo va liberando su influencia durante toda nuestra vida, en una forma constante que se retroalimenta y que muchas veces nos hace llegar al mismo sitio del que huimos aunque hayamos tomado un camino diametralmente diferente.

 

 

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