El salón rojo

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Por Ariadna G. García.

El salón rojo. August Strindberg. Editorial Acantilado.

Con apenas treinta años, desencantado por la acumulación de derrotas en sus varios frentes artísticos (la pintura, el teatro), Strindberg dio a la imprenta su primera novela, El salón rojo obra que, lo mismo que un tornado, aireó sin piedad, pero con ironía, los defectos y taras de las instituciones suecas de finales del siglo XIX. La valentía de quien no tiene reputación alguna que perder, pues es un modesto auxiliar de la Biblioteca Nacional de Estocolmo, junto a la decepción de quien aspira a la gloria literaria, y sin embargo, día tras día asiste al descenso al infierno de los sueños frustrados, fueron los dos grandes acicates que motivaron la escritura de esta magna novela.

El personaje principal del libro, Arvid Falk, es un hombre idealista, noble y sensible, en torno al cual se expanden las demás criaturas de la historia. Su ambición lírica (ha escrito un poemario que pretende publicar con el editor más influyente del país) le llena de fuerzas para la renuncia a su cargo en la administración; un cargo prestigioso y bien remunerado, que le resulta, no obstante, aburrido y monótono: juez de primera instancia.

Entregado a la vida bohemia, Arvid entabla amistad con artistas de lo más variado, desde un escultor provisto de genio pero carente de voluntad; a un par de pintores confrontados por su adhesión o su repulsa a los gustos del público y la crítica; pasando por un elenco de actores, actrices, directores de escena y gerentes de salas de teatro, cuyas disputas por los mejores papeles, amantes y reseñas los envilece y acaba destruyendo.

Según avanza la narración, la mirada sardónica de Strindberg dispara a otros platos. Así, las escenas que describe impactan contra una clase política que desprecia a su pueblo (“Los señores legislan para los esclavos”, p. 240), que abandona el hemiciclo cuando toman la palabra los opositores al gobierno conservador; contra la burguesía adinerada que abre negocios sin apenas inversión económica, que especula con las ganancias y que cuando quiebran sus empresas solicitan a los accionistas “total libertad de responsabilidad para el consejo de administración, junto con un vivo reconocimiento por la valerosa e íntegra actividad del mismo” (p. 172), además de considerar que  “debería intervenir el Estado” para rescatarlos. No puede ser un libro más moderno. Sus balas hacen añicos la caridad de las damas de la alta sociedad (“La salvación aquí no la necesita nadie –responde un ebanista a una de ellas a lo largo de una visita, delante de sus hijos–, lo que les hace falta y de verdad, es comida y ropa, o mejor todavía, trabajo, mucho trabajo y bien pagado”, p. 230); a los críticos literarios que desgarran las obras que tienen más talento que las suyas; o a los burgueses que acaparan, cada vez, un mayor número de cosas (“¡No…hay…que…endeudarse!”, p. 58).

Escrito con una prosa exquisita, atenta a los detalles, August Strindberg muestra una extraordinaria capacidad tanto para la introspección psicológica de sus personajes, como para la recreación de ambientes, ya sean naturales o urbanos. Se nota aquí la sensibilidad de un artista plástico. La lectura de sus descripciones ponen en marcha todos los sentidos, los embriagan; en ellas no escasea la crueldad unida a la belleza: “las moscas y otros enemigos volantes revoloteaban en torno a sus cubos de pintura y se ahogaban en ellos” (p. 35).

Divertido, certero en sus críticas, El salón rojo no sólo es un libro que haya que leer, sino que gusta tenerlo, bien a mano, en una estantería.

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Una respuesta a El salón rojo

  1. Dan ganas de hacerse con él ya mismo.
    Gracias por esta interesante reseña.

    Sandra Peñaranda.
    25 agosto 2012 at 13:10 pm

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